La historia del grano de mostaza

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En diciembre se cumplen 140 años del comienzo de la gran aventura salesiana en estas tierras, oportunidad para recordar con detalle la llegada de los primeros misioneros.

“El Reino de los cielos es como un grano de mostaza que un hombre sembró en un campo. Es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas.” (Mt. 13,31s)

Los primeros salesianos llegaron a la Argentina la tarde del 14 de diciembre de 1875. Era la primera expedición misionera que Don Bosco enviaba fuera de Europa. En el momento de desembarcar el presidente de la República era el doctor Nicolás Avellaneda, y el arzobispo de Buenos Aires monseñor Federico Aneyros.

Un destino soñado pero bien real 

Ya desde 1870 Don Bosco venía recibiendo varios pedidos de abrir casas salesianas en regiones distantes, como la India, Hong Kong, Australia y China. También había recibido solicitudes de Egipto y de los Estados Unidos. Sin embargo, se inclinó por América, y más específicamente por Argentina. Nuestro país le daba motivos suficientes para esperanzarse: desde 1870 se había producido una oleada de inmigrantes del norte de Italia y los salesianos, encontrándose en medio de sus connacionales, podrían superar exitosamente el desafío de la soledad. Además muchos sueños misioneros de Don Bosco habían versado sobre los pueblos de la Patagonia.

El ambiente que esperaba a los salesianos en Buenos Aires no era nada pacífico. Había en la ciudad un amplio sector de la población muy hostil con la Iglesia católica.

Juan Cagliero fue uno de los primeros chicos recibidos por Don Bosco como residente en Valdocco. Cuando tenía 16 años estalló la epidemia de cólera en el Piamonte, y el muchacho contrajo la fiebre tifoidea. Eran los últimos días del mes de agosto de 1854. Como corría peligro de muerte, el santo se le acercó para darle el sacramento de los enfermos. Pero al entrar en la habitación tuvo una visión muy extraña: habían desaparecido las paredes, y veía al joven Cagliero en medio de una amplia meseta; unos personajes de rostro extraño, que más tarde identificó como nativos de la Patagonia, miraban afanosamente al enfermo y parecían pedirle auxilio. El muchacho fijó sus ojos en el sacerdote y le dijo con voz muy apagada: “Me voy a morir y estoy bien dispuesto”. Pero Don Bosco le contestó: “Juan, no te vas a morir; por el contrario, irás a tierras muy lejanas”. Desde aquel momento, el pensamiento misionero de Don Bosco se fue orientando a la Patagonia. En 1872 otro sueño sobre esta región lo decidió definitivamente. Providencialmente, además, le salieron al paso dos intervenciones decisivas.

Manos tendidas

Juan Bautista Gazzolo era el cónsul argentino en Savona, Italia, y desde 1870 había entrado en relación con Don Bosco para conseguir el envío de salesianos a Buenos Aires. Gazzolo actuaba con el apoyo de monseñor Aneyros. Don Bosco, leal a su prudencia piamontesa, se puso en contacto con el cardenal Alejandro Barnabò, prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y, a través de él, con el papa Pío IX. La propuesta era hacerse cargo de la iglesia Mater Misericordiae, en la ciudad de Buenos Aires, y desde allí tender los primeros puentes a la misteriosa Patagonia.

A su vez, el padre Pedro Ceccarelli era párroco de San Nicolás de los Arroyos, y había construido, con el apoyo de los católicos de la ciudad, un colegio, pero no disponía de personal adecuado para llevarlo adelante. Después de ponerse en contacto con Gazzolo y con el arzobispo de Buenos Aires, y de acuerdo con él, le escribe a Don Bosco solicitándole se haga cargo de dicho establecimiento. Ceccarelli concretamente le pedía el envío de cinco salesianos y cuyos boletos incluso se ofrecía a pagar.

Ni Buenos Aires ni San Nicolás estaban en el centro de las preocupaciones misioneras de Don Bosco, pero eran buenos puntos de apoyo para iniciar la epopeya de su vida: asentándose en tierras argentinas, la Patagonia quedaba más cerca.

Ni Buenos Aires ni San Nicolás estaban en el centro de las preocupaciones de Don Bosco, pero eran buenos puntos de apoyo: ya en tierras argentinas, la Patagonia quedaba más cerca.

El 5 de febrero de 1875 Don Bosco escribe una carta a los salesianos anunciando oficialmente su proyecto y solicitando la disponibilidad de quienes deseaban ofrecerse como misioneros. Irían sólo los que lo pidieran libremente. De los ofrecidos, seleccionó diez y al frente de ellos nombró a Juan Cagliero. El sueño se había convertido en un grano de mostaza.

El cónsul argentino se encargó personalmente de enseñarles la lengua española. El costo del viaje se solucionó con la intervención del doctor Mariano Balcarce, yerno del general San Martín y embajador argentino en París, quien donó diez boletos en el barco francés Savoie.

Después de un encuentro de los misioneros con el papa Pío IX, el 11 de noviembre Don Bosco los reunió en la basílica de María Auxiliadora de Turín, y los acompañó hasta el puerto genovés de  Sampierdarena. Antes de que partieran, le entregó a Cagliero una carta con doce instrucciones para su tarea.

El 14 de noviembre por la tarde, el barco partía hacia América. Un mes más tarde, el Savoie ingresaba en el Río de la Plata y atracaba frente al puerto de la ciudad, donde el padre Ceccarelli se acercó en canoa para acompañar el descenso. Almorzaron todos juntos en el barco y por la tarde bajaron a tierra, albergándose la mayoría en el hotel El Globo.

Una ciudad en ebullición

El ambiente que esperaba a los salesianos en Buenos Aires no era nada pacífico. Había en la ciudad un amplio sector de la población muy hostil con la Iglesia católica. Una anécdota puede ponerlo en evidencia.

El templo de San Ignacio, ubicado en el centro de la ciudad, había pasado a propiedad de la curia de Buenos Aires en 1843, cuando Rosas expulsó a los jesuitas, sus propietarios. En 1875 el gobierno devolvió a la Compañía de Jesús el edificio. El sector antijesuita de la ciudad se opuso violentamente. La historia recuerda el fatídico 28 de febrero de 1875, cuando un numeroso grupo de personas se congregó en un teatro. Luego de pronunciar algunos discursos denigrantes contra los jesuitas, la multitud de dos cuadras de extensión se dirigió a apedrear los templos de San Francisco, Santo Domingo, San Ignacio y también el Colegio del Salvador, de la Compañía de Jesús. Eran las tres de la tarde cuando, después de apedrearlo y romper las puertas de ingreso, penetraron en su interior y lo encendieron fuego. Tres horas más tarde el edificio había quedado convertido en cenizas. Al día siguiente, el diario anticlerical La Tribuna escribía: “Jamás ha presenciado Buenos Aires un hecho tan bárbaro como el cometido ayer bajo el pretexto de una manifestación contra los jesuitas. La comuna de París ha venido a esta ciudad”.

Esta manifestación era la punta del iceberg de un anticlericalismo agresivo que dominaba la ciudad de Buenos Aires y que, según las palabras del diario El Pueblo católico de Córdoba, se encontraba “…enteramente dominada y despotizada por la masonería, sus logias o clubes que se reunían continuamente y sin cesar se ocupaban de promover por todos los medios sus intereses antirreligiosos y antisociales” (18 de diciembre de 1875).

Los problemas de la ciudad no radicaban únicamente allí. La corrupción moral era notable. El franciscano Quírico Porreca destaca la proliferación de la poligamia, del adulterio y del concubinato, “que se practican sin ningún escrúpulo”. Si a esto se añade la invasión de literatura protestante y el abandono de las prácticas religiosas, se puede intuir el desafío que enfrentaban aquellos primeros misioneros de Don Bosco.

Y el grano se hizo árbol

Ese era el ambiente que encontraron los primeros salesianos. Pero el santo de los jóvenes les había escrito antes de partir: “Difundan la devoción a María Auxiliadora y verán lo que son los milagros. Dedíquense a los niños y a los enfermos. Busquen las almas”. Por eso aquellos hombres no se cruzaron de brazos, ni se dejaron avasallar por las dificultades. Se arremangaron y comenzaron inmediatamente su tarea.

Hacía tres días que estaban en América. El 17 de diciembre comenzaba la novena de Navidad. Cagliero, sin saber hablar adecuadamente el español, se subió al púlpito de Mater Misericordiae, y en italiano hizo su primera catequesis argentina. Dos días después se hizo cargo de la iglesia, a las dos semanas ya estaba impartiendo la catequesis a los niños… en español.

La tarde del 11 de noviembre, en que Don Bosco los despedía en la basílica de María Auxiliadora de Turín, les había dicho: “…de este modo damos inicio a una obra grandiosa. No es que tengamos pretensiones o que con esto se crea que vamos a convertir el mundo entero en pocos días; pero quién sabe si esta partida y este pequeño paso no serán la semilla de la que va a nacer una inmensa planta. Quién sabe si no es como un grano de trigo o de mostaza que poco a poco irá extendiéndose. Quién sabe si no está establecido que va a producir un bien extraordinario. Yo lo espero”.

No fue una esperanza inútil. El grano de mostaza se convirtió en el árbol de la Familia Salesiana de Argentina, que fue cubriendo todos los países de América. Es un árbol que hoy día está dando frutos de educación juvenil y popular, de servicio a los pobres, de promoción humana, de evangelización y catequesis, de presencia misionera, de cultivo de los medios de comunicación, de enriquecimiento a la cultura universitaria, de formación al trabajo agrario e industrial; todo al servicio de la juventud y del pueblo. Aquella semilla es hoy un árbol del Reino de Dios.

Por Santiago Negrotti, sdb • redaccion@boletinsalesiano.com.ar

Boletín Salesiano de Argentina, octubre 2015

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