Vidas para la vida de América latina

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En la riqueza de sus hijas brilla el carisma del Instituto: la obra de las hermanas Ángela Vallese y María Romero Meneses.

Por Luis Timossi, sdb
ltimossi@gmail.com

Este año, el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora en el mundo celebra sus 150 años de vida. Muchos de ellos transcurrieron con una presencia constante y significativa en América latina. En este artículo se presentan algunos rasgos de dos Hijas de María Auxiliadora que con su misión, vocación y servicio contribuyeron a darle un rostro concreto a esta historia: en ellas se visibilizan cientos de mujeres, piadosas, sensibles y comprometidas con la realidad, que ofrecieron su vida en favor de quienes más las necesitaban.

Ángela Vallese

Nació en Lu Monferrato (Piamonte, Italia), el 8 de enero de 1854, en el seno de una familia muy humilde. Con 21 años llegó a Mornese, donde conoció a Madre Mazzarello, quien la acompañó y la formó. En 1877 fue enviada como directora de la primera expedición misionera de las Hijas de María Auxiliadora a Uruguay. 

A partir de allí su trabajo en tierras americanas es inmenso: fundó colegios y abrió nuevas presencias. Entre ellas se destacan las casas de Carmen de Patagones (Río Negro), el colegio María Auxiliadora en Punta Arenas y la presencia en la Isla Dawson, ambas en Chile; la misión de La Candelaria en Río Grande (Tierra del Fuego) y los colegios en Río Gallegos (Santa Cruz) y las islas Malvinas.

Madre cariñosa: Ángela tuvo un gran amor y un cuidado especial por sus hermanas consagradas. Fue una madre de ternura indecible y paciente por sus predilectas: las huérfanas, pobres y desamparadas, especialmente selk’nam, alacalufes y yaganes.

Misionera decidida: A los 7 años se integró a la Infancia Misionera y a partir de allí toda su vida, sus sueños y sus energías alimentaron su entrega misionera. A los 23 años, cuando partió para las misiones de América, expresó: “Sólo tenía en mi corazón un anhelo: responder a Jesús con mi vida en todo lo que me pidiera”. Vivió la pobreza y el sacrificio, atravesó lugares inhóspitos, superó incendios, epidemias, frío e incomprensiones.

Maestra comprometida: Potenció la instrucción para favorecer el progreso y la dignidad humana. Armó una tejeduría para provisionar de ropa a más de trescientas chicas de los pueblos originarios, que se encontraban hospedadas en las casas de las misiones. Ella misma escribía: “Las niñas, están siempre muy aseadas, leen, escriben, cosen, lavan su ropa, remiendan sus propios vestidos (…) Contestan ya muchas preguntas del catecismo y saben de memoria las oraciones que rezan todos los días”.

Mujer sencilla: Emprendedora y resolutiva. Poseía una gran capacidad para acoger, consolar y motivar. Se mostraba siempre incansable, abierta y pronta a colaborar con monseñor Fagnano, con quien compartió vida y misión. “Uno de esos días en que estaba Monseñor, vino a celebrar misa; después pasó a desayunar con nosotras; él comía sobre la máquina de coser y nosotras sobre los bancos y sentadas sobre los talones”.

María Romero Meneses

Nació en Granada, Nicaragua, el 13 de enero de 1902, en una familia con una muy buena posición económica. Con 12 años ingresó como alumna al colegio de las Hijas de María Auxiliadora y a los 18 solicitó permiso para iniciar su formación como consagrada. Realizó sus votos perpetuos el 6 de enero de 1929.

Su vocación y servicio a los más pobres fue una característica de toda su vida, que llevó adelante en el vecino país de Costa Rica. En 1970 creó la Asociación de Ayuda al Necesitado para la construcción de viviendas, dando lugar a varias “ciudadelas” de María Auxiliadora.

En 1977 viajó a Nicaragua para descansar y allí falleció. El 14 de abril de 2002 fue declarada beata por San Juan Pablo II.

Al servicio de los pobres: Centró su atención en los barrios periféricos de la ciudad de San José, Costa Rica. Los más necesitados se acercaban a ella por alimentos, vestimentas o medicamentos, pero sobre todo por el amor gratuito, respetuoso y sonriente que les daba. Su íntima alegría consistía en la posibilidad de acercar a Jesús a los niños, a los pobres, a los que sufren y a los marginados. Nunca actuó sola, sino que implicó a las mismas niñas del colegio. 

Escuchadora atenta: Cada día pasaba horas enteras recibiendo y escuchando a la gente. Y cuando venían a agradecerle por los problemas solucionados, ella decía: “La Virgen lo ha hecho todo”.

Trabajadora incansable: El Oratorio era su vida y el respiro de su alma. Se encargó de organizarlo, acompañarlo y multiplicarlo. Cada vez que podía participaba de las animaciones, la música y la catequesis. Además organizó giras de evangelización, buscó y repartió comida para los pobres, organizó las fiestas en los oratorios y la Asociación de Ayuda al Necesitado, entre otras actividades y proyectos.

Centrada en Jesús y confiada en María: El sagrario era el lugar donde “recargaba” su energía interior. Son incontables las gracias, los recursos que llegan y los beneficios alcanzados por la intercesión de la Virgen: “¿Quién es mi tesoro y encanto, mi alegría, mi consuelo, mi celestial primavera, mi Reina y Señora … mi descanso y mi paz? Es María Santísima”.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – AGOSTO 2022

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