La generación “búho”

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El uso de aparatos electrónicos reduce el tiempo de descanso de niños y adolescentes. Diez recetas para una “buena noche” de nuestros hijos

Los investigadores y los expertos —solícitos augures de todas las desgracias actuales— han lanzado la alarma: ¡el sueño! El reposo nocturno del adolescente ha disminuido tres horas en promedio, culpa de los celulares, la televisión, Internet y los videojuegos. En un tiempo, el fin de la señal televisiva marcaba un límite infranqueable: ¡había que ir a dormir! Hoy, entre mensajes de WhatsApp y vídeos de YouTube, el día de los muchachos parece que no tiene fin. Indudablemente, descansan menos que generaciones pasadas.

El esfuerzo tecnológico no sólo quita tiempo al reposo, sino que también provoca un daño biológico: todo estímulo de luz blanca emanada de una pantalla reduce la melatonina, la hormona que facilita el sueño. James E. Gangwisch, psiquiatra del Columbia University Medical Center de Nueva York, está seguro que demorar mucho la hora de acostarse puede llevar a la depresión. Pero no sólo eso: “La falta de descanso vuelve más irritable a la persona, hace disminuir el rendimiento escolar, favorece el uso de estimulantes y los comportamientos agresivos”, subraya Luca Bernardo, director de pediatría en el hospital Fatebenefratelli, de Milán. El sueño es una necesidad primaria. La falta de reposo provoca irritabilidad, melancolía y obesidad. Además, impide la concentración, anula la memoria inmediata, retarda el pensamiento creativo. Síntomas que muchos profesores conocen cada mañana, cuando ven llegar a clase a estudiantes cansados y desganados.

Algunas propuestas

  1. “Ir a dormir” significa siempre separarse y permanecer solos. El niño deja a sus padres y debe encontrar los recursos necesarios para vencer la soledad y el miedo de la noche. Cuando un niño tiene dificultad para dormirse, generalmente es porque procesa mal esa separación. Por esto, se aconseja siempre a los padres que “lleven”, no “manden” a sus hijos a la cama y que permanezcan con ellos hasta que se duerman.
  2. De cualquier forma es válido el principio: las últimas horas de la jornada deben ser las más bellas e inolvidables. La noche es siempre el final de algo: un momento de fragilidad, en el cual el niño revive los episodios difíciles de la jornada. Por esto, habitualmente busca un contacto, una persona que escuche, serene y tranquilice.
  3. Se recomienda a los padres ser creativos para elegir las “ceremonias de la buenas noches”: juegos, historias, cosas mínimas hechas juntos. Los pequeños rituales antes de ir a la cama van variando. Desde las fábulas, el “libro mágico” y las canciones; hasta el beso de buenas noches distribuido por igual a los niños y a los ositos de peluche; o las oraciones recitadas juntos al pie de la cama; y también puede ser el momento para la superación de alguna pequeña incomprensión acaecida durante el día. En suma, estrategias diversas que tienden a cultivar la intimidad de los afectos y la capacidad de permanecer juntos, aunque cada uno esté solo con sus sueños.
  4. La excesiva riqueza de actividades físicas, lúdicas y culturales favorece una hiperactividad mental y corporal que impide al niño relajarse y conciliar el sueño. La agenda de un niño de nueve años no puede estar llena como la de un Presidente. El mejor modo para asegurar una vida adulta feliz es brindar una infancia feliz, llena de amor, música, juegos, risas…
  5. A veces, sin darnos cuenta, presionamos demasiado a nuestros hijos y los cargamos con inútiles expectativas. Esto puede producir ansiedades nocturnas, expresión de preocupaciones reprimidas durante el día. La competitividad permanente provoca neurosis y actitudes compulsivas.
  6. Los tiempos y los ritmos del sueño son muy personales y varían de persona a persona. Es necesario ayudar a los hijos a encontrar su propio ritmo. El recién nacido duerme en los primeros días de vida un promedio de veinte horas. Hay niños en edad escolar a los que les basta dormir seis/siete horas, y hay otros de la misma edad que, si duermen menos de diez horas, se caen de sueño. Solo los padres pueden ser los expertos. En el campo educativo, la expresión “los otros hacen así” hay que tomarla con pinzas. Cuidado con la intransigencia en los horarios: las guerras siempre empeoran la situación y nunca han resuelto nada.
  7. Apaguemos todas las pantallas. A veces los niños se irían a dormir, pero la televisión y la computadora los hipnotizan, manteniéndolos lejos de la cama. Corresponde a los padres decidir cuáles son los programas de los que se puede prescindir. No se trata de eliminar la tele o la computadora, pero hay que saber utilizarlas y, sobre todo, apagarlas a una determinada hora. La invasión constante no es tolerable, ni para el adulto ni, mucho menos, para el niño.
  8. Los padres están llamados a dar un buen ejemplo. Es importante que el horario de la cena no se postergue demasiado, aún cuando con frecuencia se regrese tarde a casa por motivos de trabajo. Los hábitos correctos deben inculcarse con paciencia cuando los niños son todavía pequeños. Los padres que dejan una luz cuando el hijo tiene miedo de la penumbra, dan la idea de que la oscuridad es fuente de angustia, más que de descanso.
  9. El querer vivir todo y enseguida es típico de la adolescencia. La noche es vivida como una dimensión “adulta” y un espacio alternativo, en el cual se realizan muchos ritos de pasaje. Los padres no pueden “abandonar” a sus hijos a la noche, sino que, con afecto y atención, deben asegurar decididamente las relaciones y las responsabilidades.
  10. En el sistema educativo de Don Bosco existen las “Buenas noches” cotidianas: algunas palabras afectuosas del padre que ayudan a muchachos y adultos a recuperar el centro y la unidad de la vida.

A medida que los muchachos crecen, las agujas del reloj se van atrasando siempre más para el retorno a casa, o para la cena, o el irse a dormir…: lo importante es que no se generen sentimientos de evasión o fuga y que permanezca siempre el deseo recíproco de reencontrarse en la noche. Es necesario que los padres busquen pacientemente adaptarse a las nuevas coordenadas en el uso del tiempo y en la organización de la rutina familiar, conservando la confianza en sus hijos y en sus opciones.

Y aunque muchas veces permanece la duda: ¿no duermen nuestros jóvenes demasiado poco? Al verlos comprometidos, apasionados y generosos, con una actitud positiva de participación, surge el sentimiento de alegría por lo que hemos logrado con ellos: personas capaces de saborear la vida y de zambullirse en ella.

Por Bruno Ferrero, sdb • Boletín Salesiano de Argentina

Boletín Salesiano Marzo 2016

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