Saber escuchar

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Para acompañar como María Mazzarello

Escuchar no es lo mismo que oír. Para escuchar hace falta detenerse, poner atención, tratar de comprender, captar una realidad que se nos empieza a manifestar de algún modo. No es sólo una cuestión auditiva. Escuchamos con todo el ser, así como nos expresamos con todo el ser. Lo que nos mueve a escuchar es la existencia de una palabra nueva, única, que palpita dentro de cada criatura desde el comienzo.
Por eso la escucha es una actitud personal que implica la atención respetuosa ante la maravillosa diversidad de la realidad, aún la más pequeña y aparentemente insignificante. María Mazzarello, cofundadora con Don Bosco del Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, había adquirido la sabiduría de la escucha, don clave para quien está llamado a educar. Tres rasgos fundamentales de su persona la ayudaron a cultivar este don.

La apertura a lo real

“Maín”,como la llamaban todos, nació en un pueblo de provincia y era lahija mayor deun hogar sencillo y laborioso. Transcurría sus días bajo la mirada de Dios, trabajando en el campo y luchando por la vidade cada uno de los integrantes de sunumerosa familia, algo habitual en los pueblos del norte de Italia.
Entre el campo y elpueblo se fue convirtiendo en una mujer activa, fuerte y generosa, abierta a la realidad de la naturaleza de las personas, de sí misma y de Dios, comprendiendo y comprometiéndose sin medias tintas. Así se entregó para siempre al Dios que la había cautivado. Pronto captó la necesidad de las niñas del pueblocuya educación terminada demasiado pronto —entrelos diez y doce años, ¿y después?— y se propuso enseñarles a coser.
Su disposición y apertura a la íntima verdad de las situaciones y las personas desarrolló en ella la capacidad de discernimiento y un especial olfato ante lo inauténtico o aparente, inclusive en su propio corazón. Su papá y el acompañamiento espiritual del sacerdote Domingo Pestarino fueron una ayuda valiosa en este camino de maduración.
En sus primeros pasos como educadora con sus hermanos y luego con las niñas en el taller de costura, su mirada penetraba profundamente. Cuando teníamos alguna duda de conciencia o nos encontrába­mos en algún peligro, parecía que lo leyera en nuestra frente, sin necesidad de muchas explicaciones”, aseguraban las niñas.

María Mazzarello había adquirido la sabiduría de la escucha, don clave para quien está llamado a educar.

La conquista del silencio

Solo escucha realmente aquel que ama.Decía Pablo VI que “el silencio es la actividad profunda del amor que escucha”. No es entonces un vacío, ausente de voces, pensamientos o deseos, sino la total atención a quien se ama.
En silencio, María partía antes del alba a la parroquia para celebrar allí la Eucaristía. Y en los últimos años de su vida, siendo ya superiora del Instituto,preguntaba a una comunidad de misioneras: “¿Aman al Señor? ¿Lo aman de corazón?”. Y a una de ellas le escribía:“Hay que conservar el recogimiento —silencio—del corazón si queremos oír la voz de Jesús”.Lo mismo sucede con las personas, para escucharlas hay que conservar el silencio del corazón.
María Mazzarello creció en un ambiente de silencio profundo que ni las voces familiares, ni los rumores de la naturaleza, ni las faenas cotidianas lograban apagar. Pero si el silencio exterior era dado, el interior, aquel que realmente hace posible la escucha, debía ser conquistado. Y todos sabemos lo difícil que es acallar las voces interiores—los miedos, las preocupaciones,las fantasías—.
Maín conoció los rumores que se suscitaban a partir del reconocimiento de algunos valores positivos que encarnaba —ser la hija mayor, la primera en el catecismo, la más fuerte en la viña de su padre, su generosidad y atractivo—, pero también enfrentó el derrumbe de muchos de ellos a partir de su enfermedad, que le reveló su debilidad y puso en discusión sus seguridades inconsistentes.
La lucha no fue fácil pero no la encontró desprevenida. Hacía tiempo que Dios la iba conduciendo por el camino de la humildad y la confianza, que descentran el corazón, desarman las defensas y acallan las voces que no vienen del Señor. Entonces fue capaz de escuchar una voz nueva, eco de una palabra antigua que le bullía dentro como su verdad más honda: “A ti te las confío”.Y dijo a su amiga: “Petronila, el Señor desea de nosotras que nos ocupemos de las niñas de Mornese”.

“Hay que conservar el silencio del corazón si queremos oír la voz de Jesús”. Lo mismo sucede con las personas.

Un corazón ardiente, fraterno y apostólico

Esta invitación de lo alto se transformó además en inspiración reveladora, alegría recuperada y entusiasmo compartido. Un fuego nuevo que llenó de sentido el presente permitió atar los cabos que venían del pasado y abrirse a un futuro lleno de incógnitas pero seguro para sí y para otros.
Será el corazón fraterno y apostólico de María Mazzarello, vuelto humilde y misericordioso, el que ayudará a discernir y concretar el sueño que se va haciendo proyecto educativo: el taller, el oratorio, el catecismo, el pequeño internado, el carnaval, los paseos.Y ese mismo corazón también le permitirá escuchar, comprender, consolar y animar a niñas y hermanas, postulantes y laicas, llegando incluso hasta el director salesiano que intuía triste: “¡Mi buen padre, anímese, esté alegre; yo me acuerdo siempre de usted!”.
Mañana tras mañana Él despierta mi oído para que escuche como los discípulos”(Isaías 50,4).El don de la escucha proviene del encuentro frecuente con quien puede despertar el oído a la verdad de las personas, enseñar a acogerla desde el silencio y acompañarla en el camino de su libertad.
Así fue para María Mazzarello y lo será sin duda para quien pide humildemente la sabiduría de saber escuchar.

Por Ana María Fernández • anamferma@gmail.co
Boletín Salesiano, mayo 2018

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