Hasta dar la vida

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La santidad de los mártires que, como Jesús, se comprometieron por la justicia de los más débiles.

El 27 de abril, en la ciudad de La Rioja, fueron beatificados Enrique Angelelli, Carlos de Dios Murias, Gabriel Longueville y Wenceslao Pedernera, asesinados durante la última dictadura militar argentina. En este contexto, podría ser oportuno reflexionar sobre la santidad de los mártires que es fruto de un compromiso cotidiano por el Reino anunciado por Jesús.

Como a Jesús 

Desde hace mucho tiempo, la Iglesia define a los mártires como aquellos que dan testimonio de la fe con la muerte ante un perseguidor que odia esa fe. Posteriormente, esta idea de mártir se fue renovando, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II y la reunión del Episcopado latinoamericano en la ciudad de Medellín, en 1968.

De modo especial, en América Latina un nuevo tipo de persecuciones ha dado lugar a elevar el número de mártires por motivos ideológicos y religiosos. Y no se trata sólo de obispos y de sacerdotes —generalmente más conocidos—, sino de un gran número de religiosos, laicos, catequistas y celebradores de la palabra; incluso campesinos, indígenas, estudiantes, abogados o periodistas que fueron asesinados por el compromiso con la justicia que nace de la fe.

A estos mártires se los llama “mártires jesuánicos”, porque han sido asesinados por las mismas razones por las que a Jesús le quitaron la vida.

Es el amor a la propia fe la que define al mártir y no el odio de los perseguidores

El odio a la fe (odium fidei) de los perseguidores era un elemento básico para que el martirio sea considerado como tal. Difícilmente hoy podría manifestarse en muchos perseguidores de los mártires jesuánicos, porque ellos mismos insistirán en su propia fe cristiana, negando su complicidad con la muerte de otros cristianos comprometidos con el cambio de estructuras injustas.

Muchas veces tratarán de calificarlos no como cristianos, sino como políticos izquierdistas, comprometidos en actividades violentas y que se dedican a manipular la religión. Suelen negar que persiguen a la Iglesia e incluso buscan aliados dentro de la Iglesia para que se nieguen situaciones de persecución.

Amor a la fe, amor a la justicia

Mirando la realidad y la experiencia fundante de las primeras comunidades cristianas sobre lo que hoy llamamos martirio, podremos ver que el odio a la fe no aparece como tan fundamental. Al contrario, es el amor a la propia fe la que define al mártir y no el odio de los perseguidores.

El Concilio Vaticano II ubica el tema del martirio en la vocación universal a la santidad de los cristianos, camino que cada cristiano debe seguir desde la unión con Cristo y desde el amor al prójimo, cualquiera sea su responsabilidad y lugar en la sociedad (LG 42, GS 21). Tal vocación se realiza en la vida cotidiana, como posibilidad, como desafío y como compromiso frente a sociedades cada vez más deshumanizadas.

Por lo tanto, el “odio a la fe” debería sustituirse hoy por aquello que podemos llamar “odio a la justicia”. Es decir, que no excluye de frente a la fe, sino que la domestica pervirtiéndola en justificación de la opresión y de la injusticia. No van a matar por odio a la confesión de fe sino a los que intenten autentificar la fe, realizándola en el seguimiento efectivo de Jesús, en la solidaridad transformadora con los pobres y en el desenmascaramiento profético de la opresión.

Pueblos de mártires

En la actualidad sigue habiendo cristianos que son asesinados por su fe en sentido estricto, pero son casos especiales en países donde impera el fanatismo o el fundamentalismo religioso. Sin embargo son muchos más los que hoy mueren en países de tradición cristiana o no cristiana a causa de los compromisos que la fe implica en materia de derechos humanos y en favor de los pobres e indefensos.

Son muchos los que hoy mueren a causa de los compromisos que implica la fe en favor de los pobres e indefensos.

Los acontecimientos históricos en América Latina han contribuido a una ampliación del concepto de martirio hacia muchas personas que han entregado su vida cotidiana a los más débiles y como culminación de eso, han sufrido una muerte violenta como fue la de Jesús.

Esto nos lleva a pensar en innumerables “mártires anónimos”, que en palabras del jesuita español Ignacio Ellacuría son “el pueblo crucificado”: una mayoría que sufre la muerte por causa de la injusticia y un orden social promovido y sostenido por una minoría que ejerce su dominio.

Por Adrián Jamardo, sdb

BOLETÍN SALESIANO – MAYO 2019

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