Una puerta para no volver a entrar

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Cuando Don Bosco nos llama a entrar en su obra, algo cambia para siempre en nosotros. Desde entonces la sensibilidad se agudiza, toda alegría se transforma en felicidad compartida, las tristezas duelen más pero buscan la esperanza, el auxilio de María y Don Bosco y su modelo pedagógico insistentemente nos acompaña donde vayamos. Estoy en la madurez de la edad y puedo dar fe de esta vivencia.

Como profesora universitaria acepté participar de la experiencia educativa en ámbitos carcelarios. En cumplimiento de la ley de Educación Nacional N° 26206/06, capítulo XII, artículos 55 a 59, sobre “educación en contextos de privación de la libertad”, decidí atravesar con otros colegas los gruesos muros de los penales de Córdoba, confiados en que la educación es una herramienta para lograr la inclusión y el cambio social, evitar la reincidencia en el delito y lograr la promoción integral de las personas que se encuentran privadas de su libertad y, por lo tanto, en desigualdad de condiciones para acceder a este derecho.

Entré con el mandato legal, la misión de una universidad laica, un plan de estudios, la ciencia, las teorías y las metodologías. Pero poco haría con todo esto si Don Bosco no hubiera entrado antes, y nos hubiera dejado unas certeras convicciones.

Ir a su encuentro

Desde el año 2012 con mis compañeros asistimos dos mañanas al mes a un penal. Atravesar esos muros es la primera experiencia que nos conmueve. Se deben pasar algunas requisas, a veces intensivas. Entramos muñidos de pocos objetos: lapiceras sin partes de acero, gomas, cuadernos y nada más. Todo lo demás, que habitualmente llevamos dentro de nuestro portafolio, queda en la guardia.

El ingreso a las distintas unidades del servicio penitenciario de Córdoba no es igual. Cada penal tiene sus características de acuerdo a su peligrosidad, y a ellas nos vamos acostumbrando sin el más mínimo temor.

Dentro de la población carcelaria los que estudian representan un porcentaje mínimo. Algunos cursan la escuela primaria o secundaria, otros el nivel superior. Los estudiantes son, casi siempre, los que han podido “ver una luz” en el camino; generalmente se han acercado a la religión y han buscado la educación. En el encuentro con ellos hay algo que llama poderosamente la atención. La mirada que poseen los estudiantes en cárceles no se ve en otro lado. Es una mirada desesperada, desesperadísima, que ruega por una esperanza, que implora por un camino que les permita volver a creer en ellos mismos, que trasmite que han transformado el delito cometido en un inmenso dolor. Ante esos ojos de muchachos y chicas, pienso que yo no conozco qué mensaje había en los ojos de Don Bosco cuando le sostenía la mirada a los jóvenes encarcelados y podía cautivarlos, esperanzarlos y convencerlos de un camino. Este ya fue un milagro de su santidad. Hoy le pregunto: ¿Cómo era esto, Don Bosco?.

Poniendo el cuerpo

Casi siempre son muchachos y chicas que han tenido una niñez golpeada por la violencia física y psicológica; una adolescencia atormentada porque se les cerraban todos los caminos y solo veían uno, el de lo ilícito. El sueño de Juanito donde la dulce Maestra aparecía diciendo “con golpes no” vuelve a hacerse presente.

Llega el momento de la enseñanza, del trabajo. Estos jóvenes responden con mansedumbre y esfuerzo para enfrentar la dificultad. Una historia de desigualdades los marca, hay que remontar y reconstruir habilidades cognitivas. En sus libros veo a menudo que tienen imágenes de María y recuerdo: “Tú apareces como la maestra que transforma fieros lobos en corderos”.

Compartimos con ellos las horas trabajo, casi siempre sin guardias, con tranquilidad y confianza mutua. Eso ayuda a generar el clima adecuado.

Las chicas son minoría en los estudios superiores: antes deben terminar la primaria o la secundaria, además están muy angustiadas por los bebés de los que se deberán separar o por otros hijos que están lejos de ellas. Los muchachos tienen voluntad y estudian duro en condiciones terriblemente más adversas que las de cualquier alumno medio de los que conocemos fuera de ese ámbito.

Recuerdo particularmente un estudiante que rindió un examen final con nota ocho. Cuando mostró los papeles donde había elaborado sus resúmenes de estudio, eran pedazos arrugados de bolsas de harina que había recogido en la basura de la panadería del penal. ¿No es éste el empeño de conciencia y la fascinación por la educación de la que hablaba Don Bosco?

Para cambiar la mirada

En el camino perdemos muchachos y chicas, no lo logramos con todos: las dificultades de sus vidas se los llevan. Otros logran un certificado, un diploma. Pero, el corazón salesiano marca que la alegría viene cuando lo que cambió es la mirada, cuando otra vez hay en ella esperanza y una luz de bondad. Las estadísticas dicen que los privados de libertad que han accedido a la educación registran un nivel de reincidencia mínimo, del 2 o 3%: “buenos cristianos y honrados ciudadanos”, pienso.

Nos retiramos siempre del penal pasado el mediodía. Tanto dolor acumulado dentro de aquellos muros nos ha traspasado los poros y salimos agotados, alegres y tristes a la vez. Pero vale la pena seguir: que un solo estudiante recupere esa mirada vale el trabajo de todos los que hagamos falta.

En el camino hacia el centro de la ciudad de Córdoba, paso en frente de la manzana de la obra salesiana del Pío X y el templo de María Auxiliadora. Repasando lo vivido dentro del penal, le encuentro nuevos significados a lo que tantas veces escribimos en las láminas de los colegios salesianos: la educación es cosa del corazón.

 

Por Graciela Ríos ggracielarios@gmail.com

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