Don Bosco vive una epidemia

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Julio de 1854. Turín trata de hacer frente a una epidemia de cólera. El 5 de agosto Don Bosco les dice a los jóvenes mayores del Oratorio que va a ir a ayudar como voluntario, respondiendo al pedido de las autoridades. Inmediatamente, 14 jóvenes se ofrecen para ir con él.

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En 1854, la ciudad de Turín, en el norte de Italia, trata de hacer frente a una epidemia de cólera que amenaza con hacer grandes estragos, sobre todo entre la población más débil y desprotegida. Desde el gobierno se dan instrucciones para la prevención, de manera de tratar de hacer frente a la enfermedad en las mejores condiciones higiénicas y sanitarias posibles, con los pocos medios con que se cuenta.

El cólera, en esa época, era una enfermedad temida con una tasa de muerte del 60 %, lo que creó pánico en toda la región. Las primeras muertes en Turín ocurrieron el 30 de julio de ese año y la ciudad entró en un importante estado de emergencia. 

La fuente del brote estuvo cerca del oratorio de Don Bosco en Valdocco, pero muy pronto toda la ciudad y la región fue infectada. En el Oratorio vivían casi un centenar de muchachos, y Don Bosco siguió con suma prontitud todas las indicaciones que daban los médicos y las autoridades:

  • Mantuvo abiertas las ventanas el máximo tiempo posible, para airear los ambientes.
  • Implantó rutinas sistemáticas de limpieza de todas las áreas: habitaciones, aulas, cocina, iglesia, patios, talleres.
  • En la zona de dormitorios, espació las camas de los internos.
  • Estableció procedimientos regulares de lavado de manos, proveyendo abundantes elementos de limpieza y agua, en momentos en que no había agua corriente.
  • Organizó horarios regulares de oración donde participan chicos y educadores, para pedir a Dios por las víctimas y los que estaban cuidando de ellas

La epidemia se expande. No hay vacunas ni medicinas para tratarla. La primera vacuna contra el cólera aparecerá 40 años después. 

A inicios de agosto, quince días después de declarado el aislamiento, el gobierno local hace un llamado convocando a voluntarios, que ayudasen a tratar con los miles de casos emergentes de personas enfermas a quienes no se puede llegar.

El cólera es una enfermedad que provoca vómitos de fiebre, diarrea y deshidratación. Para tratar de sobrevivir, la gente necesita mantenerse higienizada y beber mucha agua limpia. El inicio puede ser repentino, la gente se derrumba en la calle. Es un desastre, y un desastre muy feo y desagradable con el que tratar.

Don Bosco se da cuenta de que lo suyo no es suficiente. No puede permanecer encerrado en su casa, tratando de asegurar el cuidado de sus chicos, mientras allá afuera la gente sufre y se muere. Quiere hacer algo. Una vez más, la casa del pobre se hace cauce de solidaridad y Don Bosco decide proponer a sus muchachos unirse al movimiento de voluntarios que se está organizando por toda la ciudad.

El 5 de agosto Don Bosco habla con los jóvenes mayores. Les dice que él iba a ir a ayudar como voluntario, respondiendo al pedido de las autoridades. Inmediatamente, catorce jóvenes se ofrecen para ir también. Al día siguiente se ofrecen otros treinta.

En combinación con las autoridades, Don Bosco organiza tres grupos:

  • Uno para apoyar el trabajo en los hospitales.
  • Uno para visitar pacientes solos y auto-aislados.
  • Uno para buscar por las calles a personas enfermas o cuerpos abandonados.

Quienes quedan en el Oratorio comienzan a hacer turnos de oración por las personas afectadas y por quienes han ido a ayudarles. No se desentienden ni de la situación en la ciudad ni de la vida de sus compañeros. Entre quienes se quedan en el Oratorio está Domingo Savio, quien ha ingresado hace pocos meses.

Cada uno de estos equipos trabaja de a pares y llevando máscaras. De acuerdo a las recomendaciones de las autoridades, cada joven lleva una botella de vinagre para lavarse las manos antes y después de tocar a una persona infectada. Si se quedan sin vinagre, tienen que volver al Oratorio inmediatamente, a reponerlo y continuar.

También proporcionan sábanas limpias a las víctimas y queman las usadas, para evitar los contagios. Las sábanas se vuelven tan escasas que la madre de Don Bosco, Margarita, toma los manteles del altar de la iglesia para dárselos como sábanas a quienes las necesitan.

 

No sin un lógico temor, los jóvenes, junto con Don Bosco, igualmente habían salido confiados a atender a los enfermos… Es que cuando se inició la epidemia, Don Bosco les había dicho: “Si nos mantenemos en gracia de Dios, llevamos al cuello esta medalla de la Virgen que les estoy dando, estamos atentos a las indicaciones, y antes de salir rezamos juntos, les prometo que ninguno se enfermará”. Esta confianza en Dios y en la Virgen de Don Bosco se transmitió a sus jóvenes.

Ninguno de ellos fue golpeado por la enfermedad. Nadie se contagió. Se cumplió la promesa de Don Bosco. El trabajo de los chicos fue tan extraordinario, que fue reconocido por las propias autoridades y los diarios de Turín.

Pero no todo terminó allí. Acabada la epidemia, aparecen problemáticas derivadas de ella, y Don Bosco con su Oratorio también se hace presente para tratar de atenderlas. Es así que, respondiendo a una petición de las autoridades, recibe en el internado del Oratorio a casi un centenar de jóvenes que han quedado huérfanos, dándoles casa, comida, estudio y un ambiente de familia para crecer.

 

Preocuparse por los propios, atender las indicaciones sanitarias, estar atento a otros, ampliar la  mirada, poner en juego todos los medios al alcance para tratar de mitigar la situación de quien más sufre, animarse a salir y dar una mano de acuerdo a las indicaciones que se reciben (para no generar más problemas de los que ya hay), confiar en la cercanía de Dios y de María que caminan a nuestro lado y alientan para el bien, no resignarse, vivir la situación como una posibilidad de crecer… son algunas actitudes que podemos aprender de Don Bosco y sus jóvenes, para afrontar este tiempo que nos toca vivir…

 

Por Roberto Monarca (a partir de un texto de Dave O’Malley) // redaccion@boletinsalesiano.com.ar

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