El arzobispo de Buenos Aires recibe a los primeros misioneros salesianos.

Por: Néstor Zubeldía, sdb
nzubeldia@donbosco.org.ar
Cuando el 14 de noviembre de 1875 el primer grupo de misioneros salesianos partieron del puerto de Génova, Don Bosco entregó al padre Cagliero una carta de presentación destinada al arzobispo de Buenos Aires que los recibiría en su arquidiócesis (ver BS de septiembre 2025). Aunque usó un estilo formal y un latín elegante, el Santo no ocultó los sentimientos de su corazón paternal cuando escribió:“Hasta ahora han sido mis hijos; en adelante serán de usted, y yo recibiré como hecho a mí todo lo que usted hiciere por ellos”.
A la llegada de los misioneros a la Argentina, monseñor Aneiros escribió enseguida a Don Bosco para poder enviar la carta con el mismo barco que una semana después regresaría a Europa. Esa hermosa página, fechada en Buenos Aires el 18 de diciembre, resultó alentadora desde el primer momento y determinante para todo lo que vino después:
Reverendísimo don Bosco:
No se imagina con qué gusto he abrazado a sus hijos que con tan heroica decisión han dejado Italia para venir a estas tierras remotas.
Nuestro buen Dios bendecirá su Congregación y un anticipo de esta bendición es la que nuestro Santo Padre Pío XII les ha dispensado.
Robustecidos con ella, harán mucho bien no solo en San Nicolás, sino también en esta capital, donde es convenientísimo que tengan una casa, no solo para facilitar las comunicaciones con Ud. sino porque el bien que podrán hacer aquí es inmensamente superior a lo que podrán hacer en San Nicolás.
Solo los italianos son unos treinta mil en Buenos Aires y la mayoría de los sacerdotes italianos que vienen (me oprime el corazón al decirlo) vienen para ganar dinero y nada más.
Creo por lo tanto muy conveniente que sus hijos tomen la dirección de la Iglesia Italiana que estos buenos cofrades les ofrecen.
Así prestarán un servicio inmenso no solo a los italianos sino también a los nuestros.
Ud. puede quedarse tranquilo respecto a sus hijos: ya les he dado todas las licencias para el ministerio y ellos encontrarán siempre en mí un padre amabilísimo y preocupado por su bien espiritual y material.
El Señor conserve muchos años su maravillosa vida. Le ruego me encomiende a nuestro buen Dios en sus misas y oraciones. Entre tanto, reciba los sentimientos de mi mayor estima con que me profeso afectísimo y agradecido servidor
Federico Aneiros
Arzobispo de Buenos Aneiros
La carta del arzobispo porteño no podía ser más amable y cordial. Y a la vez, realista y concreta. Apenas llegados los salesianos al país, Aneiros les expresó con toda claridad que los quería en la sede de su arquidiócesis. Por eso, siguiendo la sugerencia del cónsul Gazzolo, les ofreció la iglesia Mater Misericordiae, un lugar muy apropiado y ya en funcionamiento, que era punto de reunión de los italianos en Buenos Aires. Además, les concedió enseguida todas las licencias ministeriales que, especialmente en esa época, constituían una complicación bastante engorrosa. Con ese temprano ofrecimiento, el arzobispo tomaba distancia de la sugerencia del párroco de San Nicolás que, con buena voluntad pero sin conocer el estilo de los nuevos misioneros, les había propuesto evitar la capital y sus conflictos en busca de la tranquilidad pueblerina del norte bonaerense.
La hospitalidad de Aneiros
Monseñor Aneiros se comportó desde el primer día y siempre como un verdadero padre para aquellos salesianos y para los que vinieron después. Los jóvenes sacerdotes Mariano Espinosa y Federico Rasore, que eran sus secretarios, recibieron a los misioneros el día del desembarco en el muelle de las Catalinas, donde hoy está la dársena norte en Puerto Madero. Esa misma tarde, el arzobispo en persona se acercó a visitar a los recién llegados en la residencia que el cónsul Gazzolo había alquilado para las Hijas de la Misericordia.
Monseñor Aneiros se comportó desde el primer día y siempre como un verdadero padre para aquellos salesianos y para los que vinieron después.
Las quince religiosas, compañeras de viaje en el mismo barco de los salesianos, se alojaban en una casa grande en la calle Alsina 751, en el centro porteño, a pasos de la iglesia de San Juan Bautista. Resulta fácil imaginar la escena del arzobispo escuchando y tratando de entender a los veinticinco italianos e italianas recién llegados. El cónsul, mientras tanto, oficiaría de traductor. Y los salesianos estarían sorprendidos con el recibimiento. A diferencia del arzobispo de Turín, que distanciado de Don Bosco no había ido a despedirlos a Valdocco, el de Buenos Aires se acercaba personalmente a conocerlos y a darles la bienvenida, el día mismo del desembarco.
Federico Aneiros tenía en ese tiempo cuarenta y nueve años de edad y hacía poco que estaba al frente de la arquidiócesis. Había sido periodista, diputado nacional y profesor de derecho canónico en la Universidad de Buenos Aires. Allí había conocido al cónsul Gazzolo, que en aquel tiempo se desempeñaba como bibliotecario. Un diploma de la despedida de Gazzolo de la Argentina, en 1869, conserva la dedicatoria y la firma del entonces profesor Aneiros. Después de doce años como migrante en el país trabajando en el ámbito educativo, el capitán Gazzolo, de aceitados contactos con el presidente Sarmiento, volvía a Italia para representar al gobierno argentino en el consulado de Savona. Al año siguiente, el arzobispo Escalada, que había viajado a Roma para participar del Primer Concilio Vaticano, murió en la Ciudad Eterna. Poco después, Aneiros, hasta entonces secretario del arzobispo difunto, fue nombrado por la Santa Sede administrador apostólico en Buenos Aires. Y recién en 1873, dos años antes de la llegada de los misioneros, el Papa lo designó arzobispo. En esa función recibió la carta de Gazzolo desde Italia recomendándole a los salesianos y el pedido del párroco Ceccarelli que, simultáneamente, buscaba una congregación religiosa para hacerse cargo de un nuevo colegio en San Nicolás. Con los salesianos ya en la Argentina, el círculo comenzaba a cerrarse. Sin lugar a dudas, monseñor Aneiros ocupa un lugar central en la historia que, en esos días, apenas escribía sus primeras páginas.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – JUNIO 2026

