Este mate no se lava

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“Siento que tu verde llega como primavera,
floreciendo en mí el viajero que sueña”.
Canción pal mate

Así como hay cosas que no se pueden separar o imágenes que son indisolubles a ciertos nombres, al Instituto Pascual Gentillini no se lo puede escindir de la yerba mate. Su aroma, sus molinos o la neblina verde que se entremezcla con el ladrillo del suelo misionero, dan un valor agregado a esta casa de Don Bosco, bendecida por la naturaleza que le regaló un arco iris terrenal que a los ojos se encarga de maravillar.

“Siempre se caracterizó por la yerba, así se hizo conocida. De hecho, cuando se recibió la donación allá por 1927, cuando llegaron los salesianos, cuentan que había setecientos kilos de yerba en reserva para comenzar la actividad”, introduce el padre Adolfo “Fito” Aguirre, salesiano director de esta obra agrotécnica que a ochenta y siete años de su fundación hoy recibe a doscientos diez muchachos provenientes de Misiones, Corrientes, y hasta de Chaco y Formosa. “En general son campesinos, y los campesinos no es que están del todo bien. Muchos son hijos de puesteros, de gente que trabaja en alguna empresa y la misma empresa manda a los hijos aquí para ayudarlos en su educación. Tenemos, gracias a Dios, mucha producción de yerba, ganado y forestación, que hace que podamos mantener una cuota baja. Nadie que quiera venir a aquí se queda sin esa posibilidad”.

Desde sus comienzos, el Gentillini desarrolló sin prisa pero sin pausa también la actividad ganadera y forestal, venciendo de a poco las dificultades que le presenta un suelo rocoso como el misionero, a lo largo de sus más de siete mil hectáreas ubicadas al sur de la provincia, a cincuentra kilómetros de la capital Posadas. Este trabajo sirve para que los alumnos amplíen sus conocimientos en diferentes áreas, pero también para reunir recursos y autoabastecerse, de manera que las familias no tengan necesidad de una erogación de dinero inalcanzable.

Alumnos, exalumnos: una gran familia

Cuando uno recorre las instalaciones observa un gran clima de trabajo, pero también mucha amabilidad en los chicos que allí estudian. El padre Juan Pablo —que desde sus inicios como sacerdote, hace cuatro años, es encargado de la residencia y de la pastoral— remarca que “son pibes muy cercanos, sensibles y afectivos. El diálogo y la cercanía surgen de manera muy espontánea. Muchos chicos vienen del campo, entonces son muy humildes, con el sentido del trabajo muy incorporado”.

Esos rasgos que traen los chicos se refuerzan desde la escuela mediante distintas acciones que hacen a la impronta salesiana de la obra. Fortalecer la cultura del trabajo, en conjunto con el respeto por el medioambiente, van a la cabeza: “Que sean conscientes y trabajen en el cuidado de la tierra, en los cultivos, valorando en el día a día lo que ven, tocan y producen. Eso está marcado fuertemente en una mentalidad del cuidado”, remarca el salesiano.

Por otra parte, la escuela funciona con la modalidad de internado, y esa es una de sus características principales. Los alumnos viven aquí de lunes a viernes y, de acuerdo a las distancias, los fines de semana regresan a sus casas o a la de un familiar cercano. Ignacio es exalumno, docente, y destaca esta particularidad: “La relación entre docentes y alumnos es algo único, de amistad, de compañerismo… de familia. Es algo que se ve en pocos lugares. Y acá podemos palparlo cotidianamente. Compartimos desayuno, mesa, trabajo, recreo; todo al estilo de Don Bosco. En el recreo estamos juntos y tenemos diálogos no muy formales, y podemos jugar y hacer deporte, y estar siempre con ellos, que hace que la relación sea humana, de familia”.

Asimismo, muchas son las acciones que desde lo pastoral también refuerzan la naturaleza de los alumnos. “Gestos muy concretos como la bendición de la comida, o la oración de las buenas noches, donde los chicos reciben un consejo o enseñanza al final del día. Las misas tres veces por semana son libres y tienen mucha participación de los muchachos, y muchos aprovechan para celebrar la reconciliación de una manera muy espontánea y serena”, señala el padre Juan Pablo, quien destaca que otra expresión que marca el clima de la escuela es la participación en los grupos juveniles, como Mallín o Camrevoc: “Les da mucha fuerza, mucha identidad. El Camrevoc nació acá hace cuarenta y tres años, y luego se fue expandiendo a muchas partes del país, en especial en el norte. Eso los identifica mucho”.

Cambios para crecer

Al igual que en todos los lugares y aspectos de la sociedad, la comunicación en sus distintas perspectivas y las nuevas tecnologías favorecieron el crecimiento del Gentillini. Hasta los años noventa, por ejemplo, el acceso era un elemento no menor para alumnos y docentes: “No teníamos asfalto, no era fácil salir en caso de que llueva, porque estamos en una zona de serranías. Eso hacía que los muchachos tuvieran más permanencia aquí. Era más difícil conseguir personal para que trabaje. Hoy con la ruta se ha facilitado el acceso”, destaca el padre Fito.

También el celular, Internet y las redes sociales marcaron aquí un cambio de época.  “En la convivencia de los muchachos uno nota el cambio, porque si bien están aquí de domingo a viernes, no están aislados de sus padres o de su entorno”.

En estos últimos tiempos fue creciendo las actividades de forestación dentro de los terrenos de la escuela, de la mano de los centros de estudios especializados que se crearon en la provincia. También en ganadería se mejoraron los campos. Hoy se encuentran “equilibrando” entre yerba, forestación, y ganadería, las tres producciones mayoritarias de la escuela, siempre con la intención de volcar recursos para la educación. Ignacio —con cierta congoja, porque se acerca el tiempo de la jubilación después de treinta y tres años como docente en la escuela—, señala que con los años, “se fueron incorporando continuamente muchos laicos a la tarea. También la técnica era distinta y el trabajo ha avanzado muchísimo en cuanto a tecnología. El colegio ha crecido muchísimo, y lo sigue haciendo”.

Por Juan José Chiapetti y Santiago Valdemoros

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