“Estaba de paso… y me alojaron”

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Valorar la inmigración para crecer como país

Hace pocos años, dando clases sobre la igualdad de derechos de las personas, la realidad me dio clase a mí: una adolescente levantó la mano en el secundario nocturno para contar una experiencia reciente. Trabajando como niñera, aquella misma mañana su empleadora le había pedido que trate de no hablarle demasiado al niño, ya que estaba aprendiendo a hablar… y sus primeras palabras en castellano estaban tomando el acento paraguayo de su cuidadora. Se grabó en mi memoria la indignación que brotó en mí como docente: una realidad que negaba crudamente lo que pretendía argumentar.

Juntos desde siempre 

Además de los pueblos originarios, que no contaban con nuestras actuales fronteras, la historia anterior a la Independencia argentina da cuenta de los profundos lazos que nos unen a los pueblos hermanos: Santa Fe y la segunda fundación de Buenos Aires se las debemos a los colonos provenientes de Asunción; Santiago del Estero, Salta y Jujuy respondían en un principio al Virreinato del Perú; Mendoza y San Juan fueron fundadas desde la Capitanía de Chile. Cornelio Saavedra era nacido en Potosí, la Liga de los Pueblos Libres fue impulsada por el oriental Artigas, y en el Congreso de Tucumán había chuquisaqueños, chicheños, cochabambinos: San Martín, pensando en grande, cimentó la Argentina liberando Chile y Perú.
Por otro lado, ya en la organización del Estado Nacional en 1853, el Preámbulo de nuestra Constitución aseguraba “los beneficios de la libertad para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”. Se trata entonces de igualdad de derechos civiles, sin privilegios por ser nacido o no en suelo argentino, así como igualdad de obligaciones ante la Ley y ante las penas.

Muchos argentinos de hoy crecimos escuchando a padres y abuelos agradecidos por las oportunidades encontradas en este suelo.

Ordenar los derechos

Siempre cuidando el derecho a ser respetado, es cierto que deben atenderse algunas cuestiones a resolver, como cierta informalidad, desorden o desprolijidad en el fenómeno migratorio. O asegurar la reciprocidad en las relaciones entre los países y sus respectivos migrantes.
Sin embargo las normas, en general, deben cumplir la función de un semáforo: no detener el tránsito, sin más, sino ordenarlo, para que pueda circularse con más facilidad. Lo mismo pasa con las demás regulaciones: el espíritu de las mismas no debe limitar los derechos, sino facilitar su respeto y cumplimiento efectivo.
En ese sentido, somos herederos de una noble tradición de acogida y hospitalidad desde el siglo XIX. Uno de los rasgos más bellos de nuestra Patria: la generosidad en tierra, recursos, derechos, asistencia, salud y educación, que sabe anteponer la dignidad de las personas a los límites trazados sobre el mapa. Muchos de los argentinos de hoy crecimos escuchando a nuestros padres y abuelos agradecidos por las oportunidades encontradas en nuestro suelo, que permitió que inmigrantes humildes felicitaran décadas más tarde a su hijo o nieto profesional.
En el siglo XX, otras generaciones huyendo de guerras atroces también supieron de la hospitalidad argentina; el mismo siglo en el que muchos argentinos, durante su exilio, han sido beneficiados por la hospitalidad en el extranjero —en España o en México, por ejemplo—. Hemos recibido solidaridad de países hermanos en la Guerra del Atlántico Sur y hemos vuelto a ser solidarios, en los casos más recientes, con los refugiados sirios o los inmigrantes venezolanos.

Más riqueza que gasto

Al momento presente, los inmigrantes pueden representar un costo, que debe ser ponderado en su justa medida. Según las fuentes oficiales, son menos de un 2% de los alumnos en escuelas primarias y secundarias. Algo menos de 7% de las más de 800.000 internaciones en hospitales bonaerenses corresponden a extranjeros. Los extranjeros representaban hasta diciembre de 2015 sólo un 6% de toda la población carcelaria argentina; un 4,5% de la población total no es nativa.
Pero también representan un beneficio para el país: generan riqueza con su trabajo, muchas veces en actividades necesarias y delicadas, como la construcción, el duro trabajo rural, minero o petrolero, el cuidado y asistencia a menores y mayores —o la alta gerencia de poderosas multinacionales, que también se le confía a extranjeros, dicho sea de paso—. Además a los inmigrantes, al igual que a los argentinos, se les retienen contribuciones y aportes de su sueldo bruto, pagan alquileres y tributan impuestos con su consumo cotidiano.
Por otro lado, en un mundo con comunicaciones y transportes desarrollados a escala global, parece injusto que la única movilidad plenamente aceptada sea la de los capitales —que muchas veces no se dirigen a la producción, sino que especulan a corto plazo y vuelven a sus países de origen—, pero no la de los trabajadores y sus familias.

Parece injusto que la única movilidad aceptada sea la de los capitales pero no la de trabajadores y familias.

“Todos fuimos extranjeros”

Mirando a futuro, debemos tomar conciencia que la Argentina aún hoy es un país relativamente despoblado, lo que lleva a pensar que probablemente seguirán llegando migrantes desde otros lugares. Parece prudente poder anticiparse a esta situación e implementar políticas demográficas de largo plazo.
Además, nuestra población está demasiado concentrada en unas pocas áreas metropolitanas —lo que complica adicionalmente diversas problemáticas en servicios públicos, por ejemplo—. Sería recomendable facilitar la redistribución poblacional voluntaria en nuestro territorio con distintas políticas, desde incentivos puntuales a la radicación hasta obras que aseguren bienes y servicios públicos de calidad más allá de las grandes urbes.
En estos tiempos donde ciertos sectores vuelven a poner a la inmigración en tela de juicio, es bueno recordar las palabras que el papa Francisco pronunció en el Capitolio de los Estados Unidos en su visita de 2015: “Les hablo como hijo de inmigrantes. La gente de este continente no le teme a los extranjeros, porque nosotros alguna vez lo fuimos”.

Por Ricardo Díaz • redaccion@boletinsalesiano.com.ar
Boletín Salesiano, mayo 2018

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