Me llamo Antonietta Tapparello

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Por: Carlos Martinic

cmartinic@donbosco.org.ar

Me llamo Antonieta. Nací en una familia campesina en las colinas del Piamonte. Fui la mayor de muchos hermanos. Desde pequeña aprendí  a renunciar a mí misma para cuidar a los pequeños y trabajar en casa. Siempre me gustó aprender, por lo que me levantaba temprano para adelantar mis quehaceres y poder tener tiempo de ir a la escuela. Pero también aprendía muchas cosas en casa. Mi papá, José, era un hombre de fe y de canto. Con él aprendí los himnos de la iglesia y me enseñó el arte de hilar la lana y tejer. Sin saberlo, me estaba preparando para aquello que años después enseñaría en las misiones del fin del mundo. 

Fue papá quién me ayudó a descubrir que Dios me llamaba, después de un tiempo preparándome con las “Rosinas”, ingresé al Instituto de las hijas de María Auxiliadora. A los veinticuatro años hice mi primera profesión en Nizza Monferrato. Apenas tres meses después, me eligieron para partir a las misiones en América del Sur, con destino a las Tierras Magallánicas. Tenía el alma llena de entusiasmo… ¡Y de temor! 

El viaje fue largo. El viento de la Patagonia me recibió con un abrazo fuerte y frío. Comencé mi vida misionera en Punta Arenas, a orillas del estrecho de Magallanes. Mi primer destino fue la Isla Dawson, entre los kawésqar. Fui su maestra de escuela y de costura. Eran tan curiosos y observadores que aprendían rápido. Y a mi me llenaba el corazón verlos progresar. Más que en el escribir y en el tejer, cuando los veía hacer la señal de la cruz o cantar sentía que mi misión iba por buen camino.

En Río Grande fui lavandera, sastre, cocinera, enfermera y lamentablemente… Directora. Nunca me sentí cómoda con ese servicio, le llegué a escribir a la Madre General: “A veces la cruz que el Señor me ha dado parece aplastarme. Pero si es para el bien de mi alma, seguiré adelante”. Pero aún con tanta responsabilidad hice lo impensado para vivir salesianamente alegre, manteniendo el clima de fiesta en la comunidad y alegrando a las Selk´nam y las hermanas durante los recreos con mis chistes y ocurrencias.

También me tocó vivir de cerca el dolor. Estuve al lado de la cama de innumerables niñas y mujeres que la epidemia arrancaba de nuestra misión. Las cuidé, las asistí, lloré por ellas y sobre todo las recé. Cada día meditaba el Vía Crucis uniendo su dolor, nuestro dolor, al de Jesús: el que ama a todos los hombres y mujeres de todo tiempo y todo lugar. 

Ya muy grande fui liberada del yugo de dirigir para vivir mis últimos años en Río Grande. Con setenta años y la sordera que me acompaña sigo enseñando a tejer a las jóvenes de la Misión. Allí fui feliz.

Antonietta Tapparello nació el 19 de abril de 1866 en San Damiano d’Asti, Italia. En 1890 hizo su primera profesión como hija de María Auxiliadora y partió hacia América como misionera. Fue directora en las casas de Río Grande, Puerto Santa Cruz y Río Gallegos. Murió en Río Grande el 12 de abril de 1941, a los setenta y cinco años. Vivió más de medio siglo entre la región chilena de Magallanes y las provincias argentinas de Santa Cruz y Tierra del Fuego. Quienes la conocieron decían que era “el ángel de la caridad”.

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