“Mi nombre es Sean Cayd”

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Los gestos más pequeños llegan a tocar el corazón. El Rector Mayor en el sur de África.

Durante el mes de abril, el Rector Mayor visitó a la Familia Salesiana de Malawi, Namibia, Zambia y Zimbabwe, en el sur de África. Conocé más sobre esta visita.

Amigos y amigas lectores del Boletín Salesiano, les hago llegar mi afectuoso saludo y el agradecimiento por la simpatía que tienen hacia el mismo Don Bosco, y para con quienes intentamos continuar su misión en la Iglesia y el mundo. De todo corazón, ¡gracias!

Hoy me dirijo a ustedes para compartirles algo que he vivido hace tan sólo unas semanas cuando me encontraba visitando las casas salesianas en Zimbabwe, África. Por aquellos días estaba en una pequeña población llamada Hwange. Allí me encontré con mis hermanos salesianos, con miembros de la Familia Salesiana, con educadores y también con un grupo de unos doscientos jóvenes del lugar, a quienes se sumaron algunos otros que habían venido desde Malawi y Namibia, con gran sacrificio y generosidad.

Los tres días en Hwange estuvieron llenos de vida, de alegría, de encuentros y de saludos. Y desde el primer momento nos acompañaron más de cincuenta niños y niñas de las casitas más cercanas; se pasaban el día con nosotros, asombrados por todo lo que iban viendo, por los cantos, los bailes y la alegría.

Entre todos ellos estaba Sean, un niño de unos doce años, que mantuvo una presencia casi constante junto a sus amigos. Siempre se mantenía a poco más de un metro de distancia de todo lo que ocurría; no podría decir que estaba alejado o que tenía miedo, pero estaba expectante como quien ve algo nuevo. Naturalmente que muchas veces los saludé a todos, tanto en la mañana, como en la tarde, y a la noche cuando se iban a sus casas. Incluso algo llegamos a conversar.

Pasados algunos días llegó el momento de partir, y allí estaba este muchacho. Cuando yo iba a subir al vehículo él se adelantó, se puso muy cerca de mí y extendió su mano derecha con el puño cerrado. Yo entendí que me quería dejar algo. Ciertamente, yo no sabía de qué se trataba ¿Quizás una petición? ¿Quizás me hacía saber que necesitaba algo? El caso es que yo extendí la palma de mi mano y recibí lo que me entregaba. Pronto comprendí que me estaba ofreciendo un regalo. Yo miré lo que me entregó, cerré mi mano, se lo agradecí con palabras y con una gran sonrisa y lo guardé en mi bolsillo. Él de inmediato, y para terminar nuestra despedida, me entregó de modo visible un trocito de papel escrito.

Se preguntarán de qué se trataba todo ello, tanto el regalo como el papel. Este muchacho había sentido la necesidad de agradecerme el haber estado allí, quizá el haberlo saludado o estar cerca y me regaló lo que pudo. El regalo era sencillamente una pequeña piedra, de las miles que había alrededor en el suelo, pero que él había elegido para entregármela. Me regaló todo lo que pudo. Y así lo recibí yo. La tengo conmigo y conmigo permanecerá. Y el pequeño trocito de papel decía: “Pray for you. My name is Sean Cayd”; en español, “Rezo por vos. Mi nombre es Sean Cayd”. Ciertamente Sean me ofrecía su oración y su recuerdo.

¿Cómo no quedarme con el corazón movilizado a causa de lo que había vivido en ese momentos? ¿Cómo olvidar ese rostro y esos ojos llenos de vida? ¿Cómo no preguntarme qué habría pasado por el corazón y la mente de ese muchacho para que sintiera que algo le tenía que regalar a ese señor extranjero que era yo y que había venido desde lejos a visitarlos?

“Jamás podemos intuir hasta qué punto una palabra, una sonrisa, un saludo o una mirada puede llegar al corazón de un niño”

Lo cierto es que a mí me ha hecho pensar mucho todo lo sucedido. Me hizo pensar en esa escena del Evangelio en la que el Señor Jesús alaba a la pobre viejecita porque, en el Templo de Jerusalén, había echado unas pocas monedas que eran todo lo que ella tenía. Y lo mismo se puede decir de cada gesto, cada palabra, cada caricia en los hogares, en las familias.

Lo que intento explicar es que jamás podemos intuir hasta qué punto una palabra, una sonrisa, un saludo, una mirada puede llegar al corazón de un niño, una niña, un adolescente o un joven, y lo que puede significar en sus vidas. Lo que para uno es casi nada, para quien lo recibe puede ser todo.

La vida de Don Bosco está llena de encuentros significativos, de palabras dichas al oído, de miradas que atravesaron el alma y el corazón. Por ejemplo, del jovencito Pablo Albera, quien llegaría a ser el segundo sucesor de Don Bosco; o de Luis Variara quien prometió en aquel momento siendo un niño de 10 años que nunca más se separaría de Don Bosco. Después fue salesiano, misionero, fundador de una Congregación para la atención a los leprosos y la caridad, y hoy beato.

Me parece que estos son algunos de los “milagros” que suelo decir que se viven a diario en las casas salesianas del mundo. Mi amigo Sean me ha dado una gran lección y me ha tocado el corazón. Deseo que el Buen Dios lo bendiga. 

Sigamos confiando en que es mucho el bien que se hace también en el mundo. Gracias por recorrer este camino juntos, y por compartir estos ideales. 

Un cordial saludo,

Ángel Fernández Artime, sdb

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – JUNIO 2022

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