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Vivir la fe con los sacramentos en “pausa”

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Por Adrián Jamardo, sdb // ajamardo@donbosco.org.ar

Si bien algunas provincias van permitiendo paulatinamente los oficios religiosos, en este tiempo aislamiento social y preventivo nuestras comunidades y familias se vieron privadas durante meses de la celebración de los sacramentos. 

Los sacramentos nos relacionan con la presencia salvadora de Dios, con nuestra comunidad eclesial y con el compromiso cristiano en la vida y en la historia. Brotan de la pasión y resurrección de Jesús, gran acontecimiento que marca la vida de las comunidades y de cada una de las personas. Celebramos los sacramentos en un clima de fiesta, con ritos simbólicos especiales; que no sólo marcan el “calendario”, sino también el corazón de cada uno. 

Para muchos, no contar con estos espacios podría significar una situación difícil para la vivencia de la fe cristiana. Sin embargo, y sin pretender dar respuestas cerradas, este escenario nos puede invitar a reflexionar y a poner de relieve algunas cuestiones significativas:

Redescubrir la realidad sacramental en los acontecimientos. La acción salvadora de Cristo que sucede en la vivencia de los sacramentos continúa en nuestras historias cotidianas, personales y comunitarias. Por ejemplo, en la palabra de un amigo, en el encuentro con el necesitado, en el compartir proyectos comunes, en un gesto de reconciliación, en el desafío que proviene de una situación de injusticia, en el sueño por una sociedad más solidaria.

La acción salvadora de Cristo que sucede en la vivencia de los sacramentos continúa en nuestras historias cotidianas, personales y comunitarias.

Considerar otras presencias de Jesucristo. Ante la imposibilidad de recibir la comunión eucarística comulgar con el pan y vino consagrados, existen otras presencias del Resucitado no menos importantes: su Palabra que se proclama, la comunidad reunida en nombre de Él, la oración que hacemos en comunidad, nuestra historia actual, en los pobres y más vulnerables.

Revalorizar nuestra vocación cristiana dada por el bautismo. Cada uno de nosotros podemos pedir por las necesidades tanto de aquellas personas cercanas a nosotros como de la sociedad y del mundo. En el bautismo recibimos el don de mediación por nuestros hermanos y hermanas. Esto significa que, en cierto modo, nos identificamos con la misión sacerdotal de Cristo. 

Este don lo manifestamos al celebrar la Eucaristía, a través del cual el sacerdote presbítero lo realiza al presidirla. Pero esta mediación también la podemos efectuar de otras maneras: proclamar la Palabra, orar, trabajar, compartir con los más necesitados.

Caminar de una eucaristía “celebrativa” a una eucaristía “existencial”. Podría ser significativo para las celebraciones eucarísticas que habíamos compartido antes de iniciar el aislamiento social continuarlas con acciones solidarias hacia los más vulnerables, como las que llevan adelante muchas comunidades, sobre todo en este tiempo de emergencia.

De ese modo, una eucaristía “existencial” comienza en la celebración que transforma los dones consagrados y a nuestra comunidad hacia la unidad y, por consiguiente, nos impulsa a colaborar con Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo en la construcción de su Reino mediante la transformación de una sociedad más justa.

Promover la creatividad pastoral. Si bien “las misas online” nos mantienen conectados, pero de manera remota, podríamos caer en el peligro de una participación pasiva y que tales celebraciones no estén en relación con nuestra vida cotidiana y procesos de crecimiento de fe y compromiso. 

Durante este tiempo atípico de pandemia, tal vez no convendría esperar que todo provenga del ministro ordenado, quien ha recibido su ministerio por parte de Dios no de forma aislada, sino en la comunidad cristiana. En este contexto extraordinario, tal modelo fracasaría a la hora de dar respuestas, porque los laicos y las laicas no tendrían posibilidades para participar en la comunidad parroquial. Como remedio, se recurre entonces a la celebración eucarística a través de plataformas virtuales. Pero no es suficiente.

Podría ser significativo continuar las celebraciones eucarísticas que habíamos compartido antes de iniciar el aislamiento con acciones solidarias hacia los más vulnerables.

Frente a esta situación, quizá habría un llamado para recrear una aproximación pastoral de encuentro con el otro. Es difícil la transición de la costumbre de recibir la comunidad en la Eucaristía del domingo hacia la promoción de la unión con la comunidad cuyos integrantes están en su casa con otras personas reunidas en torno a la Palabra y a la oración. 

Entonces, ¿puede ser una ocasión para proponer iniciativas de celebraciones de la Palabra más participativas con aquellos con quienes compartimos lo cotidiano en este período de aislamiento, o incluso a través de la conexión virtual con otras familias para la oración, la lectura y el compartir la Palabra? 

 

Cuando volvamos a estar presentes para celebrar la Eucaristía, que podamos vivirla como un encuentro con Jesús Resucitado y con nuestra comunidad. Un encuentro que tiene como trasfondo las alegrías y los sufrimientos del mundo y que nos compromete a trabajar en favor la paz y la justicia según los valores del Evangelio.

BOLETIN SALESIANO – JUNIO 2020

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