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En la obra salesiana de Salta confluyen historia, vida y esperanza.

Se despliega enorme en el centro de la escena y cuando el sol de la tarde lo ilumina por completo, parece más grande todavía. A su alrededor, las aulas y oficinas del colegio, el cuartito del oratorio, del batallón y de los demás grupos juveniles ni siquiera logran abrazarlo por completo. El patio de la obra salesiana Ángel Zerda de la ciudad de Salta impresiona por sus dimensiones, y eso sin considerar que se extiende también por el barrio El Milagro, donde se levanta la escuela Ceferino Namuncurá; continúa en el campo de deportes de enfrente e incluso, desde hace un par de años, atravesó las paredes del Centro de Atención a Jóvenes en Conflicto con la Ley Penal Juvenil Nº1, donde un grupo de animadores concurre cada sábado.

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“Los chicos dicen con orgullo y admiración: ‘Soy exalumno salesiano o voy a serlo’. El sentido de pertenencia es realmente muy lindo”, afirma el salesiano Alejandro Garzón, director de la obra.

A ese lugar emblemático se puede ingresar por diversas puertas: para muchos, la oportunidad de conocerlo llegó a partir de la escuela primaria, para otros fue el oratorio o el batallón el que les permitió formar parte de la Familia Salesiana; y, desde el año pasado, también los jóvenes y adultos que estudian en el nuevo centro de formación profesional tuvieron la oportunidad de disfrutarlo.

Un patio con historia, presente y futuro

La presencia salesiana en la ciudad de Salta ya supera los cien años de historia. Comenzó humildemente en 1911 con dos pequeños locales en el centro de la ciudad. Algunos años después, y viendo que el espacio disponible resultaba escaso, llegó la mudanza al predio donado por don Ángel Zerda, dos veces gobernador de la provincia, donde se levanta el establecimiento que lleva su nombre, a escasas seis cuadras de la Catedral de Salta. El tiempo y el trabajo incansable de salesianos religiosos y laicos hicieron el resto.

En esta rica y prolífera historia un momento importante sin dudas fue la inauguración de la escuela Ceferino Namuncurá, hace exactamente cincuenta años. La misma surgió a partir de las visitas que el padre Santiago Salto realizaba a los vecinos del barrio El Milagro, en las afueras de la ciudad. Los salesianos, atentos a la realidad, notaron que era necesario poder dar contención y educación al creciente número de niños que allí vivían. Para eso construyeron un jardín de infantes, una escuela primaria y una preciosa capilla.

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La escuela Ceferino Namuncurá recibe a casi 900 alumnos del barrio El Milagro en los niveles inicial y primario, y a otros cientos cada fin de semana.

Ambas obras se transformaron en emblemas de la sociedad y de la educación salteña. Según expresa Alejandro Garzón, salesiano director de esta comunidad, “la obra salesiana es un referente en la sociedad de Salta. Los chicos dicen con orgullo y admiración ‘soy exalumno salesiano o voy a serlo’”. Norma, directora de los niveles inicial y primario del Ceferino, y con más de treinta años en la institución, coincide con esa opinión: “La escuela es como una gran oportunidad para la gente del barrio, que está siempre muy agradecida”.

oratorioEsto explica en parte la enorme cantidad de jóvenes que todos los días concurren a ellas, no sólo a recibir educación formal, sino también a participar de las numerosas propuestas asociativas. “Tenemos 800 alumnos que vienen de la barriada, de otros barrios y de los cinco asentamientos de la zona —continúa la directora del Ceferino—. También los sábados y domingos, entre catequesis y actividades juveniles, participan unos 500 chicos. Y en el mes de enero llegan a 300 los que vienen a la colonia del oratorio”.

Por su parte, en el Ángel Zerda son más de 1200 los alumnos que se reparten entre el nivel primario y secundario. Y al igual que en el Ceferino, los fines de semana el ritmo sigue siendo intenso, con el oratorio, el batallón, los grupos de infancia y adolescencia misionera, la comunidad misionera infantil, el grupo Chispa y demás propuestas juveniles.

 

Un patio que sigue creciendo

“En los inicios el Ángel Zerda fue una escuela de artes y oficios, muy importante para la sociedad de Salta”, explica Garzón. Tratando de ser fieles a esta historia, toda la comunidad educativa realizó un proceso de discernimiento buscando dar respuestas nuevas y actuales a las necesidades de los jóvenes. Así, interpelados también por el llamado del papa Francisco de salir a las periferias, fue que comenzaron a soñar con la idea de abrir un centro de formación profesional, pensando principalmente en los jóvenes que más lo necesiten. “Apuntamos a un público de entre 18 y 25 años que está excluido del mercado laboral”, desarrolla Augusto, ingeniero, docente y padre de exalumnos, que aceptó el desafío de coordinar el centro. Ese espacio, que desde hace un año dejó de ser sólo un sueño, posibilita actualmente la formación de más de ochenta alumnos en dos especialidades: montador electricista domiciliario y montador sanitarista domiciliario. Y también es un impulso para soñar nuevos proyectos y cursos, como el de pintor de obra y el de construcción en seco, aún con algunas dificultades: “Cuesta conseguir apoyo a nivel empresario para hacer pasantías. Salta no tiene una actividad industrial fuerte y el aporte que nos puedan dar las empresas es complicado”, explica Augusto. De todas maneras, gracias al apoyo de la obra salesiana, el centro logra brindar a sus alumnos una formación de calidad. “Se supone que la educación formal tiene que tener un nivel superior al nuestro. Sin embargo, los técnicos están viniendo a estudiar acá, los maestros mayores de obra también, porque hacemos foco en la práctica y no en la teoría”, sintetiza.

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Inaugurado el año pasado, el centro de formación profesional brinda cursos gratuitos y oficiales a jóvenes y adultos. Sólo dos en toda la provincia funcionan en instituciones religiosas.

Alejandro tiene 22 años, y al momento de la entrevista acababa de ser padre de una nena, Elena. “El año pasado pasé momentos muy difíciles, estaba muy desanimado. Venir al centro me dio fuerzas para salir adelante y gracias al curso de electricidad puse conseguir un trabajo”, relata, agradecido, este alumno del curso.

Un patio del que nadie se quiere ir

Lo que no resulta tan sencillo es dejar de transitar por ambas obras: “Los chicos se sienten realmente en casa. No se quieren ir, quieren seguir en la obra. El sentido de pertenencia que se ha ido gestando es realmente muy lindo”, afirma Garzón. Esto mismo lo puede confirmar quien pase cualquier noche por el patio del Ángel Zerda. Allí, con una constancia digna de admiración, se reúnen los egresados de diferentes promociones a gambetear el paso del tiempo, compartiendo la pasión por el fútbol. Pero ahora, una vez concluido el partido, no los espera la tarea de Matemática o de Lengua, sino el tercer tiempo: un espacio para compartir la mesa, las anécdotas y también la memoria agradecida de su paso por la institución.

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Fiesta, alegría y color. El oratorio que funciona los sábados por la mañana en el campo de deportes convoca a los chicos del barrio a disfrutar el día al estilo de Don Bosco.

En alguno de esos encuentros fue cuando se plantearon poder colaborar más estrechamente con el centro de formación recientemente inaugurado. El deseo era seguir ayudando y devolverle a la casa algo de todo lo que les dio. “Algunos que ya tienen actividades industriales o de ferretería colaboran con insumos —acota Augusto—. Antes de que se reciba esta camada, ya tenemos dos chicos trabajando en las empresas de unos exalumnos”. Más de cuarenta equipos participan en el campeonato de fútbol, donde el precio de entrada no deja a nadie afuera: un kilo de yerba y un paquete de azúcar para la merienda que los alumnos disfrutan entre clase y clase.

Ubicados en barrios diferentes y con historias distintas, el Ángel Zerda y el Ceferino comparten un mismo espíritu. En Salta, hablar de “el Salesiano” no es hacer referencia al padre director de la obra, ni a un sacerdote en particular, ni siquiera a una persona o a una construcción; decir “el Salesiano” es pronunciar al mismo tiempo miles de nombres y apellidos de estudiantes —de todos los niveles—, docentes, sacerdotes, animadores y familias; es hacer viva la memoria de quienes habitaron y habitan esas paredes y siguen haciendo historia en el presente.

Por Ezequiel Herrero y Santiago Valdemoros redaccion@boletinsalesiano.com.ar

Boletín Salesiano – Octubre 2016

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