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Una “alianza” entre generaciones: adultos que acepten serenamente su edad y su rol, y jóvenes que defiendan su mundo.

Fotografía: Agustín Píxel

Por Gustavo Cavagnari, sdb
cavagnari@unisal.it

Durante las diversas etapas del Sínodo sobre los Jóvenes, los obispos usaron imágenes bíblicas para inspirar, para fundar o para ejemplificar lo que estaban reflexionando.

En el número 81 del Documento de trabajo, una de esas escenas es la del diálogo entre el sacerdote Elí y su ayudante Samuel (cf. 1Sam 3,1-21). Si no nos acordamos o no sabemos de qué se trata este hecho, tal vez nos haga bien leerlo antes de seguir con nuestra reflexión.

Reflexionando sobre este pasaje, el documento dice que el joven Samuel tenía buen oído para escuchar la Palabra que Dios le dirigía e incluso buena voluntad para responder con prontitud, pero le faltaba experiencia para poder hacerlo bien. De hecho, el pibe andaba como perdido en las respuestas que daba. ¿Quién tenía ese conocimiento, adquirido por la vida, que se necesitaba para comprender lo que pasaba? 

El joven Samuel tenía buen oído para escuchar la Palabra que Dios le dirigía, pero le faltaba experiencia: ¿quién tenía ese conocimiento adquirido por la vida para comprender lo que pasaba? 

Elí, que a pesar de que “era ya muy viejo” (1Sam 2,22), fue de hecho el que ayudó al muchacho a entender lo que estaba pasando y a dar la respuesta justa. A la luz de este hecho, el texto continúa: “Sólo la presencia prudente y sabia de Elí le permite a Samuel dar la interpretación correcta a la palabra que Dios le está dirigiendo”. Y concluye: este hecho confirma “la bondad de las alianzas intergeneracionales”. Con otras palabras, ¡lo bueno que es que los jóvenes y los adultos caminen juntos!

Un intercambio de dones

Para que los jóvenes quieran “entrar en alianza positiva” con los adultos, es importante que éstos sean, como dice el Documento preparatorio, “dignos de confianza”. Afectivamente maduros. Psicológicamente estables. Espiritualmente sólidos. Educativamente apasionados. Adiestrados “por la práctica para discernir entre el bien y el mal” (Hb 5,14) y ¡para elegir el bien! 

A través del diálogo, el encuentro y el acompañamiento, estos adultos “con autoridad”, como los llama el N° 71 del Documento de trabajo, podrán ayudar a los jóvenes, con su “fuerza generadora”, a “cumplir un verdadero camino de maduración”. Y como agrega el N° 31 del Documento final, ellos podrán ser también, con su vida, “figuras de referencia” en el camino. Esto no significa que los jóvenes vayan necesariamente a imitarlos, pero, aunque más no sea, podrán encontrar en ellos personas con quienes confrontarse y en quienes sostenerse.

El N° 66 del Documento final agrega otra cosa. A partir de la imagen bíblica del joven discípulo y de Pedro corriendo juntos hacia el sepulcro después de la resurrección (cf. Jn 20,1-10), los obispos del Sínodo reconocen que también los jóvenes tienen su parte en esta alianza: ofrecer a los adultos, adormecidos por el peso de la edad y de la vida, esa energía renovadora que puede ayudarlos a quitarse de encima el cansancio y la lentitud. ¡Esto vale para la sociedad y para la Iglesia!

Ni juvenilización, ni adultización

Si esto es cierto, no es bueno que ni los jóvenes ni los adultos estén encerrados en sus propias burbujas. En Christus vivit el Papa dice que, a veces, los jóvenes “piensan que los adultos son un pasado que ya no cuenta, que ya caducó” (201), y rechazan “la riqueza espiritual y humana” que se transmite “a lo largo de las generaciones” (181). Otras veces, los adultos piensan que con los jóvenes o está todo mal, que son “un listado de calamidades” (66), o todo bien, y entonces los idealizan, queriendo ponerse a su nivel y “jugando a ser jovencitos” (Dios es joven, Planeta 2018, p. 39). 

Los jóvenes tienen su parte en esta alianza: ofrecer a los adultos esa energía renovadora que puede ayudarlos a quitarse de encima el cansancio y la lentitud.

Son los adultos que “no respetan, aman y cuidan a los jóvenes”, sino que se quieren “robar la juventud para ellos” (79). Bueno, entre estos jóvenes y estos adultos “no se da un verdadero conflicto generacional”, sino, lo que es peor, “una extrañeza mutua” (80).

Precisamente por esto, el Papa vuelve a insistir, especialmente hoy, sobre la bondad de tender puentes, de tejer redes, de estar en el mismo equipo, de remar en la misma barca… como decíamos en el título, de hacer alianzas: “Al mundo nunca le sirvió ni le servirá la ruptura entre generaciones” (191).

De todo esto se deduce la necesidad de pensar cómo restablecer una positiva relación entre ambas edades. Con adultos que acepten serenamente su edad y su rol en la relación educativa, y con jóvenes que defiendan su mundo, pero sin aislarse ni descartar a los que están unos años delante de ellos simplemente porque “son viejos”.

BOLETIN SALESIANO – SEPTIEMBRE 2020

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