Del Rector Mayor: Aún en el más profundo dolor suceden los milagros

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La unión de la familia, los mensajes de apoyo, los amigos que rezan unos por otros, la entrega de los que acompañan a los enfermos: todo nos transforma en testigos de algo más grande que nosotros mismos.

 

Por Don Ángel Fernández Artime, sdb

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Don Ángel en la Basílica de María Auxiliadora durante su última visita a la Argentina, en noviembre 2019

Amigos y amigas lectores del Boletín Salesiano,

Reciban mi cordial saludo en un momento donde todos tenemos el ánimo sobrecogido. Estoy escribiendo estas palabras el primero de abril pensando en el mes de mayo, el mes de nuestra Madre. A Ella nos hemos encomendado en todo el mundo salesiano en un momento muy doloroso de esta pandemia del coronavirus. 

Desde todas partes del mundo hemos orado pidiendo al Señor, por la mediación de nuestra Madre, la ayuda y el consuelo en estas horas tan terribles para todos, con tantas pérdidas humanas. Después vendrán otras dificultades que tendremos que afrontar.

Pero sucede que ante tanto dolor, llanto y muerte, aún en las pérdidas más dolorosas, descubrimos a personas que son palabra de Dios para nosotros por su testimonio de Fe y de fortaleza. Me siento indigno de emplear mis propias palabras, cuando he conocido las de otras personas que son verdaderos testimonios de “abandono en Dios”.

«Ante tanto dolor, llanto y muerte, aún en las pérdidas más dolorosas, descubrimos a personas que son palabra de Dios para nosotros por su testimonio de Fe y de fortaleza».

Quiero ofrecerles este relato, que convierto en anónimo, pero del que solamente silencio los nombres de las personas y dónde sucede. Para ver de qué somos capaces, para bien, las personas…

 

Ella acaba de perder a su marido. Se casaron hace más de 23 años y juntos tuvieron 5 hijos y formaron una hermosa familia. Hoy, a los 50 años de edad, el coronavirus se ha llevado a su esposo. La vida les separa físicamente pero ellos están más unidos que nunca.

Todo empezó con un malestar el día del cumpleaños de una de sus hijas. Él se despertó con una fiebre bastante alta. Tenía síntomas de gripe, congestión y una tos que pensaban que sería pasajera. Sin embargo, con el pasar de las horas el cuadro se fue complicando.

Llamaron a una ambulancia y fue ingresado en el hospital. Al principio estuvo en observación. No sospechaban en absoluto que fuera coronavirus. En ese momento tampoco contaban con el material para hacerle el test. De todos modos, lo aislaron en una sala como medida preventiva.

Al día siguiente lo ubicaron en la unidad de cuidados intensivos donde le hicieron la prueba. Los médicos indicaron a su esposa que ya no podía quedarse con él. Pero poco tiempo después la llamaron para que regresara al hospital a despedirse, porque su marido estaba muy delicado.

Ella llegó al hospital con un sacerdote para que pudiera recibir el sacramento de la unción de los enfermos y se despidió de él. Esa misma tarde se enteraron que la prueba de coronavirus era positiva y, desde entonces, se quedó con sus hijos haciendo la cuarentena en casa mientras su esposo pasaba sus últimas horas en el hospital.

Cuenta ella que durante todo ese tiempo lo más duro ha sido no poder ir a verle, estar con él y hablarle. Estaba aislado y no dejaban entrar a nadie. Todo el hospital tenía enfermos con coronavirus y nadie podía entrar.

Cuenta ella que durante todo ese tiempo lo más duro ha sido no poder ir a verle, estar con él y hablarle. Estaba aislado y no dejaban entrar a nadie.

Mientras, en casa, esta mujer, esposa y madre ha vivido ese dolor con un corazón enorme: “Es muy duro, pero a mí me está sosteniendo Cristo. Sentir que Él está conmigo en la cruz y yo con Él y que nos acompañamos, y saber que mi esposo está en sus manos es lo que me da fuerzas”.

Esta madre y sus hijos se volcaron en la oración y encontraron consuelo. Con una fe admirable ella nos comparte que “hay días en los que he estado muy mal, pero ahora lo estoy viviendo con más paz. La aceptación te ayuda a vivir todo con menos desesperación, con el sufrimiento de no verle pero con la paz de que al final es la voluntad de Dios, pase lo que pase”.

 

Unos días antes del fallecimiento de su esposo, ella sentía que quería compartir cómo lo estaban viviendo en familia, con personas que están pasando por lo mismo que ellos o que tendrán que pasarlo en un futuro y quiere que se sientan apoyados. Su testimonio nos enseña que aunque no estemos preparados para pruebas como éstas, tener a Dios nos da la vida y nos ayuda a vivir este sufrimiento “con menos desesperación”.

“La aceptación te ayuda a vivir todo con menos desesperación, con el sufrimiento de no verle pero con la paz de que al final es la voluntad de Dios, pase lo que pase”

Dos días antes de la muerte de su esposo enviaba este mensaje: “Agradezco tantos mensajes de apoyo y oración. Esto a mí me da vida. El saber que hay mucha gente rezando por él. Que al final si no se cura, es porque hay un bien mayor. Es algo muy duro, muy fuerte, pero también a la vez Dios te concede ver el amor de los demás, de cómo nos quiere. Y eso es algo muy grande”.

El amor materializado en la unión de la familia, en los mensajes de apoyo de la gente, en los amigos que rezan los unos por los otros, en la entrega de los médicos que acompañan a nuestros enfermos, es lo que nos permite mirar la realidad con otros ojos. Nos transforma en testigos de algo superior y más grande que nosotros mismos para encontramos con los demás.

Esta esposa y su familia han recibido la noticia de que su marido ha fallecido y están más unidos que nunca. Continúan respirando de ese amor con la confianza de que no están solos. Solo con las palabras de un corazón que ama profundamente ella dice: “Ha pasado al cielo, con Jesús. Me fío de Dios, quien me da fuerza y paz”.

 

Hasta aquí este testimonio. Quizá otras personas vivan pérdidas similares con desesperación. Habrá quienes no entiendan que se pueda reaccionar como esta mujer. Pero hemos de aceptar que cada persona es única e irrepetible, y en este caso la Fe ha hecho trascender y superar por más que el dolor y el gran vacío de la pérdida existanla despedida de un ser tan amado.

Don Bosco nos ha recordado siempre que tengamos confianza en María Auxiliadora y veremos lo que son milagros. Nuestra tendencia natural, rápida e inmediata, es la de considerar milagro tan sólo la curación de un cáncer o una similar enfermedad, pero lo vivido en el corazón de esta persona es todo un milagro vivido en la Fe.

No perdamos esta Fe ni la esperanza que nos ha de caracterizar. Que la Auxiliadora siga llevándonos de la mano como Madre, pues sigue siendo absolutamente cierto lo que en su día se dijo para uno y para todos: “Mujer, ahí tienes a tu hijo, hijo ahí tienes a tu madre” (Jn 19, 26-27).

BOLETIN SALESIANO – MAYO 2020

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