Me llamo Ernesto Benedetto Stefano

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Por Néstor Zubeldía, sdb
nzubeldia@donbosco.org.ar

Me llamo Ernesto, aunque de chico todos me conocían por “Scalfarot”, un apodo que heredé de mi padre como el apellido. Nací en Lugo, un pueblo de la región de Romaña, justo el año en que Victor Manuel II era proclamado rey de Italia y comenzaba la unificación. Me crié en una familia con muchos curas y monjas, tanto que tengo dos tíos, tres hermanos y dos sobrinos sacerdotes y una tía y tres hermanas religiosas. Mi hermano José llegó a Turín apenas ordenado sacerdote y muy delicado de salud. Allí conoció a Don Bosco, nada menos que el día de la despedida del segundo grupo de misioneros a América. Al año siguiente, el mismo José estaba entre los que partían. Pedro, Esteban y yo quedamos en ese momento como alumnos en el colegio salesiano de Alassio, cerca de Génova, el puerto de donde partían los misioneros y miles de paisanos italianos. 

Siempre me gustaron el dibujo y el arte. A diferencia de mi hermano José, más hablador y conocido, yo era muy observador y de pocas palabras. Todo lo artístico me atraía. En mis años de joven salesiano en Sicilia pude comenzar a colaborar en el diseño y la construcción. Después me tocó construir el nuevo teatro en el Oratorio de Turín y, más tarde, algo que nunca hubiera imaginado.

A la muerte del querido Don Bosco, los superiores me encargaron proyectar el templo y el sepulcro monumental en Valsalice. ¡Qué emoción incomparable! A la inauguración en 1901 asistieron príncipes y cardenales. Pero para ese entonces yo ya estaba en Buenos Aires. Mi hermano José me reclamaba para construirla gran basílica de María Auxiliadora. Era una obra enorme y quería inaugurarla para el centenario de la patria. A la muerte de mamá acepté su pedido y partí inmediatamente para darle una mano. En esas primeras décadas del siglo XX, Buenos Aires era como un inmenso obrador en construcción.

Volví a Italia varias veces, unas en busca de recursos para construir, otras para traer obreros calificados y artistas que era imposible encontrar en América y otras, para conseguir materiales y herramientas de la mejor calidad. Con los años llegué a trabajar en las iglesias más lindas y grandes de la república, como la basílica de Luján, la catedral de La Plata y la basílica de Itatí. Eso para no nombrarles mis joyas en la capital: la basílica de Almagro, la del Santísimo Sacramento y la de Nuestra Señora de los Buenos Aires. Después vinieron las construcciones y los proyectos en Uruguay, Brasil, Bolivia y Perú, los premios y las condecoraciones, la Oficina Técnica Central de Arquitectura Salesiana y los discípulos. En la Argentina, que llegué a conocer mejor que mi propia patria, me pidieron revalidar títulos que no tenía y me dieron otros que no se consiguen en ninguna facultad. El más lindo de todos me hace poner un poco colorado:  el arquitecto de Dios.

Ernesto Benedetto Stefano, sexto entre los once hermanos Vespignani, nació en Lugo, Italia, el 8 de septiembre de 1861.  A los diecisiete años ingresó al noviciado salesiano y en 1888, poco después de la muerte de Don Bosco, fue ordenado sacerdote. A los cuarenta años, se trasladó a la Argentina, convocado por su hermano José, que fue por 27 años superior de los salesianos en nuestro país. Fue el creador de templos y colegios más destacados de América, autor de un estilo arquitectónico y de una verdadera marca de identidad salesiana en el sur del continente. Murió en Buenos Aires el 4 de febrero de 1925, a causa de una neumonía fulminante. Está sepultado en el panteón salesiano que él mismo diseñó en el cementerio de la Chacarita. En 1922 el arquitecto Juan Antonio Lázara publicó el libro “Ernesto Vespignani y la arquitectura sagrada”. 

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