El padre Callero

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La “argentinización” de Juan Cagliero.

Por: Néstor Zubeldía, sdb

nzubeldia@donbosco.org.ar

Con los recursos limitados de la época y con enorme esfuerzo, Juan Cagliero hacía todo lo posible para mantener informado a Don Bosco sobre lo que sucedía de este lado del océano. Apenas llegado a Buenos Aires al frente del primer grupo de salesianos, el jefe de la expedición escribió a Turín (ver Boletín Salesiano de diciembre de 2025) una carta que partiría hacia Europa al día siguiente. Poco después, redactó la segunda, para que llegara a Italia con el regreso del vapor Savoie. Aquí publicamos algunos párrafos de esa misiva, más extensa y detallada que la anterior.


Buenos Ayres, Palacio Benítez, 18 de diciembre de 1875.

Reverendísimo Padre:

Estamos sobre el campo de la misión. ¡Dios y su Santísima Madre ya han dado pruebas de que los salesianos eran los elegidos para realizar el bien y la salvación de las almas en la América del Sur!

Al día siguiente de nuestra llegada éramos ya esperados en la iglesia de los italianos, dedicada a la Madre de la Misericordia y provistos por el señor Arzobispo de todas las licencias necesarias. Hemos confesado mucho. Los italianos forman aquí una colonia numerosísima y hasta ahora estuvieron sin pastor o en manos mercenarias. 

Pasado mañana parten los otros para San Nicolás con don Ceccarelli y nuestro barba don Francisco Benítez. Quedo yo en Buenos Aires con don Baccino y Belmonte para las fiestas de Navidad, a fin de desbrozar este terreno tan duro. El domingo anunciaré en el sermón una especie de misión breve que esperamos fructuosa como preparación para esta gran solemnidad. Los cofrades están llenos de entusiasmo por nosotros porque nos ven entregados al trabajo.

La otra noche tenía en la sacristía unos veinte muchachos italianos y americanos, que al vernos relacionarnos familiarmente con ellos, vinieron de muy buena gana a ver qué les quería decir yo. Y me prometieron que el domingo próximo traerían diez cada uno.

Después de Navidad iré a San Nicolás, dejando a don Baccino y a Belmonte en la Mater Misericordiae. Una vez puestas las cosas en marcha allá, volveré a Buenos Ayres. Desmontado un poco este bosque, dejaré a don Baccino que me supla en la predicación dominical y correré a San Nicolás. 

El trabajo y el pan no faltan. Por ahora no puedo escribirles respecto a las condiciones que ponen acá los cofrades. Hemos hecho varios proyectos. Ninguno les agrada. Entonces hemos decidido trabajar y después de un tiempo, con más luz, podremos tratar. Es lo que me aconsejaron Ceccarelli, Espinosa y cuantos he consultado.

Aquí en Buenos Ayres se nos esperaba desde hace mucho y hemos sido precedidos de una estima que nos pondrá en aprietos si no estamos atentos. Hasta el diario anunció mi sermón de apertura para el domingo. El señor Arzobispo nos quiere mucho y nos ha otorgado todas las facultades, sin reserva alguna, por lo cual don Baccino ejerció ya toda la semana como capellán. Y lo hace muy bien. Muchos párrocos, como buenos amigos, nos han ofrecido su apoyo, lo que nos hace presagiar mucho. Así, cuando lleguen las pruebas, no nos dará tanto miedo.

Creo que conviene preparar personal para esta iglesia, si quiere que yo vuelva a Italia. Entre tanto, nosotros prepararemos el camino con clases diurnas y nocturnas, para ir formando, junto a la iglesia, un colegio y un oratorio. Buenos Aires, gran ciudad y populosísima, ve todavía con buenos ojos a los sacerdotes, pero estos son pocos. Y algunos trabajan poco.

Aquí tenemos todas las delicias de la primavera con sus regalos. Ahora entramos en el verano. Ninguno ha sufrido en el viaje a punto de acarrearle consecuencias. Todos estamos bastante descansados, excepto don Baccino que no ha tenido tiempo de reposar, porque lo esperaba ya el trabajo en la iglesia de la Misericordia, pero todos son buenos para comer y dormir, de modo que la máquina pueda resistir.

Reciba los recuerdos y expresiones de todos sus hijos: don Fagnano, don Tomatis, Cassinis, Baccino, Scavini, Molinari, Gioia y también el niño Allavena. Todos somos bien, estamos bien i le pedimos su santa bendición. 

Con muy afetto

Padre Juan Callero


Cagliero comenzó con esta carta a Don Bosco una serie que continuaría quincenalmente durante los casi veinte meses de su primera etapa americana. Aprovechaba la frecuencia de los barcos de la época. Una vez más escribió desde la casa de don Benítez, a quien llamaba “nuestro barba”, con una expresión familiar que se usaba en el Piamonte para los tíos mayores.

Cagliero quería que el Fundador estuviera al tanto de cada paso dado o por darse en esa situación tan novedosa para la joven congregación. Lo entusiasmaba el recibimiento y lo ilusionaban las perspectivas de futuro. Pero tenía claro que los comienzos no resultarían fáciles. Aunque hoy pueda parecernos extraño, los salesianos fueron la primera congregación religiosa italiana que llegó a atender a sus connacionales, tan numerosos en el río de la Plata. Algunos religiosos italianos habían llegado formando parte de las antiguas órdenes. Los sacerdotes seculares, que habían venido por su cuenta de la Península, eran generalmente napolitanos y no tenían buena fama en América. Por algo Cagliero los llamaba “mercenarios”. 

Los salesianos fueron la primera congregación religiosa italiana que llegó a atender a sus connacionales, tan numerosos en el río de la Plata.

La segunda carta desde la Argentina ya incluye palabras y hasta frases en español, aunque no siempre bien utilizado. Y el autor no firma como antes “don Cagliero”, sino en argentino, “padre Callero”. La doble ele, pronunciada como se acostumbra mayoritariamente en el interior de nuestro país, suena semejante a la pronunciación italiana de su apellido. A pocos días de su llegada, los misioneros ya comenzaban a “argentinizarse”.

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – JULIO 2026

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