Vidas que se apagan, vidas que se encienden

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Valentina acompaña a personas en el último tramo de sus vidas y nos comparte una reflexión con algunas de sus preguntas.

Por Equipo Nacional Salesiano de Adicciones
prevencionadicciones@donbosco.org.ar

Valentina tiene 22 años. Como muchos otros jóvenes, ofrece parte de su tiempo realizando un voluntariado en un lugar que acompaña, con cuidados paliativos, a quienes están próximos a morir: la “Casa de la bondad”, de la fundación Manos Abiertas. Los voluntarios, como Valentina, ofrecen a quienes se acercan momentos “felices”, en una categoría del tiempo que eterniza los segundos compartidos entre acordes de guitarra, sartenes y sonrisas. Un oratorio quizá, pero en otro patio, el que antecede al gran Patio de los reencuentros y abrazos.

Valentina se pregunta, y fruto de ese regalo que le hace esta experiencia nos invita a reflexionar: 

Silencio. Eco vacío de pasos y chillido de la puerta al cerrarse. Todas las paredes están pintadas de blanco, transmiten limpieza y tranquilidad. Las grandes ventanas dejan pasar la luz del día sin la necesidad de que nada artificial esté encendido. Por un momento, ese pasillo luminoso se parece mucho al destino de los pacientes que llegan en algún día del año, embarcándose a la última aventura de sus vidas en un barco que no tiene “puerto de llegada”. 

Quienes llegan a la casa de cuidados paliativos comienzan el período final de sus vidas, rodeados de personas que se preocupan por ellos.

En la puerta  se asoma una mujer con una sonrisa que transmite alegría. La realidad es que todos los voluntarios de “Casa de la Bondad” transmiten paz y fortaleza, quizá es así porque el hogar lo amerita o porque los pacientes lo necesitan. Quienes llegan a la casa de cuidados paliativos comienzan el período final de sus vidas, y lo hacen rodeados de personas que se preocupan por ellos, que les entregan su tiempo y dedicación por vocación de estar ahí. Los acompañan en el último trayecto del recorrido, y por unos segundos, minutos u horas, se olvidan del mundo que sigue girando detrás de la puerta.

Pero este mundo que gira detrás de la puerta también tiene sus dificultades. No es necesario desviar mucho la mirada para notar que afuera todos pelean sus batallas. Incluso los más jóvenes, quienes muchas veces no piden ayuda, porque no sienten que la necesitan o porque tal vez creen que a nadie les interesa. Ellos también se frustran, sufren y atraviesan problemas. Buscan refugios, incluso algunos que los perjudican en otros aspectos. Durante los últimos años el consumo de drogas y alcohol en jóvenes se elevó notoriamente. Por lo tanto, el número de muertes por esta causa también aumentó.

Nadie elige por voluntad propia convivir con el dolor

Muchos podrían pensar que es una ironía el hecho de que mientras algunos deben abordar su último barco sin la posibilidad de elección, otros apresuran su llegada al final del camino. Pero la realidad es que no hay nada de irónico en esta situación. Nadie elige por voluntad propia convivir con el dolor. Y tampoco es justo pesar en la balanza los diferentes tipos de dolores, y las elecciones que se toman en base al mismo.

Todos pelean sus batallas, enfrentan las adversidades del mundo en el que viven y se sobreponen a los cachetazos de la realidad. Sin embargo, es esperanzador que existan personas que acompañan el sufrimiento y lo hagan más llevadero, capaces de pausar sus batallas para enfrentar la de alguien más. Personas que son testigos de sus pasos en este mundo incluso cuando el barco se aleja del “puerto” hasta convertirse en solo un recuerdo. 

Muchos jóvenes que entregan su tiempo a otros en causas de todo tipo recuperan sentidos plenificantes, descubriendo que nadie se salva solo. En esta dinámica de ofrecerse aprenden que nadie está solo, que al salir al encuentro de los que sufren, las miradas se tornan más compasivas, más humanas, valorando la potencia de la vida, cuestionando el vivir por vivir, sentenciando los refugios que en vez de abrigar alienan la existencia y roban la vida. La Madre Teresa solía decir: “Hay muchas personas dispuestas a hacer grandes cosas, pero hay muy pocas personas dispuestas a hacer las cosas pequeñas”. Emprender un camino de recuperación o de cambio frente al consumo puede parecer una barrera enorme de superar; sin embargo, un pequeño paso hacia el encuentro del otro necesitado puede significar el inicio de una vida nueva, una “puerta que se abre”.

BOLETÍN SALESIANO – MAYO 2021

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