A la americana

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Los primeros salesianos empiezan a conocer las costumbres en un nuevo continente.

Por: Néstor Zubeldía, sdb

nzubeldia@donbosco.org.ar

Cuando en octubre de 1874, el párroco de San Nicolás de los Arroyos escribió por primera vez a Don Bosco, dispuesto a recibir a sus primeros misioneros, le ofreció hospitalidad en su casa y le aseguró que entre esa población podrían “habituarse a las costumbres argentinas” (ver De puño y letra en Boletín Salesiano de septiembre de 2024). El padre Ceccarelli estaba en lo cierto. Si en la iglesia de los italianos y en las calles de Buenos Aires los salesianos se vieron rodeados enseguida de sus connacionales que habían migrado antes que ellos; a orillas del Paraná, en cambio, se foguearon con los hábitos propios de las “remotísimas e inmensas llanuras” mencionadas en la misma carta.

Poco vino, mucha carne

Las narraciones que se conservan de los primeros misioneros muestran más de una vez su sorpresa por esas costumbres “a la americana”, como las llamaban, reconociéndose a sí mismos como gringos. El padre Fagnano, por ejemplo, contaba que las calles de San Nicolás eran rectas y paralelas, con manzanas todas iguales que se llaman cuadras. Lo sorprendía la llanura en la que se había edificado la ciudad, que entonces tenía unos quince mil habitantes y solo unos pocos árboles en los alrededores. Señalaba también que había muchos caballos y muchísimos perros pero que los que se contaban por millones eran los mosquitos.

“El vino se ve solo en la mesa de los ricos y la fruta escasea. En compensación, lo que abunda es la carne, que cuesta lo que los nabos en Italia. Se sirve poco pan”.

Respecto a la alimentación, habla del almuerzo a las diez y la comida a la hora de ponerse el sol. Y dice que a toda hora se toma cerveza, té, café y sobre todo mate, con una hierba llamada Té del sur, yerba de San Bartolomé o del Paraguay. Y dice que los criollos “no viajan sin llevar una buena provisión de esa yerba. Lo toman también antes del almuerzo, como vermouth”. Él mismo confiesa que fa bene y le cuenta a Don Bosco cómo se prepara.

El vino se ve solo en la mesa de los ricos y la fruta escasea. En compensación, lo que abunda es la carne, que cuesta lo que los nabos en Italia. Se sirve poco pan”. Fagnano agrega que es porque requiere mucho trabajo. Y porque para tener carne, en cambio, “basta con echar los animales al campo”.

“El campo es fertilísimo, pocos árboles, sin montañas ni colinas. Los pueblos están a veinte o cincuenta kilómetros de distancia uno de otro”.

El padre Tomatis escribe que el campo es fertilísimo, pocos árboles, sin montañas ni colinas. Los pueblos están a veinte o cincuenta kilómetros de distancia uno de otro”. Los habitantes son “despiertos, pero poco hábiles para las artes” y, a la vez, “muy cómodos y muy soberbios”. Y en una observación típicamente gringa, agrega: “Creen ser nobles y sabios, por eso no trabajan”. Entonces se detiene a mencionar de qué regiones de Italia provienen los que producen en la zona las verduras, el aceite, el pan y las frutas. “A propósito de comidas”, comenta, “he visto cosas horribles. El maíz, por ejemplo, se cocina con la carne y se come así, como si fuera puré. El pan lo hacen mezclando la harina con grasa de ovejas o de vacas y después lo meten al horno. Nosotros comemos pan a la italiana”, dice. “Pero esta gente come poquísimo pan. Lo que más comen es carne, hervida (puchero) o asada (asado). Cuando la carne tiene todavía la sangre adentro, ya se la devoran. Son carnívoros en exceso y temo que poco a poco nos convertiremos también en eso. Ya comimos tres corderos que nos regalaron. Nos regalan de todo: flores, huevos, dulces, pollos, pavos, corderos, vacas, caballos. Y agrega nostálgico: “¡Qué cosa hermosa si todo el mundo aprendiera a comer macarrones y a hacer polenta!”.

“Una verdadera diversión”

En una extensa carta de agosto de 1876, Juan Cagliero le cuenta a Don Bosco con lujo de detalles un paseo en el que acompañó a los salesianos y a los alumnos de San Nicolás. Era el premio de fin de año para los que habían obtenido los mejores resultados en el estudio. Todo se realizó al estilo de los paseos otoñales en los que él mismo había participado de chico, cuando los organizaba Don Bosco. Pero en América el recorrido no se hacía a pie como en las colinas del Monferrato. Salían a caballo los más grandes y en carro los menores. Don José Rojo, que tenía cuatro hijos en el colegio salesiano, los esperaba a todos en su estancia, a 25 kilómetros de San Nicolás. El escuadrón, como lo llama Cagliero, incluía treinta caballos y un carromato para llevar a los quince más chicos.

Cagliero, que se había criado en una región de pequeños propietarios y de cortos trayectos entre un pueblo y otro, no salía de su asombro al enterarse de que la estancia tenía una extensión de una legua y media y que “en ella pastaban cuarenta mil ovejas, mil quinientas vacas y quinientos caballos”.

“Había tres fuegos encendidos”, sigue contando el jefe de la expedición a Don Bosco. “En uno asaban dos carneros; en el otro, seis pavos y en el tercero, que estaba en medio del prado, se cocía un ternero, pero todo sin ollas. Fue dividido delante de nosotros en cuatro partes y asado con cuero y todo. Después, a la americana, nos sirvieron cordero asado, el ternero asado con cuero, más gustoso todavía, y después un plato americano que consiste en carne con pasas de uva. La sopa es cosa exclusiva de los europeos y ni la vimos”.

La jornada fue de “verdadera diversión para todos”, concluyó Cagliero. “Hasta que después de cuatro horas jugando y corriendo alrededor de la casa, sonó la hora de la partida. Entonces saludamos cortésmente a nuestros anfitriones, que nos hicieron prometerles otra visita y montamos a caballo. Pero faltaba uno, que se había escapado al campo. Los muchachos descubrieron a lo lejos al fugitivo y los cuatro más veloces salieron al galope a buscarlo, lo rodearon y lo obligaron a rendirse. Finalmente se resignó a dejarse montar por su patroncito y emprendimos el regreso. Llegamos a casa muy cansados pero todos contentos. A la noche ninguno de los muchachos se quejó de no poder dormir. Y Morfeo quedó también contento con sus fervorosos devotos”.

Los primeros salesianos comenzaban a conocer poco a poco las costumbres argentinas y a vivir “a la americana”. Los argentinos, empezaban a descubrir y a disfrutar el estilo salesiano.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – JULIO 2026

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