Muchas menos

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Cincuenta y nueve femicidios en los 57 días que llevamos del 2021.

¿Cómo puede ser que no estemos expresando masivamente nuestra indignación por diferentes medios, frente a esas mujeres asesinadas brutalmente? ¿Qué nos detiene? ¿Por qué no salimos a gritar nuestra rabia enarbolando pañuelos de todos los colores frente a los vientres pateados apenas el embarazo es evidente? ¿Por qué caemos con dureza sobre las madres que dejan solos a sus hijos pequeños para ir a trabajar, pero nos mantenemos en silencio frente a la soledad en que el sistema de justicia deja a aquellas que denuncian el maltrato y las amenazas que ponen en peligro su vida? ¿Dónde queda esa sensibilidad que se nos altera tan fácilmente cada vez que la marea púrpura violenta el espacio público, cuando la intrusión y la violación ocurren en los cuerpos de las mujeres? ¿Por qué sentimos que la basura desparramada en las escalinatas de una iglesia o en una plaza pública es una afrenta intolerable y no nos escandalizamos de la misma manera frente a los cuerpos usados y desechados de tantas mujeres? ¿Es que nos preocupa más quedar pegados a cierta incorrección que volvernos cómplices de semejante barbarie?

Si viéramos a alguien con un pie atrapado en las vías, que grita con desesperación pidiendo ayuda mientras el tren se acerca, no se nos ocurriría decirle: “Pedímelo bien…bajá la voz y decí por favor…”. A menos que consideremos que el peligro no es tal o que no nos importe la suerte del que grita. Me pregunto —la respuesta me da un poco de miedo— cuál será el motivo en este caso.

Seguramente parte de la respuesta a esta pregunta sea en singular, pero hay otra parte que tenemos que construirla juntos.

En estos días todos estamos preparando entusiasmados la vuelta a la escuela. Como resultado de los 361 femicidios ocurridos desde el inicio del 2020 hay casi 380 chicos que no podrán hacerlo de la mano de su mamá. Ellas ya no vuelven. Como tampoco volverán a la escuela las cuatro adolescentes asesinadas que se pierden en medio de las estadísticas generales. Ellas tampoco vuelven, ni a la escuela, ni a ninguna parte.  Tampoco las veinte jóvenes menores de treinta. *

Frente a esta realidad, quienes nos sentimos continuadores del sueño de Don Bosco y hacemos nuestra opción por “los jóvenes, especialmente aquellos que tienen la vida amenazada”, estamos personalmente convocados a caminar al lado de las jóvenes —las que habitan nuestros patios, las que están en las calles, las que atraviesan las plazas, las que toman el tren y el colectivo— sosteniéndolas y acompañándolas explícitamente, asumiendo como propios sus gritos por un mundo más igualitario. A menos que nos pase lo de la escena del tren.

María Susana Alfaro

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