Autocontrol: el arte de cuidarse a uno mismo y a los demás

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A esta esencial cualidad humana antes la llamaban “templanza”, un nombre que quizás nos recuerda verbos “tristes”, como renunciar, mortificarse, castigar todos los deseos. En realidad, la templanza significa, por el contrario, la vibrante alegría de ser dueños de uno mismo. Es el equilibrio, la sabiduría práctica, la libertad auténtica para no sobrepasar los límites, sino respetarlos. Una de las virtudes más difíciles de este mundo que premia la exageración.

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En la sociedad del exceso

El desperdicio que causamos al planeta ha causado problemas parecidos a los que sufre el sujeto individual, cuyas costumbres se han vuelto excesivas y desmedidas. Sus resultados son evidentes: enfermedades, agotamiento de los recursos naturales, pobreza, egocentrismo, avidez y divisiones. La vieja virtud de la templanza se revela como un baluarte contra el afán de “comprar, poseer y desechar” que caracteriza a las sociedades desarrolladas.

La vieja virtud de la templanza se revela como un baluarte contra el afán de “comprar, poseer y desechar”.

La templanza es una fuerza contra la avaricia, la lujuria, la gula, la desidia; diría que también es una energía contra la rabia y el orgullo. Es como una sabiduría que guía y hace callar las voces que a los gritos piden todo lo que es excesivo y superfluo. Y hay un lugar donde siempre es urgente aprender el autocontrol de la templanza: la familia.

Dominar la situación

En muchas familias se pelea siempre por los mismos motivos, transformando así la vida del hogar en una continua tregua entre una pelea y otra. Es muy fácil dejarnos arrastrar cotidianamente hacia los conflictos familiares. ¿Por qué? La razón es simple: siempre es difícil amar.

El riesgo de esto es construir todo el entramado de la vida familiar en una ley del más fuerte. Un gran porcentaje de personas está convencido de que los golpes son un castigo aceptable. Algunos dicen: “Mis padres me dieron un par de cachetazos y eso funcionó muy bien”. Las “nalgadas” a los niños pueden ser un sistema para descargar la frustración y la rabia, pero ocultan el hecho de que los padres no logran dominar la situación. Después de todo, no es difícil pegarle a un niño: lo difícil es explicarle las cosas que sucedieron.

Algunas pistas

He aquí algunas técnicas para identificar la propia cólera y reaccionar sin empeorar la situación.

  1. Domesticar la cólera

La primera es identificar y ponerle un nombre a los sentimientos de rabia, algo muy útil para la “alfabetización emotiva”. También los niños conocen el sentido de ciertas expresiones como “arder de rabia”, o “estoy por explotar”. Cuando un niño está enojado tiene maneras para hacerlo saber a los demás. Los padres a veces tienen dificultad para comprender que la ira, de alguna manera, no puede ser completamente reprimida.

El segundo punto es concentrarse en las causas, no en el enojo mismo. La ira es como la señal intermitente que tienen los autos para advertirnos que algo no funciona y necesita nuestra atención. La explosión de rabia es un síntoma, no la enfermedad. Es necesario eliminar las causas, pero actuar también sobre los síntomas, sobre todo para comprender que nunca la rabia soluciona el problema, sino que generalmente empeora la situación.

La ira es como una señal para advertirnos que algo no funciona y necesita nuestra atención.

  1. Detenerse

Desgraciadamente es común que el enojo sea contagioso: es como un virus que circula en el lugar en que uno vive. Y nuestro ambiente, muchas veces, es un mundo de gente enojada. Vivir en una atmósfera agresiva hace que los niños se sientan vulnerables. Perdemos la calma y estamos más nerviosos, justamente cuando por la noche se reúne la familia, cansada y hambrienta. Otras causas muy comunes son las injusticias, los fracasos, las vergüenzas, las humillaciones, percibir nuestros sentimientos heridos. Para detener al “agresor” con decisión y firmeza, es bueno recordar algunas reglas claras:

  • Usar las palabras, nunca las manos.
  • Las primeras veces se puede ayudar a los niños con algunas preguntas: ¿Estás enojado con alguien? ¿Te sentís así porque no querés hacer algo? ¿Te trataron injustamente? ¿Estás triste?
  • Exponer con energía los principios que se desean enseñar, aunque el niño ya los conozca: “No hay que pegarle a los demás”, “Debemos tratar a los demás como quisiéramos que nos traten a nosotros”.
  1. Perdonarse

Cuando vuelve la calma, debe ayudarse al niño a examinar lo que ha pasado, qué fue lo que no salió bien. ¿Cómo se puede evitar que eso no pase en el futuro? Ayudar al niño a comprender también su responsabilidad, a creer en su capacidad para controlarse, diciéndole que ustedes están convencidos de que él es capaz de hacerlo. Aclararle las consecuencias negativas que tiene una mala conducta, pero construyendo un clima de perdón donde, al aceptar las excusas del niño, encontremos un modo de hacerle confiar en su bondad.

  1. La “lucha” por el autocontrol

La fuerza de voluntad es como un músculo: se puede potenciar con el ejercicio diario. Se trata, por tanto, de enseñarle al niño “buenas costumbres”, como pueden ser éstas: “Cuenta hasta veinte antes de enojarte”, “No comas fuera de las comidas”, “A las nueve hay que acostarse”, por ejemplo. Hay que construir una “arquitectura de opciones”. El autocontrol consiste en saber mirar más allá del hoy, postergar si es necesario las gratificaciones instantáneas para conseguir la realización de objetivos más importantes. •

Por Bruno Ferrero, sdb // Traducción: Victorino Zecchetto

BOLETIN SALESIANO – SEPTIEMBRE 2018

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