Educar para la sustentabilidad

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Entrevista con Carla Sabbatini, directora ejecutiva de la Cátedra UNESCO de Educación para la Sostenibilidad y la Ciudadanía Global de la Universidad de San Andrés.

Integrantes del centro de formación profesional de San Justo junto a sus certificaciones en energías renovables.

Carla Sabbatini es doctoranda en Educación y es directora ejecutiva de la Cátedra UNESCO de Educación para la Sostenibilidad y la Ciudadanía Global de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés, que ofrece capacitación abierta a la comunidad en general, directivos, docentes y funcionarios públicos. Parte del trabajo de su equipo está reflejado en el libro Educar para la sustentabilidad (Aique, 2019).

La crisis medioambiental es un tema insoslayable en educación. Ahora bien, ¿cómo abordarlo con adolescentes y jóvenes cuando la perspectiva a futuro parece tan “sombría”?

Plantear como punto de partida visiones “apocalípticas”, aún con datos certeros, es muy desmoralizante. Un libro clásico, Más allá de la ecofobia, de David Sobel, plantea que esa información abruma y termina generando un efecto de “parálisis”: frente a algo tan grande, prefiero darme vuelta, hacer oídos sordos y seguir con mi vida. 

Nosotros trabajamos con escuelas y docentes, entre otros actores. Lo que planteamos es ir implicando a los estudiantes en propuestas que les permitan conectarse con el amor por la vida y con aprender lo interconectado que está el mundo; con miradas interdisciplinarias, que pongan el acento en lo positivo.

Un concepto como el de “huella ecológica”, por ejemplo, es útil para pensar sobre lo que concretamente podemos mejorar en nuestra relación con el planeta. Aunque dejemos una huella, podemos actuar sobre eso. Y encontrar lo posible, no lo imposible. Hay escuelas que hacen un gran esfuerzo por separar los residuos y concientizar, pero no logran que el municipio no se lleve todos los residuos juntos.  Entonces, como docente, trabajá el consumo, la problemática detrás de la basura: la pista es trabajar sobre el sentido de lo que se hace y codiseñar con los chicos las propuestas. 

Hay un mito de que la educación para la sostenibilidad es una cosa “elitista”, para los que no tienen que resolver problemas urgentes. Pero pasan cosas maravillosas en las escuelas que atienden a poblaciones vulnerables. Cuando mucho del contexto dice “no podés”… la escuela los empodera y les da ganas de seguir. Lo “sombrío” puede ser una oportunidad.

¿Hay alguna experiencia interesante que nos puedas compartir?

Hay muchos ejemplos que van más allá de la campaña de “cerrar la canilla”. Que está bueno, pero se puede ir más allá. Empezar a construir un sentido, para no quedarnos sólo en la actividad. Las escuelas que hacen eso están bien orientadas. Muchas, como podría ser el caso de Don Bosco, lo ponen en línea con su propia identidad institucional. Y en el mundo cristiano, la encíclica Laudato Si es un hito fundante que ayuda a pensar a la escuela como “Casa Común”.

Después está la posibilidad de entramar con los proyectos de aprendizaje en servicio solidario. Por ejemplo, una escuela técnica con la que trabajé en el conurbano bonaerense. Luego de aprender el oficio, los estudiantes lo aplicaron en la remodelación de un jardín de infantes, al que equiparon con paneles solares y un sistema de recolección de agua de lluvia. Articularon con empresas que les hicieron pequeñas donaciones. Los de la especialización Automotriz repararon los carros de bomberos, y como parte de eso trabajaron cómo es la “huella ecológica” de trasladar agua, cuáles eran los motivos de los incendios…

Es importante planificar, pero con cierto grado de flexibilidad. Cuando la escuela abre las puertas a la comunidad, van apareciendo muchas cosas interesantes por el camino. La sostenibilidad es una “perspectiva” desde dónde educar, no un contenido.

¿Por qué se habla de “deuda intergeneracional” al hablar de la sostenibilidad?

Se refiere a aquellos que se ven afectados por decisiones en las que no necesariamente pudieron participar. Y en la “justicia climática”, cuando hablamos de los impactos del cambio climático, las comunidades con menos capacidades de adaptación y mitigación son las más vulnerables. 

Podríamos pensar que las generaciones más jóvenes están incluidas en esos grupos y cuando son jóvenes empiezan a darse cuenta, pero no siempre se los escucha. Ni hablar si encima no tienen medios. No es lo mismo un huracán que arrasa Haití o Florida.

La deuda intergeneracional que tiene la educación no es solamente para la resiliencia o la adaptación, que implicaría resignarnos, sino también abordar más la mitigación, formando futuros profesionales sensibles a hacer un aporte al desarrollo de sociedades más justas, resilientes y sostenibles.

Conocé más sobre la Cátedra UNESCO de Educación para la Sostenibilidad y la Ciudadanía global en este folleto. El año próximo comienza un nuevo ciclo de formación.

BOLETIN SALESIANO – SEPTIEMBRE 2021

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