Si tuvieran un lugar…

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Los desalojos son en la Ciudad de Buenos Aires una postal conocida. Se trata de personas que quedan literalmente en la calle… camas, colchones, muebles y electrodomésticos se mezclan con rostros de niños, jóvenes y adultos. Se trate de la expulsión de las familias de un inquilinato, una casa tomada, un cuarto subalquilado o un predio, la pregunta es una sola: ¿ahora, a dónde van? Son gente en situación de calle que espera la recolocación, la asistencia sanitaria y alguna puerta que se abra. Así se los narra en las notas de los distintos medios de comunicación y siempre se suma alguna estadística de los desalojados.

Para comprender lo que estas familias viven, ubiquémonos en la piel de María y José caminando por Belén porque no había sitio para que naciera Jesús. También nos tenemos que preguntar qué diría Don Bosco si pasara por allí, justamente porque él supo cuestionarse viendo a los jóvenes de Turín: “¿Y si tuvieran un lugar…?”.

Sin dudas son otros tiempos y hay respuestas para buscar-encontrar-reclamar en el Estado, pero ninguna suple lo que cualquiera de nuestras comunidades, que se llama casa, le puede ofrecer a una familia de nuestro barrio que pasa por esa situación: escucha, contención, apoyo, buscar salidas con ellos, algo caliente para tomar en invierno, la educación para sus hijos, el patio para que jueguen y todo lo que esté dentro de nuestras posibilidades. Cuando decimos —a involucrarnos con el otro, a sentir con él, a llamarlo por su nombre, a dejar de verlo como el personaje de una postal para hacerlo parte de nuestra realidad— también el mismo Dios nos puede visitar, porque será a Él a quién le haremos un lugar.

Por Susana Billordo

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