Se pasó de vivo

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Humilló a una mujer, grabó ese ultraje y lo difundió en las redes sociales. Y entonces el Mundial de Rusia tuvo —por breves días— un tema a la altura de la polémica por Messi o Sampaoli. El caso tuvo repercusión masiva y condena generalizada. Paremos la pelota.

Apelemos a la memoria o al archivo de Youtube: busquemos programas de Olmedo y Porcel, las secretarias que revolvían sobres con la cámara sin alejarse ni un centímetro del final de su espalda, las chicas con remeras blancas tirándose a una pileta para salir de ellas con su anatomía marcada a flor de piel, las cargadas al chino por chino, al alto por alto y al bajo por petiso en los programas de la medianoche que después se convirtieron en algo parecido a hacer cosas por un sueño.

Es sano que ciertas conductas merezcan reproches cuando antes recibían respaldo notorio en audiencia. Algo está cambiando, y para bien. Quedará el análisis sobre los patrones culturales y sus modificaciones. Hace apenas 60 años, en muchas ciudades de Estado Unidos las mujeres y los negros no podían sentarse en un colectivo. Un bocinazo en una esquina, una frase pretendidamente halagadora, un gesto aparentemente gentil, todo tiene que ponerse a la luz de nuevos paradigmas.

Resta pensar en quiénes y por qué orientan el repudio púbico. Por unas horas, el maleducado de Rusia fue el enemigo número uno. ¿Cometió el peor de los pecados? No pareciera, y sin embargo cayó sobre él algo ni reparador ni educador. Pan y circo, solo que cada vez con menos pan.

Por Diego Pietrafesa

BOLETÍN SALESIANO – AGOSTO 2018

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