En el lugar del otro

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¿Cuánto sabía Don Bosco de educación emocional?

Ilustración: Gustavo Daguerre

Por Mariel Giordano
mariel.giordano@gmail.com

La capacitación continua es para los educadores el camino a seguir si deseamos acompañar y provocar un mejor aprendizaje en cada uno de los estudiantes que año tras año llegan a nuestras aulas. No menor ha sido en este tiempo de pandemia poder explorar, conocer y utilizar aquellas herramientas que la educación virtual ha requerido para llegar a cada casa, o también reinventar formatos para acercarnos a los estudiantes sin conectividad.

En medio de este nuevo mundo, y ante las apresuradas respuestas que debimos dar, nos preguntamos: ¿Qué sienten nuestros educadores ante el hecho educativo? ¿Qué sienten nuestros estudiantes ante la nueva realidad escolar? ¿Cómo cada miembro de la comunidad educativa ha gestionado sus emociones en este tiempo particular?

Las emociones se aprenden

La educación emocional —y en consecuencia la inteligencia emocional—, ha sido presentada desde la perspectiva de diversas ciencias a lo largo de la historia reciente. Podemos nombrar a varios autores, como Rafael Bisquerra, Jaume Campos, Gisela Cappi, Daniel Goleman, Fritz Perls o Lucas Malaisi, entre muchos otros.

Al hacer referencia a la educación emocional debemos saber que está basada en cinco grandes habilidades: el auto conocimiento, “saber qué es lo que siento”; la auto regulación, “la capacidad de sosegarte cuando estás enojado”; la auto motivación, “motor interior que nos impulsa hacia lo que queremos”, arte de relacionarse con las demás personas y el mundo que nos rodea; la  empatía, “saber qué sienten los demás”; y finalmente, las habilidades sociales, entendiéndolas comoel arte de relacionarse con las demás personas y el mundo que nos rodea”.

¿Qué sienten nuestros educadores ante el hecho educativo? ¿Qué sienten nuestros estudiantes ante la nueva realidad escolar?

Desde hace unos años se habla, se reflexiona y se ofrecen capacitaciones para docentes de todos los niveles en educación emocional. Al navegar por Internet se puede profundizar a través de videos, bibliografía y notas periodísticas. Puede leerse un proyecto de ley y las experiencias realizadas en escuelas de Corrientes y Misiones. La propuesta a futuro es la transversalidad y la creación de un espacio curricular donde el autoconocimiento y la gestión de las emociones se aprendan como una trama más de todo lo que en lo cotidiano sucede en las escuelas.

Adentrándome en el tema me he reunido con educadores de mi comunidad, que en busca mejorar los espacios de aprendizaje, se capacitaron en la temática. Fue grato escuchar sus propuestas. Destacaron siempre la importancia de la cercanía del educador, las emociones que se provocan en el otro de acuerdo a cómo se realizan las propuestas y el poner en juego en todo momento la empatía, entre otras variables.

Luego de cada entusiasta charla quedaban en mí algunas “palabras clave” resonando, que luego de un tiempo volví a encontrar reunidas en un mismo texto: las Memorias del Oratorio. En su relectura volví a comprobar cuánto sabía Don Bosco de educación emocional allá por mediados del siglo XIX.

“Es cosa del corazón”

Leer las Memorias del Oratorio desde esta perspectiva da lugar a seguir descubriendo cuántas emociones habrán atravesado la vida de Don Bosco, de sus jóvenes y del Oratorio en cada nuevo desafío. Y desde ahí comparto las preguntas que surgen ante un sencillo acontecimiento y las respuestas propias desde la emoción.

Buscando un lugar para su Oratorio y esperando la ayuda de las autoridades del lugar, Don Bosco recibió del marqués de Cavour las siguientes indicaciones: “Suelte a la buena de Dios a estos sinvergüenzas que sólo van a ocasionar problemas”; “(…) todo esto es inútil”; “(…) es una orden”

¿Qué sentimientos habrán cruzado el corazón de Don Bosco al descubrir una vez más la mirada que tenían sobre sus oratorianos? ¿Qué habrá pensado al sentir que el cuidado de los jóvenes era “inútil”? 

Cada oratoriano transformó el corazón de Don Bosco, y él transformó el corazón de cada uno de sus jóvenes: vibró con sus vidas, confió y se emocionó en cada encuentro.

Leo en este suceso, como en tantos otros que podemos recorrer en las Memorias, que la empatía fue sin duda desde donde Don Bosco miró a sus muchachos. Él descubrió en ellos tanto de su propia vida que buscar sin cansancio un lugar para el Oratorio tenía sentido. Porque en ese espacio, que en realidad era un “ambiente” educativo, cada joven encontraría un lugar para ser y para hacer junto con otros, donde los adultos referentes tendrían siempre la “palabrita al oído” justa para que cada uno pueda un poco más.

Cada oratoriano transformó el corazón de Don Bosco, y él transformó el corazón de cada uno de sus jóvenes, porque los eligió, porque se la jugó, porque creyó, porque soñó y porque se animó a amar. Porque vibró con sus vidas, porque confió y porque se emocionó en cada encuentro. Sin dudas, su Oratorio nunca fue un “cuerpo sin alma”.

Dicen que las emociones duran noventa segundos. ¿Cuántos segundos habrá dedicado Don Bosco a darle formato a las suyas para encarar respuestas concretas en momentos de incertidumbre?Ojalá podamos como educadores seguir buscando caminos de formación para mejorar nuestras prácticas. Entendiendo que nada es inútil, desde la seguridad que ningún pibe es un “sinvergüenza” y sin olvidar nunca que hemos recibido la herencia de un estilo que marca la forma de llevar cada práctica educativa adelante. Volvamos siempre al educador enamorado, creativo, soñador, tenaz y emocionado que podemos redescubrir en cada página de las Memorias del Oratorio. Quizás allí también encontremos respuestas a nuestras preguntas cotidianas.

BOLETIN SALESIANO – NOVIEMBRE 2020

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