Algo más por los demás

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Dios les estaba pidiendo “algo más” y dejaron su vida de todos los días para darse a los demás. Historias de voluntarios y misioneros.

Si estuviésemos llamados a hacer sólo aquello que nos resulta cómodo, fácil y sencillo, como muchas veces se propone, nuestras vidas serían muy distintas; no por ser más agradables sino, por el contrario, por no contar con una cantidad de cosas que son fruto del esfuerzo y la entrega gratuita de tantos que vinieron antes que nosotros.

La fe es una de ellas. Y vivirla al estilo de Don Bosco, también. Así lo entendieron los primeros cristianos, y así también los primeros misioneros salesianos, que se adentraron en la inmensidad del sur argentino para llevar la Buena Noticia de Jesús hasta el lugar más lejano.

En el 2016, la invitación a dejar la tierra de uno para darse a los demás sigue presente. Uno de los escenarios posibles para hacerlo es la meseta del Chubut. Este inmenso territorio se extiende entre el océano Atlántico —a la altura de Puerto Madryn, Trelew y Rawson— y la cordillera de los Andes. En una superficie enorme, alrededor de diez mil habitantes se reparten entre el racimo de pueblos que, separados por la distancia que un caballo recorre en un día, unen ambos extremos; además de los numerosos parajes y caseríos ubicados allí donde una pequeña elevación o manantial dan reparo frente al implacable viento patagónico y brindan agua para los animales.

Ahí también están los salesianos. Trescientos kilómetros tierra adentro, una capilla, una casa y un salón en la localidad de Gan Gan son el hogar de un grupo de religiosos, que forman parte de la comunidad de Trelew. Desde allí, atienden pastoralmente a la zona rural como única presencia de la Iglesia católica en el territorio. Pero no están solos. Estas son las historias de algunas personas que entendieron que Dios les estaba pidiendo “algo distinto”, que dejaron sus cosas de todos los días para comprometerse un poco más con la vida de los demás y se encontraron, juntos, en esta esquina del mundo.

“Acá aprendí que se puede vivir de otra manera”

Natalia Biaggini, odontóloga, voluntaria y misionera

Al terminar el secundario, ninguna de las carreras que se ofrecían en Trelew, su ciudad, convencían a Natalia Biaggini. Fue entonces cuando, animada por el salesiano Roberto Lucarelli, a quien conocía de los grupos juveniles de la parroquia, se fue a estudiar odontología a La Plata. “Nunca creí que iba a terminar trabajando en un hospital rural”, dice entre risas, al recordar la invitación que le hicieron al grupo de voluntariado salesiano en la capital bonaerense. “No es que decidí irme a un lugar en particular. Nos preguntaron: ‘¿Qué les parece donar un tiempo de su vida para ayudar a los demás?’ Me contaron de Gan Gan y dije ‘¿por qué no?’”, explica Natalia.

Aceptar esa propuesta la llevó a vivir durante un año una intensa experiencia de servicio en la meseta junto a otras dos voluntarias. Casi terminando su carrera, Natalia iba con la idea de colaborar como odontóloga. Pero las necesidades del lugar la llevaron por otro lado: “No podemos ofrecer algo que no sabemos si realmente se quiere o se necesita”, explica. En esa experiencia, fue clave la guía del salesiano David García: “El voluntariado tiene mucho de comunidad. No es cortarse solo”.

Terminada la experiencia, fue momento de rendir los últimos exámenes para instalarse nuevamente en Trelew. Pero algo le faltaba. “No sé puntualmente qué extrañaba, pero quería estar en Gan Gan”, relata Natalia. Tras dos años en la ciudad, se fue a vivir a Telsen, un pueblo a mitad de camino entre Trelew y Gan Gan. Allí vive con su marido y con Juana, su hija, que está por cumplir dos años. Trabaja como odontóloga en el hospital, de esta localidad de seiscientos habitantes de la localidad. “Nunca imaginé estar donde estoy hoy. En mi vida, el voluntariado tiene que ver con todo —enfatiza Natalia—. Aprendí a bajar un cambio, a que no todo en la vida es tener o aspirar a más, sino también vivir las cosas sencillas. Me hizo entender que hay otra vida distinta a la que yo llevaba, que se vive bien y donde la gente es feliz”

“Buscamos estar con la gente que quiere vivir en estas tierras”

José Manzano, salesiano coadjutor

“Estamos yendo a Gan Gan. Ahí viven los misioneros, junto a dos voluntarios. Desde ahí se recorre esta meseta del norte del Chubut”. La helada cubre la banquina de la ruta provincial 4. El salesiano José Manzano —“Pepe”, como lo llaman todos—, es hermano coadjutor, originario de San Rafael, Mendoza. Participar en la beatificación de Ceferino Namuncurá lo entusiasmó en la idea de ser misionero. Llegó a Trelew en 2010. Desde 2015 colabora de manera permanente en Gan Gan.

La misión cumple una importante tarea de promoción humana en la meseta —comparte—. Se ayuda a los paisanos con galpones para guardar la lana, instalando tanques australianos para el agua, paneles solares para dar luz en las casas más alejadas…”. En la camioneta, Pepe lleva ropa y mercadería para la misión. A todos saluda y a todos conoce. “La meseta es una zona que ha quedado muy postergada. Y su gente tiene un espíritu de mucho sacrificio”, añade. Las posibilidades de desarrollo hoy son escasas, limitadas a los proyectos mineros que siempre están  en danza: “Sabemos que la minería es un trabajo que durará 10, 15 o 20 años, pero que después dejará contaminación. Los salesianos buscamos defender a la gente que quiere vivir en estas tierras, y ellos mismos han dicho ‘no a la megaminería’. De ahí la coherencia de acompañarlos en ese reclamo”, aclara. La tierra árida se despliega inmensa a ambos lados del camino. “Esto no es la pampa húmeda, pero… ¿quién no quiere la tierra donde nació y vivió? Vale la pena defender y luchar por este lugar. Ver este paisaje es decir ‘Dios existe’. Así lo viven los mapuches-tehuelches. Para uno que es cristiano, lo ayuda a vivir la fe”. 

“¿Para qué estamos acá? La gente te lo hace saber”

José y Sebastián, jóvenes voluntarios misioneros

José es de Ensenada, Buenos Aires. Toda la vida animador de oratorio. Sebastián es de Viedma, Río Negro. Explorador de Don Bosco desde los 9 años. No se conocían hasta que llegaron a Gan Gan, a principios de 2016. Son voluntarios misioneros: hicieron el compromiso de acompañar durante un año la misión con los salesianos, visitando los parajes, animando el oratorio de los sábados, celebrando la Palabra y preparando la catequesis. Llevan la leña y reparten las provisiones en los lugares más alejados. Escuchan y comparten.

“Llega un momento que el camino que te marca Dios te dice que tenés que hacer otra cosa”, cuenta Sebastián. Vino por primera vez a conocer en noviembre del año pasado. A principios de 2016 volvió para quedarse. Y la idea de irse no está en su mente: “Te cambia la vida. Se puede ser muy feliz acá. La gente te recibe, te abre sus puertas, te da lo que no tiene. Esperan a los voluntarios y a los misioneros. Si no lo vivís, cuesta comprenderlo”.

Para venir, José tuvo que renunciar a su trabajo. Sus conocidos lo trataron de loco: “¿Qué vas a hacer un año sin trabajar? ¿Te van a pagar?. En un encuentro de animadores, escuchó narrar una experiencia de misión en África y se entusiasmó. “Vine en febrero: fuimos al paraje Gorro Frigio a instalar paneles solares. Estuve una semana y volví en abril para quedarme”, relata. Lo que más le costó fue separarse de su familia, y dejar a un lado las comodidades de la ciudad, en un lugar donde la calefacción es a leña, las temperaturas oscilan entre los -30º C en invierno y los 40º C en verano, y el viento es constante.

Donde parece haber pocas cosas, José encontró un montón: “Podés pasar por cualquier casa a visitar y te reciben con los brazos abiertos. Acercarse a una familia es llevarle la Palabra de Dios, y ser misionero es eso”. Ahora que conoce el lugar, quiere quedarse un año más: “Seguro muchos animadores recuerdan esa sensación de terminar un día con mucho cansancio, pero a la vez lleno de alegría y de paz. Bueno, esa sensación acá la tenés que multiplicar por mil”.

“Me preguntaba por qué hacían todo eso, y me surgieron las ganas de hacer lo mismo”

Brigildo de Deus, salesiano sacerdote y misionero timorés

En 1999, Timor Oriental estaba en guerra. Este país, parte de una isla ubicada entre Australia e Indonesia, luchaba por su independencia, que logró en 2002. En ese contexto, miles de familias se refugiaron en las montañas. Brigildo de Deus era uno de los muchachos que, entre la selva y la ciudad, llevaba noticias y provisiones.

Conoció a los salesianos como alumno pupilo del secundario. La entrega y la dedicación de sus educadores y el compromiso de los religiosos durante la independencia, donde muchos fueron perseguidos e incluso asesinados, lo llevaron a pensar que, si ellos eran capaces de dar su vida por los demás, el también lo haría: “Me preguntaba por qué hacían todo eso, y a partir de ahí surgieron las ganas de ser como ellos”.

Al ser extranjeros la mayoría de los salesianos de Timor, avanzada su formación para la vida religiosa decidió ofrecerse como misionero. “Pedí ir a Sudán, por la situación de guerra civil que se estaba viviendo, pero era muy peligroso —cuenta Brigildo, a quien todos llaman cariñosamente “Dydu”—. Así que me invitaron a venir a la Patagonia”.

Llegó a la Argentina en 2004. Vivió un tiempo en Zapala, luego en San Justo. Se ordenó sacerdote y se mudó a La Plata. En 2014, la misión lo llevó a Trelew, donde acompaña las escuelas, la parroquia y los grupos juveniles. “En el contacto con los chicos logré aprender el castellano. Y con la gente del barrio y del campo, la sencillez, la humildad y la solidaridad —relata Dydu—. Ser misionero no es pensar que vas a salvar a nadie. Es llevar tu vida para compartirla con los demás, y sentir con más profundidad a este Dios cercano que comparte la vida con la humanidad”. 

“Se comparte lo que en la ciudad no se puede compartir”

La misión de verano de los “soles” del Batallón Nº 42

“Los pobladores pedían que llueva porque hacía dos años que había sequía. Estuvimos rezando y a la noche del cuarto día empezó a llover. Y no paró hasta que nos fuimos”: Gustavo tiene 19 años y es animador del Batallón Nº 42 de la ciudad de Trelew. Viene a los Exploradores desde chiquito, como él dice, “al principio, a jugar a la pelota y hacer amigos”. En el verano compartió la misión que los “soles”, los animadores más grandes, realizan todos los años en la meseta. “Lo que hacemos es acompañar a esas personas que están más alejadas. Al estar con ellas compartimos la Palabra de Dios, unos mates, charlamos de la vida… —relata Gustavo—. Se comparte lo que acá no se puede compartir. Son muy sinceros y muy alegres, y les gusta conocer a las personas. Son buenas personas”.

Alexis, de 24 años, resigna parte de sus vacaciones como profesor de música para acompañar la misión de los Exploradores. Hace 11 años que viene al batallón. “Uno siente una especie de llamado. Nunca se cansa de dar una mano, de estar “siempre listo”. El voluntariado es una herramienta más para eso, para acercarse a la gente que más necesita, ser parte de sus historias de ellos —explica, consciente de que este es su último año en el grupo, y por ende el último de misión—. Vale la pena. Volvés renovado, con otra cabeza, con el corazón tranquilo que te explota de alegría. Por eso pienso seguir, acá o en cualquier parte”.

Por Ezequiel Herrero y Santiago Valdemoros  redaccion@boletinsalesiano.com.ar

Boletín Salesiano, noviembre 2016

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