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La oportunidad que todo pibe se merece

En la ciudad de Buenos Aires y alrededores, el proyecto de Hogares Don Bosco intenta dar respuesta desde hace más de treinta años a chicos y adolescentes que, con historias muy difíciles, han encontrado en esta propuesta lo que tanta falta les hacía: alguien que los quiera, los cuide y los acompañe.

Desde mediados del mes de abril, los chicos más grandes disfrutan de una nueva residencia en las instalaciones de la obra salesiana de Ramos Mejía, preparada especialmente para ellos. Una nueva casa donde encuentran un resguardo que los ayuda a crecer y proyectarse.

Atender la fragilidad de los jóvenes

El significativo deterioro de las condiciones sociales a partir de las décadas del setenta y del ochenta en Argentina fue dando lugar a una creciente fragilidad de las familias y a un mayor abandono de los niños y jóvenes, agravado por la aparición del consumo problemático de sustancias.

“Trabajábamos con chicos en situación de calle, en instancias de consumo. Eran las épocas del ‘poxi’, se trabajaba con las ‘ranchadas’ cerca de las estaciones de tren”, recuerda Liliana Rojas. Niña en los primeros oratorios de Isidro Casanova; luego animadora, catequista. Con los salesianos descubrió su vocación por los jóvenes, que la llevó a profesionalizarse como trabajadora social. Hoy es la coordinadora de la residencia para adolescentes.

Recuerda el inicio del proyecto en el barrio de La Boca. Luego en La Matanza, también la creación de un hogar de chicas. “Pasamos a trabajar con chicos comprometidos desde lo ‘psiquiátrico’, donde tuvimos que capacitarnos mucho. Para poder acompañar tiene que haber una gran capacitación —desarrolla Liliana—. Luego aparecieron los abusos de distinto tipo. También el consumo de sustancias en los padres, donde los chicos aún sin consumir sufren consecuencias. Las situaciones cambiaron y así fuimos cambiando nosotros”.

Derechos torcidos

El proyecto actualmente cuenta con dos residencias juveniles para varones, una veinte para adolescentes en Ramos Mejía y otra para veinte chicos en Isidro Casanova. Ambas en el partido bonaerense de La Matanza. Los chicos llegan tras la intervención del poder judicial.

Karina Pugliese es la coordinadora de la residencia de chicos: “Muchos vienen de otros hogares. Algunos pasan por la calle, otros por hogares transitorios… hasta que llegan acá. Son chicos que no tienen padres o están presos. O los dejaron solos y algún vecino hizo una denuncia. Muchos no iban a la escuela, no los llevaban al médico. Los derechos básicos ya los tenían vulnerados. A eso se suman situaciones de abuso, de maltrato, de violencia…”.

A los 18 años, los chicos comienzan a “egresar” de la residencia. Algunas veces es posible el encuentro con algún familiar. En otros, tienen que salir con trabajo y estudio para mantenerse solos.

La vida en la residencia trata de parecerse lo más posible a una casa, con horarios y reglas similares a las que podría establecer cualquier familia. Los chicos van a la escuela afuera, así como también a los servicios de salud. “Además participan en actividades deportivas, pasantías, terapias, salidas con amigos y amigas —cuenta Liliana—. En otros dispositivos todos los chicos hacen lo mismo. Acá no. Eso requiere un esfuerzo, pero lo sostenemos para hacer más personalizado el acompañamiento”.

Con el desafío del egreso

La continuidad de los estudios, la dificultad para conseguir un empleo estable y los obstáculos para acceder a la vivienda vienen “estirando” en la mayoría de las familias argentinas la permanencia de los hijos en la casa de sus padres.

Esto presenta un gran desafío para el “egreso” de los chicos de las residencias juveniles. “La ley los ampara hasta los 18 años” —aclara el salesiano Sergio Morales, quien forma parte de la dirección del proyecto—. Hay que prepararlos para el mundo del trabajo, para el mundo familiar”.

Es por eso que todos los esfuerzos están orientados a fortalecer la autonomía. “Los chicos a los 18 tienen que salir con trabajo y un estudio como para mantenerse solos —desarrolla Karina—. Entonces trabajamos mucho con los centros de formación profesional, hacen pasantías laborales”.

En esa tarea se suman algunas obras salesianas de Buenos Aires: la casa de retiros de Ramos Mejía, San Juan Evangelista y Santa Catalina. El equipo de los hogares está siempre a la búsqueda de instituciones y empresas que puedan tomar a los chicos para que realicen estas prácticas laborales.

¿Cómo sigue el proceso? “En algunos se logra el egreso con algún familiar —agrega Morales—.  Hay también egresos autónomos, pero siempre vinculados con alguien que pueda estar atento a ellos. Y otro desafío es acompañarlos cuando no hay ningún familiar que pueda hacerlo”.

Nada está perdido para los jóvenes 

En una sociedad que muchas veces le tiene “miedo” a los jóvenes, que piensa que los chicos son peligrosos y que una solución posible es bajar la edad de imputabilidad penal, la espiritualidad de Don Bosco es un signo profético.

“Dios se manifiesta en todos los jóvenes, aún en los que han pasado por momentos difíciles”.

“Es una muestra de que se pueden hacer las cosas de otra manera —afirma el padre inspector de Argentina Sur, Honorio Caucamán—. Y una apuesta a creer que Dios se manifiesta en todos los jóvenes, aún en los que han pasado por momentos difíciles. Me he encontrado con chicos de los que he pensado: ‘Yo no sé qué hubiese hecho en lugar de él’. Pero su testimonio a mí me ayuda a vivir y a creer”.

“Es una idea diferente de cuidado de los pibes —afirma Karina—. Siempre mirando en su proyecto de vida. Que puedan trabajar, tener hijos. Fuera de la violencia, de la delincuencia. De que los sigan dañando. Tratamos de suturar un poco el daño para que ellos puedan dar pasos hacia adelante”. 

La nueva residencia en Ramos Mejía

“Este nuevo espacio físico fue pensado y diseñado para ellos. Está impecable. Es un lugar espacioso y vinculado a la obra salesiana de Ramos Mejía, que nos recibe, y nos ofreció este lugar —comenta el salesiano Sergio, uno de los referentes del proyecto, durante la inauguración de las instalaciones en Ramos Mejía—. Y con muchas instituciones que hay alrededor”.

Eso permite que los chicos además de las actividades y propuestas con las que ya cuentan, puedan integrarse más fácilmente a las distintas actividades juveniles que los fines de semana se desarrollan en el oeste bonaerense.

El proyecto además se completa con otro edificio inaugurado en el 2015, ubicado en Isidro Casanova, partido de La Matanza.

Yo ya estuve ahí

Les dieron una mano. Se tomaron de la mano. Ahora dan una mano

Un pibe de ocho años pierde a sus padres. El tren lo deja en la estación terminal de Once, en Buenos Aires. Conoce a otros chicos, y con esos chicos conoce la calle.

Una chica de catorce años escapa de una familia donde la violencia y el alcohol habían tomado el control. Termina pasando sus días y sus noches en una plaza del centro de la capital.

El pibe paraba con otros en el subte, cerca de la estación Constitución. Un grupo de personas los empezó a ir a visitar. Tenía diez, once años: “Iban a la nochecita y llevaban un mate cocido, un sanguchito para los chicos que estaban ahí. Se hizo un grupito. Fueron muchas veces, cada vez iban más. Hasta que un día nos invitaron a conocer los hogares”.

Cuenta el pibe que en esa época en la calle te ofrecían muchas cosas: “Vos no sabías a dónde ibas. Hasta que fuimos una vez, y otra vez. Fuimos al patio a jugar, nos dieron un almuerzo. Después nos dijeron que querían hacer un hogar para chicos. Nos dieron una mano. Nos querían dar una oportunidad para salir de la calle”.

La chica conoció al pibe en una de las recorridas que hacían con los salesianos por las terminales de trenes, buscando a otros chicos de la calle. Él tenía 18 años, ella 21. Y un hijo de tres años. Se pasaron los números. Se vieron en reuniones, cumpleaños. Él egresó del hogar. Y ni bien pudieron, se fueron a vivir juntos.

 

El pibe se llama Rubén Jesús Martín. Le dicen “el Flaco”. Fue uno de los primeros chicos que pasaron por el proyecto Hogares Don Bosco. Hoy tiene 44 años, y desde hace más de veinte que trabaja en las residencias juveniles salesianas. La chica se llama Juana Ibarra. Le dicen “Ana”. Tiene 47 años y también trabaja en Hogares Don Bosco. Están juntos desde hace más de veinte años. Se casaron y tuvieron dos hijos más, uno de 17 y otro de 24.

“Cuando volví a la calle a trabajar con los pibes, me hacían acordar a cuando yo estaba en la calle, que vivía debajo de autopistas, de un puente, tapándome con una sábana —cuenta el Flaco—. Yo me acercaba al pibe y lo vivía en carne viva. La gente pasa y te tira unas moneditas, te mira con lástima. Para el pibe eso queda grabado para la historia. Quería darles una mano para que sean chicos que no le tengan miedo a la sociedad, porque la sociedad misma los rechaza”.

“Los pibes son todo para mí. El hogar es otra parte de mi casa. Puedo entender lo que pasaron los pibes. Lo que fueron viviendo, sufriendo —cuenta Ana—. Uno ya sabe lo que es un papá alcóholico, o unos que te cagan a trompadas… esa vida yo la entiendo. Cuando los pibes están ‘brotados’ yo sé por qué están así, qué les fue pasando”.

Flaco: “A veces uno no puede hacer mucho por el otro. Yo no me puedo traer pibes de la calle a acá. Muchas veces me da ganas… hay otra gente que también tiene que ayudar”.

Ana: “Es difícil para el pibe acomodarse. Un baño, ir a la escuela, hacer la tarea. Es algo nuevo. Nadie se encargó de ellos. Y acá en los hogares tienen nueve adultos que se ocupan de ellos”.

Por Santiago Valdemoros

BOLETÍN SALESIANO – MAYO 2019

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