La pérgola de las rosas que esconden espinas

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“Un día del año 1847, después de haber meditado mucho sobre la manera de hacer el bien a la juventud, se me apareció la Reina del Cielo y me llevó a un jardín encantador. Había un rústico, pero hermosísimo y amplio soportal en forma de vestíbulo. Enredaderas cargadas de hojas y de flores envolvían y adornaban las columnas trepando hacia arriba y se entrecruzaban formando un gracioso toldo. Daba este portal a un camino hermoso sobre el cual, a todo el alcance de la mirada, se extendía una pérgola encantadora, flanqueada y cubierta de maravillosos rosales. Todo el suelo estaba cubierto de rosas (…) Los que me veían, y eran muchísimos, caminar bajo aquella pérgola, decían: ‘¡Don Bosco marcha siempre entre rosas! ¡Todo le va bien!’ No veían como las espinas herían mi pobre cuerpo”.

La narración, recogida por don Lemoyne en las Memorias Biográficas, abunda en detalles que Don Bosco aplica a sí mismo y a los que fueron y serían después sus colaboradores. Afirma, además, que el sueño se había repetido varias veces en los años siguientes, como indicando que las adversidades, que acompañaron los orígenes, seguirían marcando todo el desarrollo de su vida.

 De la formación al primer oratorio

En la vida de Juan Bosco se entrelazan contrastes y tensiones desde su infancia. Él nace en el período de la “restauración” —entre 1814 y 1831—, durante el cual se trata de restablecer el ordenamiento socio-político anterior a la revolución francesa y a la expansión napoleónica. La estrechez económica agrava las condiciones de vida, en particular para las familias pobres como la suya.

Frente al debilitamiento de las prácticas religiosas se adoptan medidas pastorales de recuperación. Con acierto pastoral, monseñor Chiaverotti intenta reactivar la formación del clero mediante la apertura de tres seminarios, entre los que se encuentra el de Chieri desde 1829, donde más tarde ingresarían los clérigos Cafasso, Comollo y Bosco. Son los años en que se sitúa el conocido episodio del encuentro de Juan Bosco adolescente con el anciano capellán rural don Calosso, mientras los pobladores de I Becchi regresan a sus casas después de participar a la predicación de las misiones convocadas por Chiaverotti.

Pero no solamente se acentúan los contrastes entre las corrientes políticas emergentes, aumentando cada vez más la oposición a la Iglesia católica: al interior de la misma Iglesia se insinúan las divergencias, sobre todo durante el pontificado de Gregorio XVI y en el prolongado período de Pío IX —de 1846 a 1878—, que comienza con una eufórica acogida y muy pronto se transforma en forzada fuga del Papa a Gaeta, y una creciente sucesión de enfrentamientos e incomprensiones —como se lee en las Memorias del Oratorio, por ejemplo, con la clausura de los seminarios en el Piamonte—.

La descripción que Don Bosco hace en las Memorias del Oratorio se concentra en su propia experiencia vocacional, dejando fuera de la narración los conflictos, que caracterizan esa época revoltosa de sociedades secretas y emancipación que constituye el “resurgimiento” italiano —que va de 1831 a 1848—. Se encuentran unas pocas afirmaciones que se refieren al año 1848: “los asuntos políticos y el ambiente social entraron en una fase dramática”; “los jóvenes fueron presa de una especie de locura y, dispersándose por las calles y las plazas de la ciudad creían estar haciendo lo mejor si ultrajaban al clero y a la Iglesia”.

Entre rosas y espinas se afianza la obra

A través de veinte años de enfrentamientos ideológicos y varias guerras de independencia —de 1849 a 1870— se llega a la declaración de la unidad de Italia, que coincide con la toma de la ciudad de Roma y la conclusión del dominio temporal del Papa y de los Estados Pontificios. Quien se interese de la actividad de Don Bosco y del desarrollo de su obra, puede hacerse tal vez la convicción errónea de que él y los suyos vivieron en un oasis. No es esa la condición en que realmente se encuentran ni la convicción que los inspira. Son conscientes, en cambio, que recorren una etapa significativa de la historia.

Lo que Don Bosco narra en las Memorias corresponde a poco menos de cuarenta años, hasta “fines de noviembre de 1854”. El 26 de enero de ese mismo año el clérigo Miguel Rua anota que Don Bosco había invitado a un grupo de cuatro jóvenes de Valdocco —Rocchietti, Artiglia, Cagliero y Rua— para “hacer con la ayuda del Señor y de San Francisco de Sales una prueba de ejercicio práctico y de caridad hacia el prójimo (…). Desde esa tarde se puso el nombre de Salesianos a los que se propusieron y se propondrán ese ejercicio.

Sabemos también que a partir de 1854 se unen otros más, varios ya sacerdotes —Alassonatti ese mismo año, Barberis en 1861, Pestarino en 1862, Lemoyne en 1864—. Algunos, además, deciden en 1861 hacer la crónica sobre lo que Don Bosco realiza o dice en público. Es el tiempo en que se registra un notable desarrollo edilicio y se introducen cambios significativos en el Oratorio mediante la organización del colegio y del internado, la aplicación de los Reglamentos y la promoción del asociacionismo dando impulso a las Compañías.

En 1858 viaja Don Bosco por primera vez a Roma para encontrarse con el papa Pío IX, y en 1859 funda la Congregación Salesiana. Casi de inmediato abre las primeras casas fuera de Turín, en Giaveno en 1860, y en Mirabello el año 1863. A ésta última envía a don Miguel Rua como director, entregándole los Recuerdos confidenciales, que se convertirán más tarde en los consejos a los directores de las casas salesianas. Y en las biografías de Savio, Magone y Besucco, que recogen la experiencia educativa de Don Bosco durante esos años, él hace conocer a los numerosos lectores de las Lecturas Católicas cómo se educa en el Oratorio de Valdocco y los resultados que se obtienen.

 Abrazando su cruz

Durante las dos décadas finales de la vida de Don Bosco se multiplican los gozos, acompañados por las pruebas y el dolor: una grave enfermedad lo acosa entre 1871 y 1872 y, desde ese mismo año hasta 1883, se abre el largo calvario de las difíciles relaciones con el arzobispo de Turín, monseñor Lorenzo Gastaldi, a quien lo había ligado en tiempos anteriores una sincera amistad.

Desde 1864 a 1874 sobresalen eventos importantes, como la construcción y consagración de la iglesia de María Auxiliadora, la aprobación de la Congregación Salesiana en 1869, la fundación del Instituto de las Hijas de María Auxiliadora en 1872, mientras se abren otras siete obras salesianas en Italia. Después de ocho viajes a Roma, llega la anhelada aprobación de las Constituciones Salesianas, en 1874.

La irradiación de su obra educativa, apostólica y misionera, alcanza proyección mundial con el envío de los primeros misioneros —1875— y las fundaciones en Francia y en Argentina ese mismo año. Y su misión se afianza con la aprobación de los Cooperadores Salesianos en 1876 y de la Asociación de los Devotos de María Auxiliadora, la publicación del Boletín Salesiano al año siguiente, y del Sistema Preventivo, los primeros Capítulos Generales de la Congregación —en 1877, 1880 y 1883— y los Privilegios de exención canónica para la Congregación Salesiana. En la carta de 1884 desde Roma se unen el dolor y la ternura de una auténtica paternidad.

Y se alternan todavía las fatigas de otros ocho viajes a Roma, y en Turín la humillación de las inspecciones hostiles al Oratorio; a todo se suma el esfuerzo agotador por la construcción de la iglesia del Sagrado Corazón en Roma — que va desde 1880 a 1887— con cuatro viajes a Francia para recoger fondos, y la inesperada muerte de María Mazzarello en 1881. Y mientras el decaimiento de sus fuerzas motivan el nombramiento de Don Rua como su vicario en 1885, emprende todavía dos viajes más, el de España en 1886 y el último de Roma para la consagración del templo, en 1887. En los dos meses de enfermedad que cierran su entrega final llega al culmen el Via Crucis de su vida.

Mientras amanece el 31 de enero de 1888, se le abren las puertas del anhelado paraíso, recibido por los brazos abiertos de Dios Padre y por la bondadosa Madre de Jesús y Madre suya, invocada con mayor insistencia filial en los últimos días de su trayectoria terrena.

Un encuentro completo con nuestro padre

El proceso que normalmente ponemos en acto al encontrarnos —física o idealmente— con una persona es selectivo. De inmediato nos impacta uno de sus rasgos sobresalientes, mientras quedan en penumbra otros que, en muchos casos, son más importantes y decisivos.

Las reflexiones que preceden nos ayudan a percibir mejor que la dificultad de actualización del legado espiritual de Don Bosco no depende solamente de la distancia histórico cultural entre el siglo diecinueve y el veintiuno. Actualizar correctamente a Don Bosco requiere que se abarque la totalidad de su vida.

 

Por Juan Picca, sdb

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