Los primeros misioneros en América descubren otra forma de ser salesianos.

Por: Néstor Zubeldía, sdb
nzubeldia@donbosco.org.ar
Algunos de los objetivos de la misión que los primeros salesianos comenzaron ciento cincuenta años atrás en la Argentina aparecían claramente en las palabras de despedida que Don Bosco les había dirigido en la iglesia de María Auxiliadora, en Valdocco, antes de partir hacia el puerto de Génova.
Refiriéndose a la tarea que les esperaba en América, les dijo en esa ocasión: “Los pocos sacerdotes que hay, no bastan para administrar los sacramentos, ya sea por la cantidad de personas a las que se extienden sus cuidados, ya por las distancias de los diversos pueblos donde moran”.
“Les recomiendo con particular insistencia la dolorosa situación de muchas familias italianas que viven dispersas en aquellas ciudades, en aquellos pueblos y en la campaña”.
“Hay también grandes tribus de indígenas entre las cuales no llegó aún la religión de Jesucristo, los habitantes de la Pampa, de la Patagonia y de algunas islas que la circundan, que forman un continente quizá superior a toda Europa”.
Cuando los diez primeros misioneros llegaron a América, no tardaron en aparecer las dificultades, las tensiones y las dudas. ¿Dónde instalarse primero? ¿Cuál sería el mejor lugar para afincarse y crecer? ¿Hacia dónde extender la misión?
¿Hacia dónde seguir?
Como ya leímos, la primera iglesia a cargo de los salesianos en América fue la Mater Misericordiae, conocida en Buenos Aires como “la iglesia de los italianos” (ver Boletín Salesiano de mayo de 2026). El primer colegio salesiano de América se instaló a orillas del Paraná, en San Nicolás de los Arroyos (ver Boletín Salesiano de abril de 2026).
Pero, ¿cómo y hacia dónde seguir? Pronto aparecieron invitaciones y propuestas desde la vecina orilla para instalarse en Uruguay. Y después, en Dolores, en el interior bonaerense, más cerca de los pueblos originarios, o en el Carhué, donde ya se levantaban las primeras tolderías. Los esperaban también en Concepción del Uruguay, en Entre Ríos, donde se estaban instalando varias colonias italianas. O en el valle del río Chubut, donde el gobierno argentino había encargado al genovés Antonio Oneto fundar una colonia italiana entre los galeses y los tehuelches. Con el tiempo, de un lado y de otro, iban multiplicándose los pedidos, las propuestas, las presiones y las dificultades.
Mientras tanto, los salesianos aprendían más lento de lo planeado a expresarse bien en español, fácil de entender pero difícil de hablar correctamente. Iban estableciendo contactos con unos y otros y escuchando las sugerencias más variadas o incluso los cuestionamientos respecto a sus opciones. ¿Por qué, por ejemplo, ir en busca de los pueblos dispersos en la lejana Patagonia, que ni siquiera sabían de su presencia, y abandonar a sus paisanos italianos que los esperaban ansiosamente porque al no tener quien bautizara o educara a sus hijos más pequeños?
¿Por qué ir en busca de los pueblos dispersos en la lejana Patagonia, que ni siquiera sabían de su presencia, y abandonar a sus paisanos italianos que los esperaban ansiosamente porque al no tener quien bautizara o educara a sus hijos más pequeños?
Efectivamente, la entrada a la Patagonia tendría varios contratiempos y se demoraría todavía algunos años. Pero se puede decir que los inquietos misioneros salesianos fueron haciendo en ese compás de espera un “ensayo general” de la misión futura, aprendiendo a andar a caballo, a recorrer grandes distancias y a contactarse con distinto tipo de gente, como nunca habían tenido la oportunidad ni la necesidad de hacerlo en su tierra natal. En la Argentina primero y enseguida después en Uruguay, aquellos jóvenes misioneros descubrirían otro modo de ser salesianos. Conservaban el espíritu aprendido de Don Bosco en Valdocco, pero con un nuevo formato, acorde a un terreno y a un mundo distintos que se les presentaban de este lado del océano, llenos de preguntas y de desafíos a cumplir.
Conservaban el espíritu aprendido de Don Bosco en Valdocco, pero con un nuevo formato, acorde a un terreno y a un mundo distintos que se les presentaban de este lado del océano, llenos de preguntas y de desafíos a cumplir.
Las excursiones de Cagliero
En San Nicolás aprendieron a andar a caballo, imprescindible para desplazarse por los pueblos y los campos de los alrededores. En una de esas correrías, en junio de 1876, el padre Cassini rodó y se quebró el brazo derecho. Ese mismo mes, Cagliero escribió desde Buenos Aires a Don Bosco relatándole una “excursión al campo”. Invitado por los religiosos lazaristas, que habían llegado pocos años antes al país, Cagliero viajó tres horas en tren hasta “la hermosa Villa de Luján” para visitar, en una volanta tirada por caballos, a los italianos instalados en las quintas, las chacras y las estancias de los alrededores. “Hay piamonteses, lombardos, genoveses, toscanos y napolitanos. Ellos sienten la necesidad de misioneros italianos. El recuerdo de su patria, la lengua natal y el acento de su propio pueblo los conmueve y los entusiasma”. En la misma carta, Cagliero relataba a Don Bosco el milagro de la carreta de la Virgen junto al río Luján y le contaba también que el papa Pío IX, en sus tiempos de joven sacerdote, había pasado por allí camino a Chile, en una misión diplomática de la Santa Sede. En la primavera de ese mismo año, Cagliero se animó a explorar a pie un terreno tan cercano como desconocido, peligroso y poco recomendable. Era el puerto natural de Buenos Aires, la boca del Riachuelo de los navíos, que los salesianos llamaron enseguida “la Bocca del diavolo”.
En el otoño del año siguiente, 1877, de nuevo el inquieto don Cagliero, acompañado por el joven clérigo Rabagliati recién llegado, viajaron a Villa Libertad, en el noreste de Entre Ríos. La invitación provino esa vez del comisario general de inmigración, Juan Dillon, que les mandó los pasajes en barco. El viaje hasta Concordia les llevó dos días. De allí siguieron unas horas en tren hasta Chajarí, donde los esperaban con los caballos ensillados para la misión. En la colonia encontraron familias lombardas, trentinas y vicentinas, pero apenas dos piamonteses. A pesar de contar con más días de lluvia que de sol, recorrieron los campos distantes, dieron catequesis, bautizaron, confesaron, celebraron casamientos y visitaron a los enfermos. Al año siguiente, cuando Cagliero ya había regresado a Europa, el padre Costamagna y el clérigo Gioia hicieron una segunda misión en la misma colonia. El comisario Dillon se quedó con las ganas de llevar a Cagliero hasta Puerto Santa Cruz, pensando ofrecerle también allí un lugar de misión para los salesianos, que efectivamente llegarían pocos años después hacia ese confín austral. La Patagonia todavía se hacía rogar, pero los misioneros continuaban su “ensayo general”, a la espera del momento oportuno.
BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – JUNIO 2026
