No la dejemos afuera

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Los jóvenes que participan de la vida de la Iglesia piden una liturgia viva y bella.

Por Gustavo Cavagnari, sdb
cavagnari@unisal.it

Al inicio del camino sinodal sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, llamó la atención que los obispos y expertos que redactaron el Documento preparatorio prácticamente se “olvidaran” de la liturgia. Y, precisamente por eso, llamó más la atención que fueran los mismos jóvenes quienes instalaran el tema en la agenda de discusión. Como reconoce el Documento de trabajo, entre las varias preocupaciones específicas manifestadas en la reunión pre-sinodal por “los jóvenes más partícipes en la vida de la Iglesia… vuelve con frecuencia el tema de la liturgia”.

Veamos: no son “todos” los jóvenes. Pero, al menos para los más involucrados en la vida eclesial, la liturgia no es un tema más. Y, ¿qué piden estos jóvenes? Que las liturgias sean vivas y bellas —bueno, también critican a las homilías, pero eso es para otro artículo—. El Documento final usa dos adjetivos similares: que sean frescas y auténticas.

Ni feas ni fake

Empecemos por lo segundo. Según las reflexiones sinodales, seguir en la liturgia “el camino de la belleza” supone, en primer lugar, apreciar “el patrimonio artístico y arquitectónico” de las iglesias. En otras palabras: ¡no es lo mismo celebrar en cualquier lugar! ¡Adornar de un modo o de otro! ¡Enchufarle cualquier música! Los jóvenes de los que hablamos “son sensibles a la calidad de la liturgia”. Seguir este camino supone, además, valorizar “el encanto de la liturgia de la Iglesia en todas sus formas y ritos”. 

En diversas partes del mundo, muchos jóvenes continúan sintiendo la liturgia como aburrida y alejada de la vida.

En este contexto se le pide al sacerdote “celebrar con noble sencillez” y de creer lo que reza, para no convertirse en un mero “animador de eventos”. En fin, también debe ser incluida en esta parte la digna “participación de los diferentes ministerios laicales”. Esto supone, por ejemplo, el empeño de los ministros en servir “poniéndole ganas”, o el compromiso de los músicos de ayudar a elevar los corazones a Dios, en vez de exhibirse como si estuvieran en el Lollapalooza. Lo decía el Documento preparatorio: “Cuando la liturgia y el arte celebrativo son bien preparados hay siempre un número significativo de jóvenes activos y partícipes”. Y lo confirmaba el Documento final: “Los jóvenes han demostrado ser capaces de apreciar y vivir con intensidad celebraciones auténticas”. 

Buscando lo auténtico

Demos un pasito más: además de bellas, los jóvenes piden liturgias vivas. De buenas a primeras, alguno podría confundir vivas con vivaces. Y, por lo tanto, festivas. Sí, seguro: una “liturgia fresca” es una liturgia alegre. Pero no imaginemos quién sabe qué cosa: “los jóvenes no vienen a la iglesia a buscar algo que puedan encontrar en otra parte”. 

Sin “intimidad espiritual”, no hay liturgia posible; y en la sociedad tecnológica de hoy, educar este tipo de intimidad pide iniciativas creativas y fuertes.

Una liturgia viva no excluye la vivacidad, pero está más bien llena de vitalidad. Y, ¿quién le da vida a la liturgia? El Señor, que es siempre “un Dios vivo”, y también las comunidades cuyos miembros saben tejer “relaciones significativas” y celebrar con una fe “avivada” por el Espíritu. Como dicen los jóvenes participantes en el Sínodo, sin vivacidad fraterna y espiritual, los cristianos “oirán” misas “dichas” en “comunidades que parecen muertas”.

Hay espacio para seguir creciendo

Entonces, ¿con esto ya resolvimos todo? No, para nada. En diversas partes del mundo, muchos jóvenes continúan sintiendo la liturgia como aburrida y alejada de la vida. También están quienes siguen sin poder descifrar la ritualidad que es propia de la celebración. Algunos otros se van a cultos que experimentan como más vivaces. Siempre son desafíos vigentes mostrar en la pastoral juvenil el “vínculo genético entre fe, sacramentos y liturgia”; brindar “una formación litúrgica adecuada” y ofrecer “el acompañamiento educativo para entrar en la riqueza mistérica de sus símbolos y sus ritos”; incorporar el “lenguaje del cuerpo y de los afectos, elementos que a veces en la liturgia tienen dificultad a encontrar espacio”; “ofrecer ocasiones para saborear el valor del silencio y de la contemplación”.Sin “intimidad espiritual”, no hay liturgia posible; y en la sociedad tecnológica de hoy, educar este tipo de intimidad pide iniciativas creativas y fuertes. ¿Será por acá que, como dice el Documento de trabajo, “algunos ven la liturgia como una ocasión de profecía” para los tiempos en que vivimos?

BOLETÍN SALESIANO – ABRIL 2021

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