Las mamás del oratorio

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Luego de unas primeras lecturas, descubro con gran sorpresa, alegría y curiosidad la presencia de mujeres en el oratorio, madres de los colaboradores de Don Bosco a partir de aquel encuentro del 8 de diciembre de 1841.

Revisando las Memorias Biográficas no se encuentran reseñados muchos hechos relacionados con ellas, sí pequeñas pistas que quiero compartir. Tomo las vivencias de algunas, comenzando con Mamá Margarita, descubriendo en ella a esa mujer incondicional a su hijo y a todos los que “adoptará” como tales en los años que vivirá en el Oratorio.

 

A partir de 1846

El Oratorio ya está en Valdocco luego de pasar por varios lugares y enfrentar diversas situaciones. Entre los meses de julio a noviembre Don Bosco sufre una grave enfermedad pulmonar, debe dejar el Oratorio y guardar reposo en casa de su madre en I Becchi. Ya recuperado, pero sin respetar el descanso indicado, vuelve a Turín.

Su regreso no lo hace solo. Ante su pedido, Margarita parte con él, dejando su vida cotidiana, el lugar en el que siempre vivió, donde crió a sus hijos, donde peleó la vida con los esfuerzos más grandes. Sin dudar, abandona estilo, formas, costumbres. A los 58 años Margarita realiza una nueva opción, da su “sí”, y toma sus pocas pertenencias, las cuales luego se venderán para conseguir el sustento de los nuevos hijos que Dios, la Vida y el Oratorio le regalan.

Será el Oratorio de Valdocco donde Margarita entregará a sus “hijos oratorianos” sus últimos diez años de vida. Consignan las Memorias Biográficas como palabras de Margarita: “­­Querido Hijo mío, puedes imaginar lo que le cuesta a mi corazón dejar esta casa, a tu hermano y a todos los demás: mas parece que si esto ha de agradar al Señor, estoy dispuesta a ir contigo”

Esta respuesta de Margarita marca en la vida del Oratorio un antes y un después, que toma así la forma esencial de vivir lo cotidiano como “casa”.

 

Otros Sí, nuevas mujeres dispuestas

Dios le regala al Oratorio otras mujeres que siguen los pasos de Mamá Margarita, quienes dando su “sí” ponen a disposición de los jóvenes de Don Bosco su ser mujer.

Será con Mariana Occhiena, hermana de Margarita, Juana María Rúa, Juana María Magone, la mamá de Santiago Bellía y Margarita Gastaldi que el Oratorio asume una fisonomía y sensibilidad familiares más concretas y palpables.

Con actos sencillos, comunes, propios de los que “una madre hace día a día por sus hijos”, aportan un elemento más al clima de familia y a la originalidad del Oratorio de Valdocco.

Mariana Ochiena: Hermana de Margarita, en 1824 entraba como criada de Don Laqua. Quería mucho a sus sobrinos e iba cada tanto a I Becchi a visitarlos. Narran las Memorias Biográficas que Mariana pidió al capellán que diera clase a Juan y él en atención a ella accedió a darle clases gratuitamente.

A la muerte de Don Laqua, Mariana va al Oratorio y se queda allí junto a su sobrino y su hermana trabajando por los jóvenes de Turín.

¿Habrán sido para Mariana estos jóvenes necesitados de afecto, de contención, de amor maternal la forma en que Dios le ofreció para concretar su sentimiento profundo de maternidad? ¿Cuántas oratorianas actuales desarrollan hoy el ser madres en los chicos que Dios pone a su cuidado en el Oratorio?

Juana María Rúa: Madre de Miguel Rúa, quien fuera mano derecha y primer sucesor de Don Bosco.

A la muerte de Mamá Margarita, Don Bosco ve la necesidad de la presencia de mujeres que asuman los cuidados cotidianos de sus chicos, el lavado de la ropa, el vestuario, los arreglos, etc. No tomó esta decisión hasta que entendió que la Providencia se lo indicó.

Habló con sus muchachos el tema, les consultó sobre la llegada a la casa de algunas religiosas o pagar a una mujer que pudiese encargarse estas tareas concretas. Los muchachos respondieron: ­¡Qué venga una mujer!

Y se estableció en el Oratorio una mujer, pero no pagada, y ya bien conocida por los muchachos. Era la señora Juana María Rúa, que desde hacía años iba a ayudar a Mamá Margarita. Dejó las comodidades de su casa, para ir a vivir al humilde Oratorio de los inicios.

Si bien ya tenía sus años, era de robustísima complexión, de gran cordura y admirable paciencia, amante de la mortificación cristiana y dispuesta a cualquier trabajo. Narran las Memorias Biográficas que “todos los muchachos la quisieron con delirio. Atendía con preferencia a los aprendices, porque eran los más pobres y faltos de instrucción”. Murió en Valdocco el 21 de junio de 1876.

Desde mi humilde entender, la conocida frase “vamos a medias” que Don Bosco dice a Miguel Rúa se hizo carne primero entre sus madres y luego se concretó entre sus hijos

Juana María, viuda de Magone: Madre de Miguel Magone, uno de los jóvenes que encontró en el Oratorio el lugar de su conversión y salvación. Miguel conoció a Don Bosco en la estación de tren de Carmagnola, en noviembre de 1857. Estaba allí junto a otros muchachos, y era la voz cantante de aquel grupo que no era tan bien visto en el pueblo.

Don Bosco habla con él, con sencillas y profundas preguntas, y percibe la realidad de Miguel; se da el encuentro que transformará en apenas dos años la vida de un posible vago de la calle en un santo admirable.

Narra el mismo Don Bosco parte del diálogo:

— ¿Y tu madre?

Mi madre vive. Trabaja todos los días en familia y hace lo imposible por darnos de comer a mí y a mis hermanos. Pero nosotros la hacemos desesperar y le amargamos la vida (…)

Estando en Valdocco enferma gravemente, su madre llega hasta allí y comparte con su hijo sus últimos días. Muere el 21 de enero de 1859. Don Bosco refiere su pregunta a Miguel al momento de su despedida, de si quiere que le diga algo a su madre:

(…) Dígale que la quiero mucho, que siga adelante en su vida ejemplar. Que yo muero contento, que me voy de este mundo con el Señor y la Virgen (…).

Narra Don Bosco lo dicho por la madre de Miguel al conocer la noticia de su muerte:

(….) Le doy gracias a Dios porque te concedió morir en este lugar en medio de tantas atenciones y con la muerte tan preciosa a los ojos del Señor. (….) Reza por tu madre que tanto te quiso en esta vida y que ahora, que te cree en el cielo, te ama más todavía.

Juana María se queda a trabajar en Valdocco por los otros jóvenes. Descubre así la forma de devolver lo recibido por su hijo, la gracia de haber convertirdo su vida y llegar al final de ella de una forma diferente.

María Magdalena Trosso: Mamá de Santiago Bellía. Santiago fue uno de los primeros cuatro clérigos que el 2 de Diciembre de 1851 celebran en el Oratorio su vestición clerical. Por motivos de salud debió dejar el Oratorio y trabajar en el clero secular.

Escribe en 1903 una especie de memoria sobre “los primeros clérigos de Don Bosco”. Afirma que aquella separación del oratorio no fue por ingratitud o menosprecio a Don Bosco, a quien nunca quiso “abandonar”.

Narran las Memorias Biográficas que durante cinco o seis años la señora Bellía, junto con Lucía Cagliero, colaboraron con Mamá Margarita en el cuidado de la ropa de los alojados en el oratorio, y que esta colaboración continuó aún cuando Santiago fue al seminario diocesano.

 Margarita Gastaldi: Madre del canónigo Lorenzo Gastaldi. La buena posición económica de su familia le permitió a Lorenzo asistir a escuelas y a la universidad. Luego de su ordenación sacerdotal en 1827, realizó tareas pastorales en el campo intelectual. Estuvo como misionero en Inglaterra. Regresó a Turín y fue nombrado obispo de Saluzzo, en tiempos de difícil relación entre el Gobierno italiano y el Papa.

Monseñor Gastaldi estuvo muy cercano a Don Bosco en los inicios del Oratorio, y recomendó al Papa a la naciente Congregación Salesiana. Pero cuando fue nombrado Arzobispo de Turín comenzaron a distanciarse por diversos motivos.

Margarita, la mamá de Lorenzo, ayudó a Don Bosco cuando éste comenzó a recoger huérfanos en Valdocco. Con igual preocupación que con sus propios hijos, todos los sábados llevaba camisas y pañuelos limpios, y regularmente les cambiaba las sábanas por otras limpísimas.

Narran las Memorias Biográficas que la mamá de monseñor Gastaldi revisaba personalmente a cada interno, corroborando que tenían una camisa limpia y si tenía limpios manos y cuello. Luego organizaba el lavado de todas las prendas, revisaba si la ropa necesitaba algún arreglo y la distribuía entre las personas e instituciones que se encargaban de aquel trabajo. Pasaba buena parte del día en la ropería del Oratorio ayudando a mamá Margarita y también colaboraba con dinero cuando podía.

 

Casa también para ellas

Nada mejor que una mujer con corazón de madre para preparar “a sus hijos la ropa limpia“, y la cama para un buen descanso, para crear en ellos hábitos de limpieza y orden como parte de su formación y cuidado.

Si bien muchas de las mujeres que nombramos llegan al Oratorio a partir de sus hijos, es para ellas también lugar de servicio, de entrega, sintiéndose así “en casa”.

Son experiencias que hoy debieran provocarnos nuevas inquietudes y preguntas, la invitación a un nuevo “sí” que pueda hacer y crear hoy vida y casa, como lo hicieron aquellas primeras mujeres del Oratorio.

* Por Mariel Giordano

 

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