¿Cómo saber cuando Dios te está hablando?

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La fe, un camino de aprendizaje constante.

Por Braian Fernandez, sdb

bfernandez@donbosco.org.ar

“¿Cómo sabés cuándo Dios te está hablando o dándote las respuestas? ¿Cómo lo podés ver?”

Una vez me llegó, fuera de contexto y sin haber hablado antes, este mensaje de mi hermana. Hacía mucho que no nos escribíamos. Me desperté a las seis de la mañana para empezar con la oración de laudes. Y mientras se me despegaban los ojos, todavía con sueño, vi esa pregunta.

No sabía qué decir. No es fácil, no hay una fórmula secreta o única para hacerlo. Además, a esa altura ya había tenido tantas y tan variadas experiencias que no sabía cuál contarle. Pero me hizo pensar muchísimo. 

¿Cómo hago actualmente para saber que Dios me está hablando, que me da respuesta? ¿Y para verlo? ¿Cómo hice cuando era chico? ¿Y en mi adolescencia?

Un Dios a medida

Soy consciente de las distintas maneras en las que Dios se ha hecho presente en mi vida, las distintas formas en las que necesité que estuviera junto a mí. De chico creía en un Dios al que podía usar cuando quisiera para desahogarme, para reclamarle y pedirle que hiciera ya lo que yo necesitaba. Lloraba, sentía algo y listo, todo solucionado. Después, yo desaparecía y, cuando lo volvía a necesitar, lo buscaba de nuevo. Ese era mi vínculo con Él.

De adolescente empezó la idea de verlo en las personas. El grupo misionero me ayudó a dar un paso más en mi vínculo con Dios. Cuando visitaba las casas en la misión y escuchaba las historias de la gente, sentía una profunda compasión y la paz de haber hecho algo por alguien. Era todo acción. No podía verlo en otra cosa que no fuera algo concreto, en un encuentro extraordinario con alguien que estuviera sufriendo o pasándola fulero.

Con el tiempo esos trajes de Dios ya no me fueron quedando, y me alejé. La pérdida de algunas personas significativas en mi vida hizo que, de alguna manera, se las cobrara a Dios. Era lo que me habían enseñado: “Dios ponía y sacaba a su antojo porque era todopoderoso. Él lo podía todo y estaba en todos lados”. Y yo me lo tomé literal, y personal.

En todos lados

Después de unos años alejado de todo lo que tiene que ver con la Iglesia, sentí la necesidad de volver a amigarme con Dios. Y ese “volver” fue ante un Dios a quien todo el tiempo ponía a prueba: “Bueno, Dios, si es esto, que pase tal cosa”. Y así iba por mi vida, feliz de sentir que Él cumplía siempre mis caprichos. Leí por primera vez la Biblia, iba a misa todos los domingos y rezaba por la noche. Todo esto alimentaba ese encuentro con Él. 

Hay que abrirse a la presencia de Dios en las diferentes formas en que se manifiesta en nuestras vidas.

Acompañado de estos caprichos, en el voluntariado salesiano aprendí a contemplarlo en el silencio. Lo descubrí en la pausa de la gente cuando estaba por pasar algo importante, en la serenidad del pueblo a la hora de la siesta, en el viento que soplaba en la meseta chubutense, en las celebraciones sencillas de los parajes, en el ritmo lento pero firme de una comunidad que invitaba a quedarse para siempre ahí. Me acostumbré tanto a eso que cuando volví al ruido de la ciudad me perdí de vuelta.

Cuando entré al aspirantado en la Congregación Salesiana, busqué todas las formas posibles para volver a sentirlo “como antes”. Sí, yo lo busqué, hasta como capricho. ¿Y cómo era ese antes? Era cuando yo le hablaba, le pedía y Él se hacía sentir sin vueltas ni tanto misterio.

Dejar a Dios ser Dios

Pero un día se cortó, Dios dejó de ser tan evidente. Y ahí dije: “Se fue, no está más”. Fue una de las crisis de fe más grandes que tuve, hasta no hace mucho tiempo. Duró años, costó llantos, enojos, dudas, me hizo descreer de todo. Hasta que me encontré con este Dios que no entra en los moldes humanos, que no se deja encasillar, que siempre va a buscar nuevas maneras de hacerse notar a lo largo de nuestra vida y de manifestarse en la forma que necesitemos en ese momento.

Lo busqué tanto, me encapriché tanto, que estuve casi cuatro años persiguiéndolo de esa forma, sin “Dejar a Dios ser Dios”, como se llama un viejo libro de Carlos Vallés.

Hoy puedo decir que Dios me ha educado de forma muy paciente y perfecta. Se me ha revelado de diversos modos. Hoy descubro que todos fueron importantes en cada momento

Hoy puedo decir que Dios me ha educado de forma muy paciente y perfecta. Se me ha revelado de diversos modos. Hoy descubro que todos fueron importantes en cada momento. 

Entonces, y retomando la pregunta de mi hermana, ¿cómo sé cuando Dios me está hablando? ¿Cómo lo puedo ver? La fe es un camino de aprendizaje constante. No hay una fórmula mágica para saber cómo nos habla o cómo podemos verlo. Hay que abrirse a su presencia en las diferentes formas en que se manifiesta en nuestras vidas. Este “viaje de fe” me ha permitido crecer como persona y profundizar mi relación con Dios. Es un camino que continúa, lleno de nuevos aprendizajes y descubrimientos.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – JUNIO 2024

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