Misericordia quiero

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El tiempo de Cuaresma, una invitación a hacer experiencia del Dios que nunca nos deja solos.

Desde que nos levantamos, pasamos todo el día marcando el paso del tiempo. Horarios a cumplir, agendas a revisar: los momentos y actividades van pasando, un día da lugar al otro, y así. Hemos llegado a marcar con precisión períodos cada vez más cortos de tiempo para tener todo cronometrado. “El tiempo es oro” —decimos—  mientras rendimos culto al cronos.

Pero momentos como la Cuaresma o la Pascua nos invitan a otra manera de vivir el tiempo, que no se deja llevar tanto por la extensión, sino por la profundidad. Frente a un tiempo cronos marcado por los relojes y calendarios, aparece un tiempo kairós marcado por el deseo, el proyecto y, sobre todo, el acontecimiento.

Este camino cuaresmal hacia la Pascua nos llama a hacer experiencia del Dios que nunca nos deja solos, que viene a decirnos una vez más que “el tiempo se ha cumplido”, que la puerta está abierta, que se nos ofrece una nueva oportunidad. Y este año en particular, esa oportunidad tiene un nombre: vivir en clave de misericordia. 

El origen de la misericordia

Tener el corazón (cors) con los pobres (miseri): ése es el sentido literal de la palabra que tanto hemos escuchado en estos últimos meses. Desde aquí podemos entrar en lo que significa esta clave: ser misericordioso es reaccionar ante el sufrimiento del otro. Es no caer en la locura de la indiferencia o en la trampa de la evasión. Es dejarnos mover por un corazón que siente en las entrañas y padece con el otro, para responder desde allí. Como Dios. Como Jesús.

Por eso mismo, Jesús hace mucho más hincapié en la ausencia de bien que en la presencia del pecado. Si más de una vez condena el mal que se hace, son más las veces en que nos recuerda lo errado que está en su camino aquel que deja de hacer el bien. Como el sacerdote y el levita de la parábola del buen samaritano (Lc. 10, 30-37); o el rico de la parábola frente al pobre Lázaro (Lc. 16, 19-31). Es más: en el sermón de la montaña, más que condenar el incumplimiento de la Ley, Jesús nos pone en guardia para que obremos con la mayor justicia posible, sin dejar de hacer nunca todo el bien que podamos brindar (Mt. 5,20). Y nos señala que el criterio último de salvación pasará por el bien que hemos hecho o dejado de hacer (Mt. 25, 31-46).

Este mismo Jesús, que ha vivido habitado por la compasión y la misericordia, nos propone el modelo del samaritano, un transgresor y hasta disidente, pero que se caracteriza por su capacidad de reaccionar frente al dolor del que está tirado en el camino.

Una respuesta a toda pobreza…

Por eso es tan importante valorar la invitación que se nos hace en este tiempo de encarnar en lo cotidiano las obras de misericordia. Ellas no son un “plus” de nuestra fe, sino la expresión más coherente de que deseamos seguir intensamente a ese Jesús que hace suya la expresión del profeta: “misericordia quiero, no sacrificios” (Mt 9,13).

Estas obras propuestas por la comunidad eclesial son respuestas concretas a los cuatro tipo fundamentales de pobreza que padecen nuestros hermanos: no tener lo elemental para vivir —pobreza física—; la falta de posibilidades de formación para tener más oportunidades —pobreza cultural—; la ausencia de vínculos, de comunicación, la soledad, aislamiento, discriminación  —pobreza relacional—; y la desorientación, el vacío interior, el desconsuelo, la desesperación frente al sentido de la vida —pobreza espiritual—. Si repasamos las catorce obras de misericordia, veremos que responden a estas pobrezas elementales.

…que no queda sólo en obras

Pero, ¡cuidado!: corremos el peligro de “cumplir” con estas obras de misericordia sumándolas a nuestras actividades cotidianas como una tarea más a realizar, como si la Cuaresma sólo nos llenara un poco más la agenda con actividades extraordinarias. Hacer simplemente alguna obra de misericordia aislada sería simplemente incrementar nuestra serie de actividades cronológicamente ordenadas creyendo que ya cumplimos porque, en algún espacio de nuestro ocupado tiempo, agregamos algún evento solidario.

De esta manera estaríamos simplemente alimentando sentimientos de compasión, sin transformar nuestra praxis. O nos centraríamos en las “obras” de misericordia, con el peligro de que no analicemos las causas del sufrimiento. O sólo aliviaríamos necesidades individuales, abandonando la transformación de las estructuras. O caeríamos en actitudes paternales que, más de una vez, nos llevarían al paternalismo.

Sino que se convierte en un principio…

Para evitar estos peligros de vivir la misericordia como actividades puntuales; para que la compasión nos ayude a vivir este tiempo de salvación —kairós—; para que la Pascua opere esa real transformación en cada creyente, en cada discípulo, es necesario que la misericordia se transforme en nosotros en un verdadero “principio”:

  • Un principio que tiene en la base un amor compasivo que reacciona frente al dolor y la injusticia que afecta a los que quedan al costado del camino.
  • Un principio que abarca todas las dimensiones de nuestra persona: el conocimiento, la esperanza, la comunión, la celebración, la praxis.
  • Un principio que marca nuestra vida de discípulos y que hace de nuestra comunidad una “Iglesia de la misericordia”, descentrada de sí y orientada hacia los que más sufren.

…que nos acompaña hasta el final

En nuestro mundo se aplauden las “obras de misericordia”, pero no se tolera a una persona o a una comunidad configurada por el “principio misericordia” que denuncie a los opresores, a esos bandidos que sistemáticamente dejan a gran parte de la humanidad apaleada al borde del camino. Porque los verdaderos salteadores de este mundo toleran que se curen las heridas —y hasta a veces ofrecen sus fondos solidarios para contribuir a completar el botiquín—, pero no permiten que se sane de verdad al herido, ni que se luche para que éste no vuelva a caer en sus manos.

Cuando nos configuramos con la misericordia aparecen las amenazas, los ataques y la persecución. Si Jesús sólo hubiera hecho milagros y curaciones, tal vez no hubiera terminado en la cruz. Si llegó hasta ese patíbulo fue porque su vida estuvo guiada por este principio de “ser compasivo como el Padre es compasivo”. No sólo pasó haciendo el bien, sino que condenó y combatió todo aquello que generaba mayor dolor, injusticia y sufrimiento. Fue esa fidelidad a los predilectos de Dios hasta las últimas consecuencias la que hizo significativa y redentora su Pascua.

 La aventura de este camino

Esta misericordia hecha actitud es un don del Padre, un impulso de ese Espíritu que nos invita a recorrer junto a Jesús un camino nuevo. Don Bosco vivió atravesado por este principio. Como Familia Salesiana vivamos este  tiempo desde la misericordia. Sólo así estaremos de lleno en el camino que el Rector Mayor nos invita a recorrer. Sólo así viviremos este tiempo como verdadero kairós, una verdadera oportunidad para convertirnos al Reino que ya está entre nosotros.

Por Manuel Cayo • Boletín Salesiano de Argentina

Boletín Salesiano Marzo 2016

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