“Los dirigentes no están interesados en el sistema educativo”

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Entrevista al especialista Mariano Narodowski

La preocupación por la educación parece estar en boca de todos los políticos. Las noticias en los medios se alternan entre las pujas salariales entre sindicatos y ministerios a la experiencia destacada —pero individual— de algún colegio, maestro o alumno. Empresarios opinan sobre la necesidad de innovar y educar para el futuro. Mientras tanto, en la escuela, docentes y directivos conviven con constantes reformas en los planes de estudio, problemas de infraestructura y mayores demandas por parte de alumnos y familias.

¿Es realmente la educación un tema central para la dirigencia argentina? Mariano Narodowski es doctor en Educación, pedagogo, investigador y docente universitario. Su último libro, El colapso de la educación (Paidós), traza un panorama cuanto menos “escéptico” sobre el presente del sistema educativo argentino: “Estamos estancados en términos de calidad y de inclusión. El resto de los países de América Latina crecen más y mejor”.

¿Por qué elegiste ese título?

El gran problema de la educación argentina es que no hay un sector social o político capaz de hacerla salir de la situación en la que está. En los últimos quince años, la escuela primaria pública perdió entre el 10 y el 13 % de sus alumnos. Es decir, decreció. Mientras tanto, la escuela privada creció un 25%. Esto se repite en otros niveles.

En términos técnicos es una política de estado… y una lamentablemente muy “exitosa”. La paradoja es que nadie se la atribuye como algo positivo, pero tampoco la identifican como algo negativo. Es una tendencia silenciada de la que nadie quiere hablar: eso es lo que yo llamo “colapso”. Es una situación de empantanamiento político en el cual no se puede salir adelante.

La escuela privada no es ni buena ni mala. Lo que creo es que las familias van a la escuela privada sencillamente porque huyen de la educación pública. Son familias religiosas en muchos casos, pero de acuerdo a lo que indican las investigaciones, mandan a sus hijos a esas escuelas porque no quieren mandarlo a las públicas. Es una relación entre calidad, precio y distancia más que la adhesión a un ideario.

¿Por qué creés entonces que este proceso no se frena?

Porque beneficia a los gobiernos. El gasto de las familias permite expandir la escolarización allí donde el Estado no tiene posibilidades de hacerlo. Incluso los subsidios a la escuela privada, como hay en Argentina, son menores de lo que el Estado gastaría por alumno en la escuela pública. Y los beneficia por otro motivo: la clase media, el actor que más reclama por la educación, le va a tocar la puerta al representante legal, al dueño de la escuela o al director, pero no al ministro de Educación.

El problema es que, por más que algunas escuelas privadas sean muy baratas, siempre cuestan más que las públicas, entonces se generan escuelas privadas para sectores “medios bajos” para arriba y escuelas públicas mayoritariamente para pobres y empobrecidos. Me parece que esa “grieta” es más complicada que la política, porque no le estamos enseñando a nuestros hijos a vivir juntos.

“En los últimos quince años, la escuela primaria pública perdió entre el 10 y el 13 % de sus alumnos”.

¿Cuáles son algunas razones de este escenario?

Ninguno de los sectores de la dirigencia social, política, sindical, religiosa o intelectual está acumulando poder para cambiar la situación educativa. Hay gente que aisladamente se esfuerza, se sacrifica, propone, pero eso no alcanza para hacer un cambio en serio. Nuestro sistema educativo funciona en base a “héroes”. Pero las políticas públicas no pueden estar pensadas así. Los héroes funcionan solos. Las políticas públicas tienen que ser diseñadas para los “normales”, para la gente como yo, que no siempre viene con ganas de trabajar, que nos cuesta salir de casa a la mañana…

En el último tiempo se puso de moda la idea de que hacen falta maestros con entusiasmo. Eso está bien para un rato, pero no se puede pedir maestros con el mismo entusiasmo después de treinta años de docencia. Nadie puede estar siempre entusiasmado. Habrá alguno que lo está, pero para el resto debería haber reglas que motiven a trabajar más y mejor, y que dejen en claro la responsabilidad por los resultados.

Eso es lo que no hay hoy. En la actualidad la única forma de aumento salarial es la antigüedad docente, que es la forma más “perversa”: lo único que hay que hacer es sentarse a esperar que pase el tiempo. La otra posibilidad de ganar un poco más es dejar el aula, que también es muy perverso para el que le gusta enseñar: parecería que se premia la salida del aula.

“Muchos docentes o profesores, con mejores reglas, mayores incentivos y otra lógica de financiamiento, podrían producir más y mejor”.

¿Cuáles podrían ser algunas ideas para salir de esta situación?

Mi propuesta desde hace muchos años es que las escuelas dejen de ser una unidad burocrática y pasen a ser una unidad de decisión: que los docentes elaboren proyectos, que tengan metas claras y que cumplan esos proyectos. Por otro lado, debemos evaluar a las escuelas por la formación de sus docentes: si hacen maestrías, doctorados…

Otra categoría de evaluación podría ser la innovación para enseñar, cómo o qué hacen para mejorar el aprendizaje de los alumnos. Y por último el compromiso social del docente. No puede ser lo mismo trabajar en una escuela en el centro de la ciudad que en un barrio de emergencia. El compromiso debe ser premiado.

Además de todo eso se puede tener en cuenta la antigüedad docente, pero que no sea lo único. Yo estoy convencido de que muchos docentes o profesores, con mejores reglas, mayores incentivos y otra lógica de financiamiento, podrían producir más y mejor. Yo creo que hay potencial, pero no hay sectores dirigentes que estén interesados en articularlo.

Por Ezequiel Herrero y Santiago Valdemoros

BOLETÍN SALESIANO – ABRIL 2019

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