Me llamo Caterina Dabbene

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Por: Carlos Martinic

cmartinic@donbosco.org.ar

Me llamo Caterina. Nací en Asti, en el norte de Italia. Mi infancia transcurrió entre colinas y viñedos. Allí aprendí que el trabajo sencillo también puede ser una forma de oración. Desde joven sentí el deseo de consagrar mi vida a Dios, y esa voz, suave pero firme, fue guiando mis pasos hasta el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora. En Nizza Monferrato conocí la alegría de vivir en comunidad y de servir. 

Unos días después de mi llegada recibimos la visita de Don Bosco. Aún recuerdo sus palabras cuando nos miró a las más jóvenes: “Estas, todas misioneras”. En mi corazón entendí que aquellas palabras eran para mí. 

En enero de 1889 partí hacia América. Dejé mi tierra, mi familia y todo lo que conocía, confiando en que Dios me esperaba al otro lado del mar. Pasé un tiempo en Uruguay y otro en Chile. Más tarde me enviaron al lugar que sería mi hogar por muchos años: la Misión de La Candelaria, en la Tierra del Fuego

Fui de las primeras en vivir en aquellas latitudes. Allí conocí el viento incansable, la nieve que todo lo cubre y el silencio profundo de las noches invernales que me recibieron. Al principio, las mujeres selknam nos miraban con recelo, pensando que éramos como los otros blancos, que daban muy mal ejemplo como cristianos. Por nuestro hábito blanco y negro, nos decían káste-ciáci, que es como llaman en su lengua a los pingüinos. 

Siendo la más anciana del grupo, con treinta y cuatro años, oficie de madrina para la esposa de un So´on Selk´nam en representación de la Madre General. Sin lugar a dudas acompañarlos a descubrir el amor de Dios es lo más lindo que viví en aquellas misiones. 

Mi principal tarea fue ser asistente de las Selk´nam, sobre todo de las viudas, cuyos esposos habían sido asesinados por los soldados argentinos o algún capataz de estancia despiadado. Dormía con ellas, de la misma manera que ellas, sin colchón, sobre unos cueros de guanaco. Era una más y así logré poco a poco ganarme sus corazones. 

Les enseñábamos a hilar la lana, a tejer y a rezar. Ellas nos enseñaban a mirar el cielo,  a dar gracias por cada amanecer y descubrir la belleza de lo creado. 

Recuerdo una tarde en que una joven enferma me tomó la mano y me dijo en su lengua: “Gracias por quedarte”. En ese momento comprendí que la misión no era enseñar, sino permanecer. Estar allí, simplemente, compartiendo la vida y el amor de Dios en medio del frío. 

Cuando la enfermedad me obligó a dejar la misión, sentí que una parte de mí quedaba allí, entre las mujeres y los niños que había amado. Pero me fui en paz, sabiendo que el amor que se da nunca se pierde. Hoy miro hacia atrás y doy gracias. No hice milagros, no construí grandes obras. Pero cada día, en lo pequeño, intenté amar. Y eso, creo, fue suficiente.

Sor Caterina Dabbene, nació en Asti el 26 de octubre de 1861. Llegó a la casa de Nizza Monferrato cuando el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora cumplía diez años de vida. El 25 de septiembre de 1885 profesó como religiosa. Vivió más de veinte años en la Misión de la Candelaria en la Tierra del Fuego. En sus últimos años debió retirarse a un asilo a causa de su salud. Murió en Punta Arenas, Chile, el 9 de octubre de 1927. Tenía 65 años de edad y 44 de profesión religiosa.

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