Cambio de planes

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Una epidemia altera para siempre la vida de María Mazzarello, pero no el proyecto que Dios tenía para ella.

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Santa María Dominga Mazarello (1837-1881), cofundadora de las Hijas de María Auxiliadora.

Por Ana María Fernández, hma

Aquella vez no fue una pandemia. Solo una epidemia en el pueblo y seguramente en los pueblos vecinos. Eran años duros. En 1859 los ejércitos de Francia e Italia habían atravesado el norte del país en guerra contra Austria. Muchos franceses habían entrado por Génova y subido hasta Alessandria y Novara. No era raro que a su paso quedaran secuelas de pobreza y enfermedad. 

 

Una tarea arriesgada

En 1860, en efecto, el tifus se declaró en Mornese de un día para otro. “Tifus exantemático”, sentenció el médico. Era una enfermedad difícil de prevenir y más difícil de curar. En el pueblo la gente moría. Moría de verdad y en pocos días. Por eso los que pudieron se acuartelaron en sus casas para protegerse, pero para cuando empezaron a tomar precauciones, ya había muchos enfermos.

Entre los parientes de María Dominga que vivían en el caserío de “Los Mazzarello”, varios habían contraído el mal. La familia de un hermano del papá estaba atacada. Eran cuatro enfermos en la casa. La situación era crítica. El párroco, don Pestarino, en seguida tomó cartas en el asunto y fue derecho a la calle Val Gelata.

“José dijo don Pestarino—, en casa de tu hermano están todos enfermos. Hace falta una mujer fuerte que se ocupe de ellos. Quizás María…”

José, el padre de Maín como todos la llamaban, frunció el ceño preocupado y sintió que le corría frío por la espalda.

“Me pide una cosa terrible, don Pestarino. Yo allá, a María no la mando… pero si ella quiere ir, no me opongo”.

No fue sencilla la decisión para Maín. Era el momento de ser coherente con su compromiso de caridad como Hija de María Inmaculada, pero el riesgo era grande.

“Estoy segura de que me contagiaré, don Pestarino, pero yo voy”.

Fueron días de trabajo intenso. En ese entonces las casas no tenían agua corriente, ni gas, ni luz eléctrica, ni baño adentro de la casa. Había que pensar en el cuidado permanente de cuatro personas enfermas, darles de comer, higienizarlos, lavar su ropa, ordenar la casa, seguir el curso de la enfermedad, olvidar el propio agotamiento, el miedo. Y lo más importante: alimentar la esperanza, la confianza en Dios, mantener la serenidad.

 

Dios quería otra cosa

Al cabo de unos días, poco a poco cada uno comenzó a mejorar hasta que pudieron restablecerse del todo, pero Maín cayó fulminada por una de las formas más agudas de la enfermedad. 

Siguieron para ella muchas semanas de fiebre, delirio y agotamiento. Don Pestarino la visitaba cada día y le llevaba la Eucaristía. El médico perdió las esperanzas y hasta hubo quien encargó una corona de flores para su funeral. Pero su fibra resistente como un roble y los cuidados familiares lograron que la fiebre comenzara a retroceder hasta desaparecer al fin del todo. Sin embargo, semejante batalla dejaría su huella.

La convalecencia fue larga y difícil. Lo más duro aún estaba por llegar. Durante el invierno debió quedarse en casa. “Ya vendrá la primavera pensaba María y  me pondré fuerte”.

Un día llegó la primavera y Mornese tímidamente comenzó a florecer, las jornadas se hicieron más largas y templadas, pero las fuerzas no volvieron. María ya no era la misma de antes ni lo sería nunca más. Ya no podía levantarse al alba ni trabajar en las viñas ni competir con los obreros de su padre. No eran ya para ella las tareas más pesadas de la casa ni correr de aquí para allá en el pueblo atendiendo mil necesidades.

El tifus se había ido pero se había llevado consigo a una vieja Maín. Se esfumaron sus seguridades personales, esa imagen de sí misma que sin querer se le había filtrado dentro como la joven modelo, admirada por todos; ya no servía una santidad “a su medida”.

María experimentó la debilidad de lo que creía fuerte, el engaño escondido en lo que creía auténtico. Y comenzó a entender que Dios quería de ella otra cosa. No sus heroísmos, sino su fragilidad; no sus proyectos, por santos que parecieran, sino los de Dios.

 

Aún había mucho por hacer

Ahora sí, con la primavera que se hacía más vigorosa, se fue gestando dolorosamente una nueva Maín. Y un día rezó así: “Señor, si en tu bondad querés concederme aún algunos años de vida, dejá que los pase olvidada por todos y recordada solo por vos”.

Pero en el fondo del corazón, algunas cosas no se habían borrado: un profundo amor a Dios, una inquebrantable confianza en María y muchos rostros de niñas a las que hacer el bien.

Fue así que de pronto, como una intuición súbita, surgió la idea: “¿Y si aprendiera a coser? ¡A cuántas niñas podría enseñar un oficio y también a conocer y amar al Señor!” Maín enderezó segura hacia la casa de su amiga.

“¡Petronila! ¡Ven! ¡Ya sé lo que debemos hacer…!”

Y en aquella primavera mornesina acababa de nacer una nueva Maín, un nuevo proyecto educativo. Se estaban echando las semillas de una pequeña comunidad que luego se haría más grande… y que el ojo de Don Bosco haría más grande aún y se extendería por el mundo al servicio de la juventud.

“A vos te las confío”, le había dicho un día una voz misteriosa. Los oídos nuevos de Maín, en esa primavera, ya estaban listos para escuchar palabras destinadas a dar mucho fruto.

BOLETIN SALESIANO – MAYO 2020

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