Gritar el Evangelio con la vida

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Carlos de Foucauld: uno de los más grandes maestros espirituales del siglo XX será canonizado en 2020. ¿Un excéntrico, un buscador, un convertido… o un santo?

Charles de Foucauld durante sus años en Tamanrasset, en el desierto del sur de Argelia.

Por Néstor Zubeldía, sdb
nzubeldia@donbosco.org.ar

Hay personas que parece que hubieran vivido varias vidas en una. Algo así sucede, por ejemplo, con Carlos de Foucauld, un francés de familia aristocrática que vivió entre los siglos XIX y XX en varios países de tres continentes.

Según desde qué época o lugar hablemos de él, podríamos definirlo como un excéntrico, un eterno disconforme, un bon vivant, un incansable buscador, un convertido, un erudito, un profeta, un explorador, un incomprendido, un delirante, un místico, un fracasado… o un santo.

En busca de aventura

Carlos nació en Estrasburgo, Francia, en 1858. Se crió entre mansiones y castillos, pero huérfano de padre y madre antes de los seis años. Sus abuelos maternos, que le dieron ternura, no pudieron ponerle límites. Aunque estudió con los jesuitas, en su adolescencia perdió la fe. Vivió una juventud entre excesos de todo tipo. Fue el tiempo en que el joven vizconde de Foucauld se transformó en cochonette (“chanchito”, en francés), como lo apelaron sus compañeros, a causa de su obesidad por el descontrol en las comidas. 

Se inscribió en la academia militar, donde logró entrar con ayuda para superar los exámenes, a causa de su dejadez. Cuando su regimiento fue enviado a las colonias francesas en África, se le ocurrió llevar con él a su amante francesa, a la que ya en Argelia pretendió hacer pasar como su esposa y marquesa. Eso le valió ser licenciado del ejército y repatriado. 

Cuando sus camaradas entraron en la lucha en África pidió volver junto a ellos aunque fuera como soldado raso. Y se le concedió, incluso recuperando el grado de teniente. Se lanzó a la vanguardia en los combates contra los árabes, dejando a todos admirados por su valor y compañerismo. 

Cuando llegó el momento de regresar al cuartel renunció al ejército. Pero se quedó en África planeando una expedición secreta a Marruecos, país donde ningún occidental podía entrar en esos tiempos sin poner seriamente en riesgo su vida. Para eso aprendió el árabe y el hebreo y fingió ser un rabino judío. Miserablemente vestido viajó junto a un rabino verdadero que conoció en Argel. Entre sus ropas orientales y equipajes llevaba instrumentos de medición y minúsculos anotadores que le permitieron registrar todo sin ser descubierto. 

La fe que conoció de cerca en el mundo islámico lo cuestionó: “Dios mío, si existís, hacé que te conozca”, fue su ruego de ese tiempo.

Durante casi un año recorrió más de tres mil kilómetros. A su regreso a Europa publicó Reconocimiento en Marruecos, la mejor descripción del país que se conociera hasta entonces, que le mereció la medalla de oro de la Sociedad Geográfica de París. 

La fe que conoció de cerca en el mundo islámico lo cuestionó profundamente y lo llevó a preguntarse por su propia fe, considerando incluso hacerse musulmán: “Dios mío, si existís, hacé que te conozca”, fue su ruego de ese tiempo.

Siguiendo a Dios por los caminos del mundo

En casa de su tía conoció al padre Huvelin, un cura de París. Poco después se confió plenamente a él, pidiéndole ser instruido en la fe. El padre Huvelin le hizo comenzar inmediatamente por la confesión y la comunión y a partir de allí lo acompañaría con paciencia y firmeza como director espiritual hasta su muerte. Una vez convertido, Carlos sintió deseos de mayor radicalidad y pensó enseguida en la vida monástica. Su confesor le propuso viajar primero a Tierra Santa. A sus treinta años pasó la Navidad de 1888 en Belén y recorrió a pie los caminos de la Palestina.

Una vez convertido, Carlos sintió deseos de mayor radicalidad y pensó enseguida en la vida monástica. Su confesor le propuso viajar primero a Tierra Santa.

Dos años después renunció a todos sus bienes en favor de su única hermana menor e ingresó a un monasterio trapense en Francia. Allí se convirtió en el hermano Alberico y pidió ser enviado al monasterio más pobre de la orden, en Turquía, donde la vida era sumamente austera. Los monjes quedaron admirados de su santidad y le propusieron estudiar para prepararse al sacerdocio. Pero él sentía deseos de algo distinto, más escondido. 

Finalmente, y acompañado siempre a distancia por el padre Huvelin, el abad general de los trapenses le concedió la dispensa para dejar la orden antes de sus votos perpetuos. Volvió entonces a Tierra Santa pero ya no como peregrino ni como monje, sino como sirviente de las monjas clarisas durante tres años, primero en Nazaret y luego en Jerusalén. Nazaret fue para él fuente permanente de inspiración. 

Seguía soñando con fundar una familia religiosa que imitara la vida oculta de Jesús durante los treinta años que habitó en su pueblo, ocupando el último lugar en todo. Mientras tanto vivía en un pequeño depósito cerca del monasterio y trabajaba para las monjas a cambio del pan de cada día, que era literalmente su único alimento.

Soñaba con fundar una familia religiosa que imitara la vida oculta de Jesús durante los treinta años que habitó en su pueblo.

Cuando ellas descubrieron quién era ese extraño sirviente, volvieron a proponerle el sacerdocio. Ese fue el motivo de su regreso temporal entre los trapenses. Se preparó para su ordenación en Argelia, Roma y Francia, siempre enviado por los superiores de la Trapa y guiado a vuelta de correo por el padre Huvelin.

La llamada del desierto

En junio de 1900 fue ordenado sacerdote en Francia. Sintió la llamada a volver al Sahara. Consiguió el permiso para ir a vivir como ermitaño en el oasis de Beni Abbés, en el interior de Argelia. Allí se transformaría en el hermano Carlos de Jesús, un “morabito”, como llaman los pueblos del desierto a los hombres de Dios. Nunca un sacerdote había llegado hasta esa región. Vivió entre los militares franceses, los musulmanes y los negros, muchos de ellos esclavos de los árabes. Siguió soñando con tener compañeros que, por uno u otro motivo, nunca llegaron. 

En 1900 fue ordenado sacerdote. Consiguió el permiso para vivir como ermitaño en el interior de Argelia. Nunca un sacerdote había llegado hasta esa región.

Después de tres años en Beni Abbés, se internó todavía más profundamente en el Sahara, hasta Tamanrasset, en territorio de los nómades tuareg. Entre ellos pasó los últimos doce años de su vida, que transcurría entre largas horas de adoración eucarística en su pequeña y rústica ermita, el trabajo manual y la hospitalidad con los habitantes y viajeros del desierto.

Última fotografía con vida de Carlos de Foucauld, entre 1914 y 1915.

Se conservan miles de cartas y escritos espirituales de esos años. Incluso podríamos escribir un apartado sólo sobre la importancia hasta el día de hoy de sus investigaciones sobre la lengua y el modo de vida de los pueblos nómades del Sahara. Con los años, De Foucauld llegó a compilar el primer diccionario “tuareg-francés”, tradujo el Evangelio, registró sus refranes, cantos y poemas. Llegó a ser un referente en la región, consultado por los jefes tribales y los generales franceses, algunos de los cuales habían sido sus camaradas en los años de la academia militar.

Con los años llegó a compilar el primer diccionario “tuareg-francés”, tradujo el Evangelio, registró sus refranes, cantos y poemas. Llegó a ser un referente indiscutido en la región.

Pero el 1 de diciembre de 1916, en un confuso episodio, cayó asesinado junto a su ermita en medio del desierto por un joven tuareg que se hizo pasar por el enviado del correo. La convulsión provocada por la primera guerra mundial en Europa había llegado hasta lo profundo de las colonias francesas en África y al provocar el enfrentamiento entre las tribus del desierto, el hilo se cortó por lo más delgado. 

De Foucauld no llegó a conocer ni siquiera un discípulo que continuara su camino y en tantos años en África apenas si bautizó a dos habitantes del desierto. Y si bien para muchos su historia puede resultar un poco extraña o desconcertante, décadas después innumerables hombres y mujeres en distintos países del mundo se sentirían inspirados por su testimonio y su deseo de gritar el evangelio con la vida.

A este hombre que anheló siempre la vida escondida de Nazaret se lo considera hoy uno de los más grandes maestros espirituales del siglo XX. Inspirador de más de veinte movimientos y asociaciones y miles de discípulos en todo el mundo, en 2005 fue beatificado por el Papa Benedicto XVI, y en 2020 será canonizado por el papa Francisco.

BOLETÍN SALESIANO – JULIO 2020

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