Cada día renace la belleza

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Desde esta ventana que me ofrece el Boletín Salesiano de cada mes, deseo saludar muy afectuosamente a mis hermanos salesianos, a todos los miembros de nuestra familia extendida por el mundo, y a los muchos amigos y amigas de Don Bosco que tan cercanos le son a él en tantas obras.

Mi saludo en esta ocasión lleva como mensaje central el siguiente: la mirada salesiana —la mirada de la vida, del mundo y de los jóvenes con los ojos de Don Bosco— es y ha de ser siempre una mirada de esperanza, una mirada que cree en las semillas de bien que se encuentran en el corazón de cada persona, de cada joven, de cada padre y cada madre.

Para mostrar con más fuerza lo que quiero decir, comienzo ofreciéndoles un texto de esos que uno encuentra en Internet, que se copian y se reproducen una y tantas veces, y que habla de nuestro tiempo como uno donde se dan contrastes y paradojas.

El texto dice así:

“La paradoja de nuestro tiempo es que tenemos edificios más altos pero temperamentos cortos, autopistas más anchas pero puntos de vista más estrechos. Gastamos más pero tenemos menos, compramos más pero disfrutamos menos. Tenemos casas más grandes pero familias más pequeñas, más compromisos pero menos tiempo.

Tenemos más títulos pero menos sentido común, más conocimiento pero menos criterio, más expertos pero más problemas, más medicinas y menos salud.

Hablamos mucho, amamos poco; odiamos demasiado. Aprendimos a armar una vida pero no a vivirla plenamente. Hemos llegado a la Luna y regresado, pero tenemos problemas a la hora de cruzar la calle y conocer a nuestro vecino. Hemos conquistado el espacio exterior, pero no el interior.

Tenemos mayores ingresos, pero menos moral: hemos aumentado la cantidad pero no la calidad. Estos son tiempos de personas más altas con el carácter más débil, con más libertad pero menos alegría, con más comida pero menos nutrición.

Son días en que llegan dos sueldos a casa pero aumentan los divorcios, son tiempos de casas más limpias pero de hogares rotos, con demasiado en la vidriera y poco de puertas adentro…”.

No puedo decir que no sean ciertos algunos de estos contrastes, pero lo que quiero resaltar de manera especial es que el único mundo en el que nos encontramos es éste, no el que se pueda añorar con nostalgia, sino éste con el que amanecemos cada día. Y la actitud más valiente, más sana y más comprometida de todo corazón cristiano y salesiano es la de mirar con verdadera esperanza esta realidad para rescatar lo más positivo que tiene y dentro de lo posible transformarla. Esto se vuelve “mandamiento” para nuestro corazón salesiano cuando se trata de la educación y evangelización de los jóvenes.

Tratándose de los jóvenes, el gran compromiso es el de trabajar, desde nuestra fe, para que prevalezca por encima de todo el valor absoluto de la persona y su inviolabilidad, valor que está por encima de los bienes materiales y de toda organización. Y esta fuerte convicción, con nuestro lenguaje de hoy pero con la misma pasión educativa que movió a Don Bosco, nos permite mirar críticamente todas esas situaciones de nuestro mundo que son éticamente inaceptables —ya sea la corrupción, la explotación de la persona, la violencia, el engaño, el abuso— y hacer opciones personales y comunitarias fuertes frente a estos despiadados mecanismos de manipulación.

Es natural que ante estas realidades nos podamos sentir a veces abrumados, por la parte de la realidad que no nos gusta… pero como creyentes no podemos permitir que se desvanezca nuestra esperanza. Al contrario, más bien debemos atrevernos a decir que ¡es hora de verdadera esperanza! Y no por eso cerrar los ojos ante realidades injustas, sino abrir el corazón, desde la fe, al Dios de la Vida: el que nunca pasa —ni de moda ni de largo—, y meternos en lo cotidiano, creyendo que podemos ayudar a que todo sea un poco mejor.

Esto es posible por la acción del Resucitado y la presencia de su Espíritu en nuestra historia, historia de luces y sombras pero nada ajena a Dios. El papa Francisco, en la Evangelii Gaudium, (276) dice explícitamente: “Su resurrección no es algo del pasado; entraña una fuerza de vida que ha penetrado el mundo. Donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. Es verdad que muchas veces parece que Dios no existiera: vemos injusticias, maldades, indiferencias y crueldades que no ceden. Pero es cierto que en medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce fruto. En un campo arrasado vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible. El bien siempre tiende a volver a brotar y a difundirse. Cada día en el mundo renace la belleza, que resucita transformada a través de las tormentas de la historia”.

Por esta certeza de fe, de la acción del Señor de la Historia en esta nuestra historia, y por nuestro compromiso y misión de educadores y evangelizadores, es por lo que nos sentimos íntimamente solidarios con nuestro mundo y su historia. Para nosotros, salesianos, educar quiere decir participar con amor en el crecimiento de las personas, de cada persona, y en la construcción de su futuro.

Que siga siendo este nuestro vivo compromiso aquí y ahora.

 

Por Don Ángel Fernández Artime, sdb

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