Desmontar el horizonte

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¿Quién protege a las comunidades que cuidan lo que queda del bosque?

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En agosto de este año, la voracidad de los incendios en el Amazonas —muchos de ellos intencionales— llamó la atención de millones de personas, de la prensa mundial y de líderes políticos de las principales potencias. Sólo en Bolivia, al cierre de esta edición, la superficie de bosques y pastizales afectada superaba los cuatro millones de hectáreas.

La crisis climática que atraviesa el planeta —y los compromisos internacionales asumidos por nuestro país— exigen de manera urgente el freno a la desforestación. Solo en el 2017 se perdieron en Argentina unas 133.566 hectáreas de tierras forestales: unas seis veces la superficie de la Ciudad de Buenos Aires. La mayor parte —el 80%— corresponde a las provincias de Chaco, Formosa, Salta y Santiago del Estero. Las imágenes satelitales muestran con claridad esta realidad. Año a año enormes porciones de bosque nativo son loteadas, desmontadas y dedicadas a la actividad agropecuaria… a menos que haya comunidades que las protejan.

Donde queda el bosque 

En el viaje por ruta desde la ciudad de San Miguel de Tucumán hacia el interior de la provincia de Santiago del Estero es posible divisar en primera persona esta realidad. Enormes plantaciones de caña de azúcar y árboles frutales dan paso a extensas superficies desmontadas y dedicadas a la ganadería, las pasturas y la siembra de soja.

Cruzando el río Salado, el paisaje cambia. Allí ya no hay más desmonte y aparece en todo su esplendor el parque chaqueño, la segunda masa boscosa de Sudamérica, después del Amazonas. El “monte”, como lo llaman los lugareños.

Entre el río y el monte se ubica una localidad de unas pocas decenas de habitantes, San José del Boquerón, que junto a una gran proporción de parque chaqueño forman parte de la parroquia San José de las Petacas.

Junto al Estado y a otras organizaciones, la parroquia busca promover el desarrollo sustentable de las comunidades campesinas y de pueblos originarios que viven desde hace siglos en el monte, y conviven con una histórica falta de agua potable, las malas condiciones de los caminos y la dificultad en las comunicaciones.

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“Servidores de la vida del monte”

 El hermano Rodrigo —al centro, con gorro de fieltro— junto a un grupo de pobladores: “La gente de estos territorios ama el monte”, expresa.

El hermano jesuita Rodrigo Castells forma parte de la comunidad de religiosos: “Como parroquia queremos ser ‘servidores de la vida del monte’. Ese es nuestro objetivo, hacer crecer, cuidar, acompañar, desarrollar. No sólo la vida de las comunidades, sino también del bosque”.

Unas cuarenta y cinco comunidades se reparten por el territorio: desde barrios como Piruaj Bajo, con más de ochenta familias; hasta grupos de unas cuatro o cinco casas como San Isidro, a más de una hora de viaje en moto por maltrechos caminos de tierra.

En todos estos lugares, gracias al aporte de organizaciones como Cáritas Argentina y la colaboración del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), se encuentran en construcción más de trescientas cisternas para recolectar lluvia y garantizar el suministro de agua potable durante todo el año. Una empresa está llevando conectividad de Internet a la zona, lo que junto a una red de radio base ha favorecido notablemente la comunicación entre las comunidades. Otra organización busca mejorar las prácticas de ganadería sembrando pasturas bajo el monte. Pero de fondo, siempre presente, está la amenaza sobre la posesión de sus tierras.

“Cuando tenga la tierra”

“Que ellos puedan conservar sus territorios, que no se los quite el agronegocio, es condición para su existencia, para que no terminen migrando a los cordones de pobreza de las ciudades. Estas comunidades le cuidan los bosques a la Argentina y están constantemente amenazadas en la posesión de sus territorios”, advierte el hermano Rodrigo.

Un territorio, por otra parte, constantemente dañado, ya sea por las empresas forestales de la primera mitad de siglo XX, que derribaron los ejemplares más valiosos de quebracho para hacer durmientes y taninos; por las prospecciones petroleras de YPF, que en los ochenta dividieron al monte en caminos que aún pueden verse; o por el “golpe de gracia” del agronegocio, que desnuda la tierra para siembra… y para siempre.

El “monte”, es la segunda masa boscosa de Sudamérica después del Amazonas.

Amar el monte 

Pastora tiene 72 años y es experta en el arte del telar. Vive en una pequeña comunidad en el monte junto a parte de su familia. “¿Quién nos va a dar sombra si se llevan el monte?”, pregunta. Para Genaro, hachero, el monte es alimento y trabajo: la vida misma. Mariana, una de las encargadas de la huerta del paraje Simbol Huasi, valora la tranquilidad de su comunidad y la posibilidad de vivir en familia. Julio piensa distinto. Trabaja en un horno de carbón y es padre de familia. Sus hijos están viviendo en Santiago del Estero y confía en que puedan tener una vida distinta en la ciudad.

Sin embargo, como indica el hermano Rodrigo, “la gente de estos territorios ama estos lugares. Este contacto tan profundo con la naturaleza hace que tengan grandes valores, sobre todo la riqueza de la vida comunitaria y un tejido social que sostiene y acompaña la cantidad de dificultades materiales que tienen. Hay muchos deseos de salir adelante.”

En Argentina y en tantas partes del mundo, respetar los derechos de las comunidades campesinas y originarias —aquellas que conservaron inalterados durante siglos los ambientes naturales— es el primer paso para frenar el avance de la desforestación y la degradación ambiental. •

Con los valores del Oratorio 

Javier Villalba es oriundo de La Bajada, un pequeño paraje del interior de Santiago del Estero. Al igual que muchos otros chicos, tuvo que dejar su casa y mudarse a la capital provincial a los 12 años para poder cursar el secundario. Como a tantos “hijos del monte”, en el Oratorio Don Bosco lo recibieron con los brazos abiertos y le brindaron las comodidades necesarias para poder estudiar.

Algunos años más tarde la Residencia Universitaria Salesiana en Córdoba se transformaría en su nuevo hogar, al que llegaba con el deseo de estudiar Comunicación, con un objetivo claro: “Me gustaría mostrar todo lo que no se ve del lugar donde vengo, los problemas sociales, ambientales, laborales, pero también todos los valores, costumbres y creencias de la gente que vive en el interior de Santiago”.

Él y su hermano mayor sueñan con crear una fundación que le ofrezca a la gente de La Bajada y de parajes espacios de inclusión a través del trabajo, el deporte y la educación: “Queremos enseñar trabajos autosustentables para que puedan producir sus alimentos y así cuidar el monte y tener mejores productos para comer”.

Vivir lejos de la familia no resulta una sencillo y Javier lo reconoce enseguida, pero también sabe establecer sus prioridades: “Lo que me ayuda a estudiar, a concentrarme, es saber que hay gente en el interior de Santiago que me necesita y que me está esperando”.

Por Ezequiel Herrero y Santiago Valdemoros • redaccion@boletinsalesiano.com.ar

BOLETÍN SALESIANO – OCTUBRE 2019

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