¿Ya no “da” ser católico?

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Jóvenes creyentes en una sociedad globalizada

Por Gustavo Cavagnari, sdb
cavagnari@unisal.it

En el 2019, el Centro de Estudios e Investigaciones Laborales del CONICET publicó los resultados de la Segunda Encuesta Nacional sobre Creencias y Actitudes Religiosas en Argentina ¿Se acuerdan? Una de sus conclusiones más claras es que, entre los menores de 30 años, el mapa religioso es cada vez más dinámico o, como dice el subtítulo del estudio, las identidades y las pertenencias de fe están “en movimiento”. Para nosotros, esto significa simplemente que definirse hoy como “católico” ya no es tan sencillo. 

Mal de muchos, consuelo de tontos

Simplificando un poco, digamos que hasta hace unas décadas si eras católico creías esto y no creías aquello; vivías de esta manera, pero sabías que no podías vivir de aquella otra; rezabas así, pero no celebrabas tu fe asá. Hoy la cosa es más complicada. De hecho, alguien puede decirse católico, pero adherir a creencias, prácticas y orientaciones de vida que no lo son, y esto sin que se le mueva un pelo. O serlo hoy, pero mañana no, y pasado mañana volver a serlo sin mucho drama. O ser católico en esto, pero no en aquello, porque no cierra, ¿viste? O simplemente no serlo, porque no da. Sin duda, esto afecta a muchos, pero se ve más entre los jóvenes.

¿Qué está pasando? Identificar fácilmente una causa sería simplificar. Pero sin buscar “culpables” ni justificar, tal vez tenemos que aceptar que, cuanto más pluralista es una sociedad, más difícil es asumir con convicción y vivir con coherencia una identidad religiosa concreta. La que sea. 

La globalización, abriendo la “oferta religiosa” en modo exponencial, ha favorecido el conocimiento y el encuentro con otras tradiciones religiosas, por un lado; pero también ha favorecido la mezcla de creencias y un acelerado deterioro de las raíces religiosas de la propia cultura, por otro. Como sintetiza el filósofo francés Frédéric Lenoir: “En Occidente, la realidad que tienen que afrontar las instituciones religiosas contemporáneas es ésta: menos fieles y fieles siempre más infieles”. Sin vueltas.

Buscando un norte

¿Y entonces? Elijo tres palabras —que podrían ser dos o diez— útiles para darnos un rumbo —aunque, de por sí, no solucionen nada—: realismo, convicción, calidez. 

Si como dice la Encuesta los católicos somos una “mayoría atenuada”, tal vez la primera cosa es aflojarle un poco a eso de que los argentinos somos “un pueblo católico”. No negarlo, no, pero al menos ponerlo en discusión… tanto por el tema del número, como por lo dicho antes. Cuando eso se dé, tal vez comenzaremos a convencernos de que tenemos que proponer o re-proponer la fe católica en modo kerigmático, es decir, como un anuncio explícito, claro, incisivo. Que es chicha o es limonada. Que no se impone, pero que, si no se ofrece con sólida confianza, mejor no intentarlo. Y que, si se asume, supone opciones. Esto es lo segundo. Y, tercero, concentrarnos en dar calor y dinamismo a la vida católica propuesta. Tal vez, así se dará eso de que las comunidades crecerán por atracción (Aparecida, n. 159; Evangelii gaudium, n. 14).

Sobre este tema, les comparto una reflexión de la historiadora italiana Lucetta Scaraffia que me hizo pensar: 

“En concreto, yo he entendido qué significa (que la Iglesia crezca por atracción) leyendo el libro de Virginie Riva sobre la conversión de once jóvenes francesas al islam. Son largas entrevistas en las que las jóvenes conversas —casi todas universitarias, de entre 25 y 35 años, criadas en familias agnósticas o católicas cuentan que el primer empujón para acercarse al islam vino del encuentro con compañeros de estudio musulmanes.

Muchachas y muchachos tranquilos y sobrios, orgullosos de su identidad religiosa, que no ocultaban las horas dedicadas a la oración ni la obediencia a las reglas alimentarias y a las normas que regulan las relaciones entre los sexos. Nada que ver con los fanáticos terroristas de los que hablan los diarios, sino buenos tipos, formados y devotos que, a diferencia de sus pares, planean formar una familia y vivir una vida comunitaria llena de calidez humana. 

Cuanto más pluralista es una sociedad, más difícil es asumir con convicción y vivir con coherencia una identidad religiosa concreta.

(…) En primer lugar, la atracción ejercida por los musulmanes vino de la calidez afectiva, de la hospitalidad familiar. Y, después —lo que no es poco—, del haber encontrado personas capaces de reconocer sus necesidades espirituales y de darles respuestas sobre el sentido de la vida y especialmente sobre la vida después de la muerte. La muerte, palabra casi impronunciable en una cultura secularizada, era, de hecho, una causa constante de angustia para estas jóvenes.

¿Por qué no han encontrado respuestas a sus necesidades, necesidades simplemente humanas, en la tradición cristiana de su país? Monseñor Dubost, obispo de la diócesis di Évry-Corbeil-Essonnes (en las afueras de París), que tiene la costumbre de encontrarse con los conversos al islam, admite sin reticencias: ‘Los conversos me dicen: encontré dos cosas en el islam, una comunidad y una espiritualidad’.

Es evidente que, en sus vidas, estas chicas, incluso las que habían recibido la Comunión y la Confirmación, nunca habían conocido a un cristiano, religioso o laico, que ejerciera sobre ellas esta atracción”.
Entonces, atracción. Pero atención: la atracción que viene de la fe. En verdad, muchas cosas pueden atraer a los jóvenes. Pero no todas pueden atraerlos a Cristo. No hay dudas pues de que la Iglesia tendrá que buscar metodologías, lenguajes, motivaciones, caminos, ambientes e iniciativas atractivas (Christus vivit, ns. 205; 210; 216; 225-228). Pero habrá que ir más a fondo. En definitiva, lo atractivo tendría que servir para atraer a los jóvenes “a la experiencia del Señor” (CV, n. 209). De eso se trata: de lograr que los jóvenes —y los adultos— corran por la vida “atraídos por ese Rostro tan amado” (CV, n. 299).


BOLETIN SALESIANO – OCTUBRE 2021

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