Un misionero regresa, otros parten

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Desde aquél 11 de noviembre de 1875, cuando Don Bosco despidió a los primeros salesianos que emprendían viaje hacia la Argentina, han sido ciento cuarenta y ocho los envíos misioneros en nuestra Familia Salesiana. Este año, mientras algunos salesianos de Don Bosco e Hijas de María Auxiliadora partían desde Valdocco hacia diversos lugares del mundo, un hermano nuestro que llevaba dieciocho meses secuestrado recuperaba su libertad.

La noticia ha sido una verdadera gracia y don de Dios. Era la tarde del 12 de septiembre pasado cuando recibimos la llamada en la que se nos comunicaba que el salesiano Thomas Uhzunnalil había sido liberado y estaba llegando a Roma en un vuelo procedente de Omán.

La noticia, después de dieciocho meses de secuestro, fue algo maravilloso. Recibimos a nuestro hermano Tom físicamente débil: había perdido treinta kilogramos. Estaba inseguro en su caminar. Pero venía fuerte en su espíritu, lúcido y lleno de paz y serenidad.

Esto me ha llevado a pensar cómo Dios es capaz de hacer de lo más frágil una voz de su presencia y de su fuerza. El padre Tom nos compartió cómo había vivido estos largos meses, dando gracias a Dios cada noche por el día que había vivido —aún sin haber podido salir de su lugar de secuestro ni ver la luz—, y prometiéndole que si al día siguiente le llegaba el final de su vida, iría sereno a su encuentro. Nuestro hermano rezaba todos los días por sus captores y por las hermanas Misioneras de la Caridad que habían sido asesinadas en su presencia. Rezaba por sus seres queridos, por la Familia Salesiana y por los jóvenes. Como no podía celebrar la Eucaristía con pan y vino, la rezaba todos los días mentalmente, y eso le daba también una gran fuerza.

Y regresó a nosotros lleno de paz. Indudablemente, creció mucho en su interioridad en esta dolorosa experiencia. No pretende nada, no espera ningún reconocimiento: simplemente continuar sirviendo y trabajando serenamente. Estaba en Yemen como misionero, y se sintió misionero, más que nunca, durante estos dieciocho meses. Aunque no pudiera “hacer nada”, lo hizo todo, porque cada día entregaba lo que tenía y lo que era con absoluta inocencia.

En los mismos días, mientras nuestro hermano Tom estaba en Roma, otros veintiún salesianos y trece Hijas de María Auxiliadora recibían el crucifijo de su envío misionero. Todos con su corazón preparado para servir allí donde más se los necesite. Dejando su mundo conocido, la cercanía de sus vínculos y afectos, para vivirlos acompañando a otros rostros.

Son hechos vividos hace unos pocos días en el mes de septiembre que no tienen nada de ficción. Es la vida misma de estos hombres y mujeres, de creyentes que han decidido vivir desde una absoluta y radical donación: un testimonio que sin duda nos interpela a todos.

Por Don Ángel Fernandez Artime, sdb
Boletín Salesiano, noviembre 2017

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