«Tenemos vergüenza de hablar de Dios»

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Entrevista al padre Mamerto Menapace

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Arribar a localidad bonaerense de Los Toldos significa llegar al monasterio Santa María. Allí vive el padre Mamerto Menapace, quien conoció por primera vez este lugar cuando tenía “diez años recién cumplidos”, apenas seis más que el lugar que lo albergaría casi toda su vida.

El padre Mamerto y el monasterio benedictino son de la misma generación. El primero nació un 24 de enero de 1942 en el pequeño pueblo santafesino de Malabrigo, mientras que el segundo fue fundado por monjes suizos el 3 de mayo de 1948.

En aquél tiempo, por los años cincuenta, había muchas colonias agrícolas con familias a veces muy cristianas, con muchos hijos, pero que vivían en zonas donde no había prácticamente oportunidades de estudiar. Mis familiares hacían tal vez hasta tercer grado… y después, ‘a trabajar’ —explica el padre Mamerto ni bien comienza la charla—. Si uno quería estudiar tenía que conseguir lugar. Mi hermana sabía que yo quería y se enteró que unos frailes habían abierto una escuelita en Los Toldos. Escribí y me vinieron a buscar. Me encontraron a las cuatro de la tarde en la escuelita del monte. Paró un auto. ¡Que parara un auto en esa escuelita era como que bajara un helicóptero acá! ¡Por ahí no pasaba ni el tiempo! En el pueblo terminaban los caminos. Dejé el cuaderno abierto con una palabra sin terminar, me despedí de la maestra y subí al auto que había venido con mi viejo. Fui a casa, levanté una muda de ropa… y esa misma tarde fuimos a otra ciudad, Vera. Desde allí me vine para acá”.

Volvió cinco años después a su pueblo, “cuando terminé de rendir la última materia de tercer año”. Ya sentía que su vocación se afianzaba, y aunque se recibió de maestro con los maristas dos años después, regresó a los 17 al monasterio, convencido que Dios lo llamaba para servirlo.

El padre Mamerto mantiene esa chispa intacta que en una metáfora siempre deja salir una sonrisa. Su hablar y su andar pueden parecer hasta apresurados; pero no es así, se toma el tiempo necesario para conversar con quien fija una cita o a quien se hospeda en el monasterio, como lo hacen los demás monjes que viven en Los Toldos. Sentarse a dialogar con él asegura una escucha serena y una palabra de esperanza. De allí muchas veces se desprenden sus cuentos y relatos sencillos, que desde la vida cotidiana nos hablan de Dios: un Dios que el padre Mamerto nos ayuda a descubrir y contemplar.

¿Quién le habla hoy a un chico de Dios? Antes había figuras como los abuelos, pero hoy también están ocupados…

Los padres hoy están muy ocupados, como muy presionados. Pero por lo que veo, los abuelos siguen siendo los grandes transmisores de los valores, porque siguen teniendo más tiempo que los padres para los chicos. Yo partiría de un concepto que es la acción de Dios. No es todo cuestión nuestra, a veces un enorme esfuerzo no consigue nada, pero Dios llama a la persona más increíble, en circunstancias muy particulares. Dios sigue necesitando hombres y mujeres jóvenes que lo acompañen en su trabajo por el Reino.

“La oferta que tienen los jóvenes es tanta que elegir es renunciar. Hay mucha más renuncia en una elección que en una renuncia”

¿Cómo ayudar a los jóvenes que sí quieren escuchar? Ese es un proceso que varía mucho. A veces hay grupos juveniles. Un cierto compromiso dentro de un movimiento eclesial te prepara para un compromiso más total. Pero podés tener un caso como Teresa de Calcuta, que recién a los cuarenta años descubre realmente cuál era el llamado de Dios. Y eso no es tan raro. O el mismo Francisco. Acá en Argentina no le conocía la dentadura, no lo había visto sonreír nunca. Llegó allá y parece como que Dios hubiera destapado la cosa y es un “regalazo” para la Iglesia. Y te lo dice la gente. Dios te puede utilizar de repente. Nunca es tarde cuando la dicha es buena, cuando Dios realmente te llama. Es probable que a Juan lo haya llamado de joven, pero a Pedro lo agarró de grande, con suegra y todo.

Sin embargo, pareciera que se hace difícil que Dios sea un tema de conversación

Ahí juega un papel nuestra generación y los adultos en general. Si los adultos de hoy tenemos realmente coraje para hablar de Dios o si en realidad nos da vergüenza. Un famoso cuento dice que le preguntan a un paisano: “¿Este campo dará maíz?” ‘No, este campo le dará un poco de leña, pasto para las vacas, un poco de sombra, nada más”, responde. “¿Y girasol?” “No, menos, este campo le da un poco de leña, pasto para las vacas y sombra”. Y así con todo. Entonces el que preguntaba dice: “Bueno, voy a hacer la prueba, voy a sembrar maíz a ver qué pasa”. Y el otro le responde: “Ah, bueno, si usted siembra es otra cosa”. Los jóvenes pareciera que no dan, que están en la pavada, pero “si usted siembra, es otra cosa”.

Yo entiendo que para ser un buen salesiano se necesitan dos cosas fundamentales: primero, creer en la fertilidad del corazón de los jóvenes. Y segundo, creer en la bondad del mensaje que transmitimos. Si yo creo que es fecunda la semilla y fértil el campo, me animo a sembrar. Pero si ya comienzo diciendo que “este campo no da”, ya arranco mal. Hoy en día la oferta que tienen los jóvenes es tanta que elegir es renunciar. Si yo estoy frente a cinco caminos posibles y a una oportunidad le digo que no, me quedan cuatro. Pero si a una le digo que sí, automáticamente le digo que no a cuatro. Hay mucha más renuncia en una elección que en una renuncia. Pero yo no dudo de que Dios necesite colaboradores. Los necesitó Cristo. Dios sigue llamando, la cuestión es cómo respondemos.

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«Con Dios hay que tener paciencia. Él tiene todo el tiempo y nosotros somos muy acelerados»

¿Da vergüenza hablar de Dios?

¡Mucha vergüenza! Uno puede decir pavadas por televisión y algunas hasta producen risa, pero hablar de cosas serias o de cosas de Dios pareciera que está un poco fuera de lugar.

Creo que Dios nos va a pedir cuenta si realmente hemos tenido el coraje de hablar. A mí me llaman como monje para hablar a personas de colegios que van desde equipos de gestión hasta mantenimiento y podemos estar una mañana entera hablando de cosas de Dios, todos entusiasmados. Y no son gente particular. Muchos de ellos van ahí porque tienen un trabajo y los atienden bien, nada más. Porque hay hambre de Dios, pero a veces no tenemos el coraje.

Tampoco hay que ser inoportuno. No por hablar mucho vamos a convencer. Pero si una persona da testimonio de lo que cree y lo vive y transmite con cariño; cree en la fecundidad del corazón de los jóvenes y cree en la verdad de lo que dice… hay que tener doble fe: en los jóvenes y en la Palabra de Dios. Si yo soy un “cachafaz” evidentemente la gente no me va a escuchar, por más piadoso y mucha “pilcha” que me ponga encima. Por eso la mejor evangelización es la conducta. Por otra parte, creo que aprovechamos muy poco el estar presentes y con corazón abierto en las situaciones de dolor. Si no aprovechamos ese tiempo para transmitir con cariño un mensaje de esperanza estamos perdiendo una gran oportunidad. Si dejamos pasar la primavera podemos sembrar en el invierno, pero no va a funcionar.

¿Qué fuiste aprendiendo de Dios en estos años?

Lo primero que aprendí es que con Dios hay que tener mucha paciencia. Dios tiene todo el tiempo y nosotros somos muy acelerados. Y lo segundo que aprendí es que Dios es buen pagador. Yo a los 17 años tuve un enamoramiento, me gustaba una chica. Pero hoy pienso cuántas personas, jóvenes, chicos, chicas y adultos he conocido, me han querido, yo he querido y estoy queriendo. Voy a una reunión y no me cuesta que me vengan a pedir un beso, una foto. Y eso, para una persona de 76 años, es muy emocionante. Yo puedo decir: “Dios no me trampeaste, lo del ‘ciento por uno’ era cierto”.

Padre Mamerto, ¿para qué estamos acá?

A veces conviene con paciencia preguntárselo a Dios: “Señor, ¿para qué estoy acá?”. No es una respuesta fácil, pero si uno es sincero y busca con honestidad, Dios no te puede defraudar. Puede ser una frase fuerte, pero Dios nunca jode por joder. Los obstáculos pueden ser a veces la gran oportunidad para no perder el tiempo en la vida.

 

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El padre Mamerto conoció el monasterio a los diez años, cuando apareció como una posibilidad de continuar sus estudios. Lo habían fundado hace tan sólo seis. Allí vive desde el año 1952; hoy, junto a unos veinte hermanos. El público puede visitar el monasterio, hospedarse y compartir las oraciones del día con los monjes. “ Hoy por hoy es interesante cuando le preguntás a un joven monje cómo conoció el monasterio y te dice que lo hizo a través de Internet. Por eso casi todos los monasterios tienen alguna página donde encontrar datos sobre la vida religiosa, productos, retiros…”, comenta el padre Mamerto.

 

Por Juan José Chiappetti y Santiago Valdemoros

BOLETIN SALESIANO – JULIO 2018

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