¡Gracias totales!

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No es una obligación y no hay recetas para hacerlo… pero está bueno: ser agradecidos

Por Agustín Camiletti, sdb
acamiletti@donbosco.org.ar

Pensar en el cierre del año nos puede despertar distintas emociones: cansancio, frustración… ya hemos reflexionado sobre ello. Pero también puede aflorar la gratitud, ese pensamiento que nos ancla en la infinidad de motivos por los cuales cada día podemos dar gracias. Cuando me sobreviene cierta angustia y algunas situaciones amenazan con desbordarme, un acto reflejo me restituye al aquí y ahora, y brota de mis labios la palabra “gracias”.

Por ejemplo, cuando recibí la noticia repentina de que mi papá había fallecido, entremedio de la conmoción, brotó en mis pensamientos la conciencia de gratitud por su vida. Y la palabra “gracias” se transformó en la letanía que me sostuvo sereno, transitando tanto dolor. Y afloraba un recuerdo y “¡gracias!”, y llegaba otro y “¡gracias!”, y tomaba conciencia de lo que había llegado a ser y “¡gracias!”. ¡Gracias por tu vida en la mía, papá! Y enseguida el pensamiento me llevó inmediatamente a Dios, que me dio tan hermoso regalo. 

Cuando disfruto de mis capacidades, de mis dones y cualidades, y se asoma en mi cierto orgullo o vanidad, también me rescata el agradecimiento. Todo lo que soy, todo lo que tengo, es el resultado de un amor hecho gestos, apuestas, oportunidades que me han regalado ser yo mismo. 

Juan Bosco, un agradecido

Don Bosco guardó una preocupación especial por formar en los jóvenes un corazón agradecido. Las palabras constantes de Mamá Margarita subrayando las cosas bellas con que el Señor los rodeaba fueron experiencias que le advirtieron la importancia de no dejar pasar ocasión para dar las gracias. 

Al compartir las Memorias del Oratorio a sus hijos, Don Bosco elige una estructura narrativa en la que presenta todo en clave de agradecimiento. Historias singulares, episodios concretos, gestos pequeños, nombres particulares, son presentados entrelazados, conformando una trayectoria rica de oportunidades, aún en un contexto de grandes necesidades.

Ser recibido a las puertas del invierno por la familia Moglia cuando las cosas se habían puesto difíciles en su casa; recibir la confianza y saberse sostenido desde el amor por su amigo, el padre Calosso, quien buscó lo mejor para él; haber tenido consideración por parte de algunos de sus profesores que conocían sus carencias educativas y le brindaron clases de apoyo… son algunas de las escenas que reflejan el trabajo de la Providencia a las que el joven Juan responde con gratitud.

Difícil pero no imposible

Tal vez no siempre sea sencillo desarrollar la capacidad de decir “gracias”, o encontrar motivos por los cuales sentirse agradecido.

Algunos de los mecanismos que no favorecen adquirir esta disposición es el considerar que lo que tenemos sin dudas nos lo merecemos, vaya a saber por cuál razón o mérito propio. Por supuesto que mucho de lo alcanzado es fruto de sacrificios y esfuerzos personales. No nos referimos al orgullo y satisfacción por lo logrado, sino a la actitud soberbia de quién no reconoce a nadie más. Se suma a esta situación juzgar aquello que otros reciben o merecen. Y también una actitud de reclamo permanente, cuando sentimos que merecemos más, y lo exigimos.

La injusticia, el dolor, el destrato, la falta de valoración por parte de los otros, y la poca valoración de uno mismo también pueden ser un obstáculo para sintonizar las claves del agradecimiento. Para que ello no pase es fundamental, como le pasó a Don Bosco, contar con la asistencia de quienes nos ayudan a leer las cosas de otra manera y nos evitan caer en el dolor y el sufrimiento. 

Conocemos personas atravesadas por grandes dolores y sufrimientos a las que reconocemos felices. Y no es una pose o una máscara. Es una condición real de quién experimenta una serena confianza. Sin duda alguien allí hizo su tarea. Miró con confianza, bancó en la dificultad o el fracaso, esperó con paciencia, mostró una salida, o simplemente demostró que estuvo. Ser agradecido es luego ocupar ese lugar en la vida de otro, no a perpetuidad, pero al menos sí en esos tiempos que intuímos fragilidad.

Dar y recibir las gracias

Si bien muchas veces nos encontramos con personas que no hacen más que su trabajo, nunca está de más decir “gracias”. No existe una única forma. No hay recetas y no se trata de un mandato “porque hay que hacerlo”. Lo mismo me sucede cuando alguien, porque sí, lo hace conmigo. Todo se transforma. ¿Qué cambió? No sé. O tal vez sí. La constatación de que la presencia del otro, la mía, le dice y significa algo a un otro, como a mí. Los ambientes de trabajo, la familia, las comunidades, son muy sensibles y se transforman positivamente cuando circula esta corriente.

También la ternura de Dios me llega cuando alguien me devuelve un “gracias”. Ese día el talante es diferente. Lo más sorprendente es cuando llega porque sí, porque algún gesto mío, de mi desplegar cotidiano, en el presente o en el pasado, consciente o fortuito, lo ayudó y le ayuda hoy a ser quien es y estar donde está.

Reza el salmo 115: “¿Con qué pagaré al señor todo el bien que me hizo?” Y dice el Evangelio de la comunidad de Lucas que a quien mucho se le dió, mucho se le pedirá. ¿Cuál es el tamaño de la respuesta que exige la magnitud de lo recibido?  ¿Y qué respuesta es esa? No lo sé. La conciencia de ser alcanzados por la Providencia tal vez sea el primer paso. Luego, sostenidos por esa confianza, actuar con generosidad y sencillez, en lo trivial como en lo grande.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – NOVIEMBRE 2022

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