A las fiestas hay que prepararlas

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Un camino de cuarenta días para celebrar a Jesús

Seguramente más de una vez nos ha tocado preparar alguna fiesta. Pensemos en alguna fiesta de quince, algún casamiento, las fiestas patronales de la capilla, el aniversario del batallón, la exhibición de fin de año de patín…

En todos los casos, la dinámica es similar: saber qué estamos celebrando, comenzar con tiempo para que no se nos escapen los detalles, buscar ayuda, tratar de organizar y armar un cronograma con lo que hay que hacer. En algún tramo de la preparación, seguro que nos ha parecido hasta extenuante lo que hay que hacer. Pero la atracción que ejerce sobre nosotros lo que vamos a festejar, es más fuerte que las fatigas de los preparativos.

Pascua es la gran fiesta cristiana, la fiesta principal, el eje en torno al cual giran todas las demás. San Pablo les dirá a los cristianos que vivían en Corinto que “si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vacía y la predicación no tiene sentido” (1 Corintios 15, 14). La Pasión, muerte, resurrección y glorificación de Jesús son el núcleo del existir cristiano, los hechos más importantes de una larga historia, misteriosa y salvífica, en la que Dios trata de encontrarse con el hombre, suplicándole que vuelva a los orígenes.

En estos días la insistencia estará en que lo importante es «ser», no tanto «parecer»

Comenzando con tiempo

Los cuarenta días de la Cuaresma representan los días que Jesús pasó en el desierto antes de comenzar su vida pública, los cuarenta días del diluvio, los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto y los cuarenta días de Moisés y Elías en la montaña. En general, en la Biblia el número cuatro simboliza el universo material, seguido de cero significa el tiempo de la vida en la tierra, con sus pruebas y dificultades.

Con el Miércoles de Ceniza comienza la Cuaresma. Ese día se bendicen e imponen las cenizas, pronunciando las palabras bíblicas: «acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás», o «Conviértete y cree en el Evangelio». Este acto de humildad se convierte en una actualización de lo que somos y de lo que, desde la fe, estamos llamados a ser y a vivir.

La Cuaresma termina en el Domingo de Ramos, en las puertas de la Semana Santa. Así, la invitación de la Cuaresma es caminar hacia la Pascua, hacia la Resurrección. En realidad, toda la existencia cristiana es peregrinaje hacia el encuentro del Padre, siguiendo las huellas de Cristo, bajo la fuerza del Espíritu, pero lo celebramos de una forma más significativa en estos cuarenta días que preceden a la Pascua, como si fuera un “cristianismo concentrado”.

Celebramos la fe de manera más significativa, como si fuera un «cristianismo concentrado»

Haciendo un esfuerzo

En un contexto donde muchas veces armamos una “máscara” de nosotros mismos para mostrarnos siempre bien, sumergidos en el vértigo de las actividades cotidianas, el tiempo de Cuaresma se nos presenta casi como “contracultural”, ya que nos invita a centrarnos en lo esencial, reconocer lo que no está bien, y, una vez despojados de lo secundario, retomar el camino.

Es así que las actitudes fundamentales que estamos invitados a vivir en la Cuaresma —la oración, el ayuno y la limosna— nos quieren ayudar a profundizar esta tarea de centrarnos en lo esencial: reconocernos como hijos de Dios, y llamados a vivir como hermanos.

  • Oración

En la oración, el cristiano ingresa en el diálogo íntimo con el Señor, deja que la gracia entre en su corazón y, como la Virgen María, se abre a la acción del Espíritu Santo dando una respuesta libre y generosa.

San Pablo nos motiva a que “oremos sin cesar”. Toda nuestra vida puede ser una oración si elevamos nuestra mente y corazón a Dios en cada momento y acción de nuestra vida. Lo central de la Cuaresma es que oremos lo más frecuente y profundamente que podamos.

  • Ayuno

La finalidad del ayuno es crear conciencia. Es privarnos de algo en forma consciente, para justamente tener más claro qué es lo esencial, y qué lo accesorio. En tiempos donde consumir todo lo que se pueda es visto como un valor, renunciar a ciertas cosas legítimas no estando obligados a hacerlo es una señal distintiva del creyente.

Más todavía, cuando la actitud del ayuno no se centra en privarse de cosas materiales, sino que se amplía en privarse de aquellas formas de relacionarse que no construyen una sociedad como Dios manda, estamos dando un paso más en nuestro vivir la propuesta de Jesús.

  • Limosna

Hacer obras de caridad significa darnos nosotros mismos a los demás, especialmente a las personas necesitadas. Esto nos recuerda que no importa qué tanto tengamos, sino que lo que tenemos es un regalo que estamos invitados a compartir con los demás, y así dar pasos para una sociedad basada en el compartir y no en el competir.

Teniendo en claro el objetivo

En los diferentes domingos de la Cuaresma estamos invitados a profundizar diversos aspectos que hacen a este caminar hacia la Pascua: desde las tentaciones que afrontó Jesús, pasando por la transfiguración, siendo conscientes de nuestra necesidad de conversión para dar fruto, sabiéndonos amados por el Padre que está esperando nuestro regreso, todos nos reconocemos que necesitamos su perdón.

En todos estos días, la insistencia estará en que lo importante es “ser”, no tanto “parecer”, y la propuesta es desprendernos del peso inútil de tantas cosas superfluas para poder aligerar la marcha hacia la Pascua, hacia la Resurrección, hacia la Vida Plena que nos promete Jesús, que comienza aquí y se prolonga por la eternidad.

Por Eduardo Devit, sdb

BOLETÍN SALESIANO – MARZO 2019

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