Mirar con los ojos de Dios

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Las palabras que Francisco expresó en la Jornada Mundial de la Juventud –que se celebró en enero en Panamá- refiriéndose a Don Bosco y a su “saber mirar con los ojos de Dios” han recorrido el mundo en segundos.

Allí conocí a personas maravillosas y particularmente me ha calado en el corazón la historia de vida de una joven mamá que a causa de una grave enfermedad estuvo por más de un año y medio recluida en su casa. No quería saber nada de nadie; no quería visitar a nadie, ni ser visitada. Para ella la vida había terminado.

Hasta que personas que la querían la invitaron a acercarse a una casa salesiana. Un poco a la fuerza se acercó, y desde aquel día —y han pasado varios años— ya no se fue. Allí la conocí. No podría haberme ni imaginado toda la lucha que había tenido que vivir. Pero resulta que tuvo una oportunidad.

Se encontró con personas que sin pedir nada a cambio “supieron mirar con los ojos de Dios”. He conocido el testimonio de decenas de jóvenes en esos días de la Jornada y de la fiesta de Don Bosco en Panamá, con la procesión más multitudinaria que yo haya visto en mi vida.

Lo dijo el Papa en la Vigilia del sábado, cuando afirmó que “abrazar la vida se manifiesta también cuando damos la bienvenida a lo que no es perfecto, a todo lo que no es puro ni destilado, pero no por eso menos digno de amor.

Esto marca la diferencia: la joven mamá sólo necesitaba encontrar un espacio de vida, un lugar donde con sus manos, su corazón y su mente pudiera sentirse “parte de algo”, de una comunidad más grande que la necesitaba. Y eso le cambió la vida.

Francisco ha dicho unas palabras sobre Don Bosco que me llenan de emoción y también me resultan muy exigentes: “Él se animó a dar el primer paso: abrazar la vida como se presenta y, a partir de ahí, no tuvo miedo de dar el segundo paso: crear con ellos una comunidad, una familia donde con trabajo y estudio se sintieran amados. Darles raíces donde sujetarse para que puedan llegar al cielo. Para que puedan ser alguien en la sociedad. Darles raíces para que se agarren y no los tire abajo el primer viento que viene”.

Esos días me han dejado el alma y el corazón lleno de rostros, como diría el gran obispo Pedro Casaldáliga. Él decía que cuando se imaginaba estar en la presencia de Dios este le preguntaría qué había hecho en la vida. Y él presentaría las manos vacías, pero el corazón lleno de nombres.

Amigos y amigas lectores de estas páginas del Boletín Salesiano, medio de comunicación tan querido y estimado por Don Bosco, ojalá demos frutos de vida allí donde estemos, como estemos y con quienes estemos.

Don Ángel Fernández Artime

BOLETÍN SALESIANO – MARZO 2019

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