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Las elecciones, un momento propicio para ampliar la mirada a algunos temas que no pueden estar ausentes de la agenda pública.

A lo largo de este año, alrededor de treinta millones de ciudadanos son llamados a votar, y doscientas mil autoridades de mesa, aproximadamente, cumplirán un valioso servicio cívico. Será además la última elección donde todos los votantes habremos nacido en el siglo XX, mientras que algunos hijos del siglo XXI ya están militando en movimientos ambientalistas, centros de estudiantes, sindicatos y partidos políticos, entre otros espacios.

Una democracia adulta 

Hoy tenemos la sana costumbre de elegir a nuestros representantes, lo que implica las bondades de la estabilidad, la previsibilidad y la seguridad de las instituciones —podrán rotar los jugadores, pero se mantienen las “reglas de juego”—. Un riesgo que conlleva esta indudable ventaja es la de disipar la noción del valor de nuestra democracia, de perder la perspectiva de esta conquista alcanzada con mucho esfuerzo a lo largo de estos treinta años. En ese sentido, un desafío es recrear en los jóvenes el aprecio y la voluntad de participación en un régimen democrático, que para sus ciudadanos conlleva derechos… y deberes: si gobierna el pueblo, el mismo debe ser el primer beneficiado, y el primer responsable.

¿Qué horizontes podrían convocar las nuevas energías y los mejores talentos tras tres décadas de democracia? ¿Qué registro de la misma hacen las generaciones de argentinos nacidos en este sistema? En los primeros años de democracia se imponía asegurar las condiciones jurídicas y políticas más elementales; luego fue necesario estabilizar determinadas variables económicas. También se ha recuperado el valor del compromiso social, la participación partidaria, el rol del Estado. ¿Qué discusiones y debates podrían insinuarse a futuro, algo más allá de la coyuntura inmediata? ¿Bajo qué mirada entran los jóvenes en los proyectos de los candidatos? ¿Qué ejemplaridad, qué capacidad de convocatoria tienen nuestros dirigentes ante las generaciones que empiezan a incorporarse a la vida cívica?

Balances necesarios para seguir 

Mientras vamos procesando estos interrogantes, nos encontramos ante la posibilidad, nuevamente, de la alternancia o la continuidad de una conducción política, que en este caso lleva doce años de gestión. Con serenidad, es necesario identificar avances, y también reconocer atascos. Desde luego, será importante también clarificar las orientaciones y las propuestas por parte de los candidatos en torno a algunos de los temas que deben estar en la agenda pública:

  • Mediante algunas prácticas institucionalizadas, se ha puesto en discusión la distribución del ingreso de determinados sectores sociales y generacionales. Los empleados —los que están registrados— están amparados por convenios colectivos y negociaciones paritarias. Por otro lado, la precariedad laboral parece un escollo difícil de superar: afecta a alrededor de un tercio de los trabajadores. La ampliación de la cobertura de seguridad social —por ejemplo, a través de la Asignación universal por hijo— apunta hacia una dirección redistributiva. ¿Se instituirán por ley mecanismos de actualización de estas transferencias, como ya ocurre con las asignaciones para nuestros mayores? ¿Hace falta revisar o mejorar estos programas?
  • La cuestión ecológica también es insoslayable, a tal punto que próximamente el papa Francisco dará a conocer una encíclica sobre este tema. Los más pobres suelen ser los más damnificados por prácticas extractivas como la minería o los agronegocios, y la contaminación por deshechos y residuos varios. ¿Estamos dispuestos a ampliar nuestra mirada?
  • Desde algunos cambios “emblemáticos” hasta otros más profundos, como los que afectan directamente la riqueza —bienes personales e inmuebles, especialmente los ociosos— o ingresos extraordinarios —como las herencias—: la cuestión impositiva es un tema del que suele hablarse sin que se aborde por lo complejo y sensible que resulta discutir la riqueza, y más en particular la manera en que se genera, se apropia y se grava el excedente económico y la ganancia en la Argentina —pesquera, minera, petrolífera, agraria, financiera—. Revisar los criterios de redistribución en la coparticipación federal también es un debate postergado.
  • En los últimos años se ha aligerado sensiblemente el peso de la deuda externa: ¿continuaremos con el desendeudamiento externo, o apelaremos al crédito? Si es el caso, ¿con qué fin, en qué condiciones, con qué plazos, a qué tasas? También tenemos experiencia de la inflación: no desatada, sí tenaz, exigiendo la recomposición de ingresos fijos, afectando el funcionamiento de la economía, distorsionando las referencias económicas, el valor de ahorros y deudas.
  • Más allá de la desconcentración de algunos medios masivos, falta asegurar las medidas para que el derecho de la sociedad a la información esté garantizado por una mayor variedad de voces, por una distribución más capilar de las posibilidades de expresión.
  • Recuperar el transporte público urbano colapsado elevará la calidad de vida cotidiana… y salvará vidas. Además, integrar nuestra economía implica revitalizar la red de transporte, fortaleciendo nuestras industrias naval y ferroviaria, así como la infraestructura, especialmente en materia energética.
  • Todavía persisten núcleos de miseria y hacinamiento en las grandes ciudades, construcciones precarias, falta de saneamiento y cloacas. En temas de vivienda se deberá seguir trabajando para regularizar y ordenar situaciones de hecho, y atender las situaciones emergencia habitacional.
  • Mejorar el ambiente urbano ayudará a una seguridad inclusiva y preventiva, mientras deberán articularse medidas contra las grandes mafias que trafican drogas, armas… ¡y hasta personas! Por otro lado, parece claro que el Estado deberá asegurar el control de situaciones problemáticas, zonas bajo amenaza constante de mafias, una tarea que sólo este puede encarar, con las herramientas provistas por la ley y las instituciones —y con una clara decisión de cortar los lazos de corrupción que lo obstaculizan—.
  • También deberá continuarse con las propuestas para prevenir las adicciones, sin excluir la aceptada afición a los juegos de azar y el tolerado alcoholismo, que se registra a edades cada vez más tempranas. Ante diversas situaciones, los centros preventivos locales de adicciones y las casas educativas terapéuticas plantean criterios para seguir explorando en los próximos años.
  • En materia de educación, se requiere profundizar la inclusión educativa, proveyendo una mayor cobertura en educación inicial, continuando con el camino de difusión científica, tecnológica e informática, la enseñanza de segundas lenguas; peleando contra la repitencia y la deserción adolescente, y apostando por la educación de adultos. La capacitación técnica en artes y oficios parece necesaria en numerosos ambientes, así como una educación sexual integral. No deben olvidarse los recurrentes conflictos por los salarios docentes, ni el pobre desempeño de nuestros estudiantes en las evaluaciones internacionales.
  • En relación a la salud, se superponen tres sistemas: el del “hospital público”, el del “sanatorio de la obra social” y el de la “clínica privada”. ¿Cómo acercar información y recursos, ganando en eficiencia? ¿Cómo dar respuestas a tantas postergaciones en varias regiones de nuestro país?
  • El fenómeno de la concentración demográfica en pocas áreas metropolitanas es una realidad que suele advertirse: favorecer la desconcentración poblacional, ofreciendo incentivos a la misma en distintas zonas, también colaboraría en la solución de otros problemas. El impulso a las economías locales, divulgando y fortaleciendo sus potencialidades, traerá seguramente muchos beneficios.
  • La región de la que formamos parte, América Latina, ha dado pasos que apuntan a una mayor coordinación de iniciativas. ¿Cuáles podrían ser los próximos temas a ser abordados en la misma? Tengamos presentes los recientes años de bonanza económica, aunque persistan profundas desigualdades, el carácter estratégico que tienen nuestros recursos naturales, así como la ventaja comparativa de no tener frecuentes catástrofes naturales, ni serios conflictos étnicos o religiosos.

Es importante que no perdamos de vista, en este agitado año de contiendas electorales, que la democracia también se juega en las pequeñas luchas de todos los días. La atención a las diversas problemáticas es deber ineludible del Estado, pero responsabilidad también de la sociedad civil y de cada uno de nosotros, en la medida que tratamos de hacer presente la mano tendida, la solidaridad, la inclusión, el compromiso y el empeño en las responsabilidades que llevamos adelante.

Por Rafael Tesoro • rafaeltesoro2@yahoo.com.ar

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