El juego de la vida

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Juegos tradicionales y nuevas tecnologías se combinan y otorgan a los niños distintas formas de entretenimiento.

De la rayuela a la tablet, de las hamacas al smartphone y del tobogán a la PlayStation: las maneras de jugar han ido cambiando con el paso del tiempo; y los lugares para hacerlo también. Así, el barrio, la plaza y la vereda, en muchos casos, fueron dejando paso a la casa, luego a la habitación, hasta reducirse al lugar que ocupa una pantalla de celular: la palma de la mano. Todas estas transformaciones impactan en la forma de jugar de los niños y adolescentes y también de los adultos. ¿Cuáles son las consecuencias de la irrupción de los dispositivos tecnológicos en la manera de jugar de los chicos? ¿Sigue siendo el juego un aspecto a desarrollar y favorecer como parte de la acción educativa? Distintos docentes y profesionales de la educación acercan sus aportes para pensar en este escenario y discutir el rol de la escuela frente a este nuevo desafío.

A jugar se ha dicho

“El juego es uno de los valores más importantes para un crecimiento pleno y saludable. Jugando, los chicos relacionan lo que aprendieron con el placer y eso los invitará a repetir y recrear lo que consiguieron aprender”, explica María Laura König, psicopedagoga, quien se desempeña profesionalmente en una escuela del barrio porteño de La Boca. Julieta Ferrari, también psicopedagoga, comparte la apreciación de su colega y explica que se trata de una actividad sumamente necesaria para que el niño se desarrolle en forma integral: a través del juego el chico representa, explora, construye, descubre y se conecta con el mundo que lo rodea, desarrollando la imaginación y la capacidad creativa. Daniel Battig—director de nivel secundario en la provincia de Tucumán—, completa: “El juego le posibilita al chico ejercitar y poner a prueba sus capacidades en situaciones que son simuladas, y que por lo tanto no conllevan ningún riesgo en caso de equivocación”.

Ya en 1959 la Organización de las Naciones Unidas destacó la importancia de asegurar espacios recreativos para el desarrollo de los chicos y chicas, al contemplar este aspecto dentro de la Declaración de los Derechos del Niño, incorporada a la Constitución Nacional con la reforma de 1994. De esa manera, además de ser una herramienta para favorecer el acercamiento a otras áreas del conocimiento, el juego se constituye como un fin en sí mismo que es importante potenciar desde la más temprana edad.

König explica que “existen juegos exploratorios que ayudan a conocer el mundo en el que vivimos, a descubrir y desarrollar los sentidos generando las conexiones cerebrales que les permite entender y aprender sobre el mundo y las funciones que se necesitan para interactuar con los objetos, los espacios y los demás. Los juegos motores, que desempeñan un papel en el desarrollo físico y psicológico, proporcionan la incorporación de hábitos, habilidades y capacidades motrices —correr, saltar, lanzar, capturar, etc.— y de cualidades morales —voluntad, perseverancia, valor, disciplina, colectivismo—.”

Pero la importancia del juego para los niños no se remite sólo a su capacidad en términos de desarrollo de habilidades o de recreación sino que también para elaborar (las situaciones) que le producen dolor: “los niños representan a través del juego situaciones vividas por el mismo o por la familia. En este sentido su valor es irremplazable”, agrega Ferrari.

Nuevas tecnologías, nuevos desafíos

En esta declaración se apoya María Elena Fernández Iriarte, licenciada en Educación y docente de nivel inicial en provincia de Buenos Aires, cuando explica que “desde la escuela tenemos la obligación de crear los marcos, las situaciones y las propuestas para favorecer y acompañar la enseñanza del juego”. Esta tarea no siempre resulta fácil: en el último tiempo, a partir de la masificación de los dispositivos tecnológicos, a los chicos les cuesta imaginar escenarios o construir alternativas a partir de un determinado material. En algunos casos, por ejemplo, les resulta difícil pensar que una simple sábana puede transformarse en una capa que otorga “superpoderes”, y acto seguido esa misma sábana tenga la capacidad de convertirlo en un fantasma.

“El juego pone a prueba las capacidades de los niños en situaciones que son simuladas y por lo tanto no conllevan riesgo en caso de equivocación”.

Tanto Ferrari como Fernández coinciden en que estos ejercicios requieren una práctica que hoy los chicos no traen: “Hoy a muchos les cuesta simbolizar, percibimos una disminución en su capacidad creativa”. Este impacto también lo percibe König quien observa con preocupación la escasez de lenguaje producida por las transformaciones en la manera de jugar. Las pantallas proporcionan un estímulo permanente pero ese estímulo es persistentemente visual y auditivo, lo cual restringe muchísimo el uso de los demás sentidos y de otras capacidades. “Esto repercute en la formación de vínculos y en la posibilidad de dar a conocer el pensamiento, en generar y compartir ideas que necesitan como vehículo a la palabra”, sintetiza König.

Real ¿y virtual?

La PlayStation, el celular y demás dispositivos pasaron a ocupar un lugar central en la vida doméstica de las familias. Desde su experiencia, Fernández Iriarte relata que no son pocos los chicos que luego del jardín llegan a su casa y pasan muchas horas frente a diferentes pantallas: “La tecnología es utilizada como una moneda de cambio todo el tiempo, tanto para premiar buenas conductas —‘Si hacés la tarea te presto mi celular’—, como para prevenir otras —‘Mejor que esté con la Play y no dando vueltas por la calle’—, y eso está muy naturalizado en las familias. Desde ya que no hay una mala intención…tal vez es por desconocimiento de los padres. Pero más allá de la causa es necesario trabajar este aspecto”.

Por su parte, Ferrari traza una comparación interesante entre los juegos virtuales y los juegos de mesa. Mientras que en los primeros todo se resuelve al instante, prácticamente no hay tiempos de espera y las imágenes se suceden a gran velocidad, en los segundos es necesario esperar el turno, respetar las reglas pautadas y seguir un orden determinado. Asimismo, en el caso de los juegos virtuales la presencia de otro jugador rara vez es necesaria para el desarrollo de la partida… muy distinto a los juegos de mesa y a los juegos en general, donde la excepción es encontrar alguno que se pueda desarrollar en soledad.

Para ahondar en las consecuencias de estas transformaciones, vale rescatar la explicación de König: “Los chicos usan la información que reciben del medio para crear una imagen del mundo que los rodea y conformar su manera de pensar y de actuar. El juego es el contacto con lo real, su manera de ser y estar, de relacionarse. Pero el mundo de las pantallas es algo que puede no involucrar a otros”.

Lugar para jugar con otros

La escuela no es ajena a este panorama y como en otras situaciones tiene mucho para aportar. En primer lugar porque el juego es algo que se debe enseñar y practicar: “No nace por ‘generación espontánea’ o como consecuencia del aburrimiento, el chico no lo tiene naturalmente”, explica la licenciada Fernández. Así, la escuela en general y el nivel inicial en particular propician situaciones donde un adulto es el que piensa, planifica, propone el juego y además interviene en él a través de la pregunta, la invitación o la observación.

“En los juegos virtuales la presencia de otro jugador no siempre es necesaria, distinto a los juegos en general, donde la excepción es encontrar alguno que se pueda desarrollar en soledad”.

En la escuela el niño adquiere espacios de libertad que son esenciales para el juego. “Uno de los factores para el juego es la libertad de poder elegir. El niño, frente a la propuesta del docente, tiene la posibilidad de elegir jugar o no, de elegir entre diferentes juegos e incluso de elegir entre una variedad de opciones que da el mismo juego”. Al mismo tiempo, otra de las oportunidades que ofrece la escuela es la de jugar con otros. “Un juego, que en el nivel inicial empieza muy individual, se va transformando en algo socializado, donde hay una construcción conjunta y donde el otro hace contacto, me despeina, me mira, lo puedo oler y hasta me puede lastimar. Eso por ahora lo virtual no lo tiene y esa es una gran riqueza que debemos potenciar”, finaliza Fernández.

Para concluir, Battig refuerza la idea de que los juegos son una representación de la vida: “Lo importante es lograr una recreación que movilice todas las cualidades personales y las ponga en juego para hacerlas crecer y lograr
una autoestima sólida que ayude a afrontar las dificultades y desafíos de la vida; pero al mismo tiempo que los ayude a encontrar soluciones nuevas a una realidad que presenta nuevos desafíos de manera constante.

Las reglas del juego

  • No confundir pasividad frente a las pantallas con buen comportamiento y calma. Una cosa es consumo y otra es consumir críticamente, esta última condición el niño debe aprender a ejercitarla paulatinamente junto a un adulto que lo acompañe hasta que su desarrollo le permita ejercerla por si solo.
  • No creer que porque “hacen” muchas cosas con la tecnología son creativos. Los juegos en dispositivos tecnológicos son programas que responden a algoritmos que intentan ser muy complejos pero no tanto como la inteligencia humana. Aún así la tecnología ayuda a muchos chicos y chicas con dificultades a encontrar modos de expresarse y conocer más allá de sus dificultades.
  • El vínculo entre personas exige, no solo presencia física real, sino también atención y vínculo profundo. Eso se aprende de acciones concretas por parte de padres y todo el mundo adulto.
  • El juego es el mejor camino para aprender a vivir pero requiere vencer el espacio de la individualidad y retraimiento para relacionarnos con otros y con sus límites, no sólo con el estímulo y la gratificación.

Por Ezequiel Herrero • redaccion@boletinsalesiano.com.ar

Boletín Salesiano, abril 2017

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