Ni el más querido, ni el más temido

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La difícil tarea de crear vínculos educativos maduros

Por Adrián Barcas
adrianmbarcas@gmail.com

A quienes hemos pasado años caminando las aulas, corredores y patios de las escuelas, sus peculiaridades nos resultan de lo más habituales. Pero ese vínculo permanente entre adultos y niños, natural en la familia, se da en muy pocas instituciones. Estas interacciones parecen simples, pero es porque estamos acostumbrados a ellas. Incluso se puede transitar por esos vínculos y no prestar atención a muchas de sus dificultades.

Más frágil que el cristal

La escuela es un campo de juego para las relaciones interpersonales, donde aceptamos como natural el “artificio” de que adultos, niños y adolescentes interactúen todo el tiempo. En ese campo, cada persona, tenga la edad que tenga, pone en juego su propio mundo interior, su historia, sus alegrías y sus angustias.

Los adultos debemos ser la columna que sostiene la entereza de los vínculos con los jóvenes.

A un docente se le quejará, con justicia y sin ella, el alumno supuestamente tratado peor, otros alumnos bien tratados, los directivos o los padres. Trabajar con personas tiene sus encantos. Pero en la escuela estos vínculos se vuelven más complejos, porque allí se suceden relaciones entre pares adultos, entre menores y las que combinan a unos y otros. Sin embargo, no podemos esperar que sean los chicos y chicas quienes aporten madurez a las relaciones: son los adultos los que deben ser la columna que sostiene la entereza de los vínculos con los jóvenes.

Algunas «trampas» emocionales

Hay una gran asimetría entre los docentes y sus educandos: de edad, de madurez, de conocimiento, de experiencia, de poder. Pero esa asimetría se presta para que las relaciones sean educativas o se distorsionen. En esto entran a jugar las motivaciones que guían la forma de obrar de los adultos. Estas nunca son precisas o simples. Coinciden a veces con nuestros valores más altos y otras son más limitadas o incluso egoístas. Por eso hay “trampas emocionales” que pueden poner en riesgo al educador: 

• Muchas veces el educador tiene una enorme expectativa de ser valorado o querido, incluso preferido frente a otros educadores, por parte de alumnos —o de sus padres—. Y no faltan quienes, de forma más o menos consciente, hacen de esto un culto. O quienes temen poner límites por miedo a perder el afecto de aquel al que se le llama la atención.

La asimetría entre educadores y educandos se presta para que las relaciones sean educativas o se distorsionen.

• Otros sienten que los alumnos son “como hijos” y que pueden formarlos al propio antojo.

• Está el que se siente genial por ser admirado, no tanto por sus amplios conocimientos, como por ser “el más copado de los profes” contando los mejores chistes, deseando que se los festejen. Muchas veces el educador cae en el embeleso de sentir que es genial sólo porque sus alumnos lo piensan. 

• Muchas veces el docente puede creer que la clase es su reino propio, un compartimento aislado, donde nada saldrá fuera. Pero todo brota para ser noticia en los pasillos. Y lo que sucede fuera del aula influye dentro, invariablemente.

Toda la comunidad educa

¿Cómo hacer para que estos vínculos, motivados en buena medida por aspectos no conscientes, sean fieles a nuestros valores más profundos, que buscan ir juntos, ante todo privilegiando el bien de los alumnos? La educación no es tarea fácil, pero tampoco imposible. 

Todos tenemos conocimientos y experiencias que podrían aportar a lograr vínculos positivos. La formación, el oficio y los años nos llevan a movernos con habilidad. Algunas ideas y sugerencias que provienen de las investigaciones y la praxis pedagógica:

  1. El bien del educador no excluye al del alumno. Mejor ser queridos que temidos. El educador tiene una dignidad que debe ser reconocida incluso por sus alumnos. Es cuestión de equilibrio emocional y racional.
  2. Cada educador debe ser humilde. Es decir, debe saber cuál es su verdad, su realidad, su situación. Conocer sus límites y posibilidades. Sabiendo sus fortalezas debe valorarse a sí mismo, ser auténtico, reconocerse único, irrepetible. Pero también debe saber pedir ayuda, ser prudente. Incorporar a otros.
  3. Un elemento clave es triangular el vínculo. Eso significa ante todo dar lugar a la comunidad educativa. Cada educador es único, pero no educa solo. Los docentes deben saber que son constructores de un proyecto pedagógico institucional. Son representantes de la institución en el aula. Ese alumno hoy es alumno mío, pero mañana lo será de otro. 
  4. Otro elemento es respetar las normas que las instituciones tienen. Esas normas deben surgir de reglamentos escritos y acordados. Conocidos por todos y consecuentes con el ideario educativo de la institución. Los estatutos deben ser asumidos y cumplidos por cada miembro de la institución y deben nutrir a toda la vida institucional. 

Crear vínculos educativos maduros

Es central que las comunidades educativas conformen ambientes y vínculos maduros. Los adultos llevan adelante un proyecto en función de los jóvenes. Y los directivos son los principales guías de esta tarea. Ellos deben ejercer un liderazgo distribuido y orientado a los alumnos en el que coparticipan a los demás agentes de la institución, cada uno en su rol. Son los que orientan hacia fines adecuados. Los que guían hacia espacios cálidos afectivamente, pero estables. Su aporte es central, como lo demuestran los más recientes estudios sobre gestión escolar.

Tratemos, ante todo, de tener claro que los vínculos no se tornan educativos por generación espontánea: se necesita esfuerzo, profesionalismo y equilibrio por parte de los adultos de la comunidad.

BOLETIN SALESIANO – SEPTIEMBRE 2020

Ni el más querido, ni el más temido

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La difícil tarea de crear vínculos educativos maduros

Por Adrián Barcas
adrianmbarcas@gmail.com

A quienes hemos pasado años caminando las aulas, corredores y patios de las escuelas, sus peculiaridades nos resultan de lo más habituales. Pero ese vínculo permanente entre adultos y niños, natural en la familia, se da en muy pocas instituciones. Estas interacciones parecen simples, pero es porque estamos acostumbrados a ellas. Incluso se puede transitar por esos vínculos y no prestar atención a muchas de sus dificultades.

Más frágil que el cristal

La escuela es un campo de juego para las relaciones interpersonales, donde aceptamos como natural el “artificio” de que adultos, niños y adolescentes interactúen todo el tiempo. En ese campo, cada persona, tenga la edad que tenga, pone en juego su propio mundo interior, su historia, sus alegrías y sus angustias.

Los adultos debemos ser la columna que sostiene la entereza de los vínculos con los jóvenes.

A un docente se le quejará, con justicia y sin ella, el alumno supuestamente tratado peor, otros alumnos bien tratados, los directivos o los padres. Trabajar con personas tiene sus encantos. Pero en la escuela estos vínculos se vuelven más complejos, porque allí se suceden relaciones entre pares adultos, entre menores y las que combinan a unos y otros. Sin embargo, no podemos esperar que sean los chicos y chicas quienes aporten madurez a las relaciones: son los adultos los que deben ser la columna que sostiene la entereza de los vínculos con los jóvenes.

Algunas «trampas» emocionales

Hay una gran asimetría entre los docentes y sus educandos: de edad, de madurez, de conocimiento, de experiencia, de poder. Pero esa asimetría se presta para que las relaciones sean educativas o se distorsionen. En esto entran a jugar las motivaciones que guían la forma de obrar de los adultos. Estas nunca son precisas o simples. Coinciden a veces con nuestros valores más altos y otras son más limitadas o incluso egoístas. Por eso hay “trampas emocionales” que pueden poner en riesgo al educador: 

• Muchas veces el educador tiene una enorme expectativa de ser valorado o querido, incluso preferido frente a otros educadores, por parte de alumnos —o de sus padres—. Y no faltan quienes, de forma más o menos consciente, hacen de esto un culto. O quienes temen poner límites por miedo a perder el afecto de aquel al que se le llama la atención.

La asimetría entre educadores y educandos se presta para que las relaciones sean educativas o se distorsionen.

• Otros sienten que los alumnos son “como hijos” y que pueden formarlos al propio antojo.

• Está el que se siente genial por ser admirado, no tanto por sus amplios conocimientos, como por ser “el más copado de los profes” contando los mejores chistes, deseando que se los festejen. Muchas veces el educador cae en el embeleso de sentir que es genial sólo porque sus alumnos lo piensan. 

• Muchas veces el docente puede creer que la clase es su reino propio, un compartimento aislado, donde nada saldrá fuera. Pero todo brota para ser noticia en los pasillos. Y lo que sucede fuera del aula influye dentro, invariablemente.

Toda la comunidad educa

¿Cómo hacer para que estos vínculos, motivados en buena medida por aspectos no conscientes, sean fieles a nuestros valores más profundos, que buscan ir juntos, ante todo privilegiando el bien de los alumnos? La educación no es tarea fácil, pero tampoco imposible. 

Todos tenemos conocimientos y experiencias que podrían aportar a lograr vínculos positivos. La formación, el oficio y los años nos llevan a movernos con habilidad. Algunas ideas y sugerencias que provienen de las investigaciones y la praxis pedagógica:

  1. El bien del educador no excluye al del alumno. Mejor ser queridos que temidos. El educador tiene una dignidad que debe ser reconocida incluso por sus alumnos. Es cuestión de equilibrio emocional y racional.
  2. Cada educador debe ser humilde. Es decir, debe saber cuál es su verdad, su realidad, su situación. Conocer sus límites y posibilidades. Sabiendo sus fortalezas debe valorarse a sí mismo, ser auténtico, reconocerse único, irrepetible. Pero también debe saber pedir ayuda, ser prudente. Incorporar a otros.
  3. Un elemento clave es triangular el vínculo. Eso significa ante todo dar lugar a la comunidad educativa. Cada educador es único, pero no educa solo. Los docentes deben saber que son constructores de un proyecto pedagógico institucional. Son representantes de la institución en el aula. Ese alumno hoy es alumno mío, pero mañana lo será de otro. 
  4. Otro elemento es respetar las normas que las instituciones tienen. Esas normas deben surgir de reglamentos escritos y acordados. Conocidos por todos y consecuentes con el ideario educativo de la institución. Los estatutos deben ser asumidos y cumplidos por cada miembro de la institución y deben nutrir a toda la vida institucional. 

Crear vínculos educativos maduros

Es central que las comunidades educativas conformen ambientes y vínculos maduros. Los adultos llevan adelante un proyecto en función de los jóvenes. Y los directivos son los principales guías de esta tarea. Ellos deben ejercer un liderazgo distribuido y orientado a los alumnos en el que coparticipan a los demás agentes de la institución, cada uno en su rol. Son los que orientan hacia fines adecuados. Los que guían hacia espacios cálidos afectivamente, pero estables. Su aporte es central, como lo demuestran los más recientes estudios sobre gestión escolar.

Tratemos, ante todo, de tener claro que los vínculos no se tornan educativos por generación espontánea: se necesita esfuerzo, profesionalismo y equilibrio por parte de los adultos de la comunidad.

BOLETIN SALESIANO – SEPTIEMBRE 2020

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