En la otra orilla

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La segunda expedición misionera inicia la obra salesiana en Uruguay.

Padre Luis Lasagna.

Por Néstor Zubeldía, sdb

nzubeldia@donbosco.org.ar

Los salesianos llegaron a Brasil y a Uruguay antes que a la Argentina. La afirmación es cierta, al menos en parte. Habría que aclarar entonces que antes de concluir su largo viaje transatlántico para instalarse en nuestro país, el primer grupo de misioneros salesianos enviados por Don Bosco a fines de 1875, hicieron dos escalas en América, primero en Río de Janeiro y luego, en Montevideo. 

“Una cosa que empuja a otra”

En el corto tiempo del que disponían en cada ciudad, se las ingeniaron para una pequeña recorrida de reconocimiento, para visitar las catedrales y tomar contacto con las autoridades eclesiásticas. 

En Río de Janeiro, que en esa época era la capital del imperio del Brasil, después de un equívoco inicial con el arzobispo, finalmente tuvieron que insistirle para que dejara partir al grupo completo hacia la Argentina. A toda costa, monseñor Lacerda quería que alguno de “los de Don Bosco” se quedara para ayudarlo. 

En Uruguay no lograron encontrarse personalmente con el santo obispo Jacinto Vera, que estaba de recorrida por el interior, pero pudieron hablar con el párroco de la iglesia matriz, que a su vez era hermano del secretario del obispo. El puerto desbordaba de migrantes que llegaban por centenares desde el sur de Europa con cada barco. El padre Baccino pudo abrazar en el muelle a sus hermanos que habían migrado desde la Liguria. Los otros misioneros se encontraron con un farmacéutico piamontés, Francisco Brin, que tenía dos hijos estudiando en el colegio salesiano de Valsalice, en las afueras de Turín y un tercero preparándose para partir. En Montevideo apenas había alguna escuela secundaria y ninguna con internado. Para continuar los estudios había que cruzar el río hacia Buenos Aires o Santa Fe o atravesar el mar hacia Europa. Tampoco había en el país ni una escuela católica. Ese mismo día, el padre Tomatis escribió en su crónica del viaje: “Dios quiera corresponda a los salesianos la felicidad de abrir un colegio en Montevideo”. La visita y el deseo no tardaron en dar fruto.

Apenas instalado en Buenos Aires, el padre Cagliero, que era el jefe de esa primera expedición, recibió una carta del secretario del obispo uruguayo ofreciéndole un colegio a inaugurar y una capilla ya en funcionamiento en Villa Colón, a quince minutos de tren de Montevideo. El padre Yéregui le escribió: “Por la conversación que Ud. tuvo con mi hermano, el cura de la iglesia matriz, cuando pasó por esta ciudad con sus compañeros, supimos que sería factible el establecimiento de los padres salesianos en esta República Oriental del Uruguay, por eso nos hemos apresurado a practicar diligencias para que esa posibilidad se convierta en realidad”. Unos meses después, el 24 de mayo de 1876, Cagliero se dirigió a Don Bosco desde Montevideo: “Le escribo desde la capital de la República Oriental del Uruguay para decirle que prepare personal para el nuevo colegio de Villa Colón”. Los tiempos se precipitaban.

“Parecería necesario consolidarnos más y no extendernos tanto; y, sin embargo, veo que si nos detuviéramos la Congregación empezaría a debilitarse”.

Don Bosco no podía sorprenderse de esas decisiones de su discípulo Cagliero, a quien había designado su representante plenipotenciario en América. El mismo Fundador, describiendo el espíritu de la Congregación, había dicho poco antes a don Julio Barberis en Turín: “Nosotros no paramos nunca; siempre hay una cosa que empuja a otra. Parecería necesario consolidarnos más y no extendernos tanto; y, sin embargo, veo que si nos detuviéramos la Congregación empezaría a debilitarse. ¡Ni un día de descanso! No se ha terminado un proyecto de envergadura y ya nos empuja otro. Aun no se había embarcado el primer grupo destinado a América y yo ya corría a Niza para abrir aquella nueva casa. Estábamos todavía con gestiones en Niza y se nos urgía para la fundación de Bordighera. Aun no se había realizado ésta, cuando había que apresurarse y pensar en abrir en Turín la casa para las Hijas de María Auxiliadora. Siempre hay una cosa que empuja a otra. ¡Hay que ir adelante, siempre adelante!”. Evidentemente, Cagliero seguía los pasos del Fundador.

“Sea mil veces bendito el día feliz de nuestra llegada”

Cuando se acercaba el aniversario de la primera expedición misionera, Don Bosco ya tenía listo un segundo grupo y comenzaba con ellos un recorrido conocido. Esa vez el número de viajeros se había duplicado y hubo que conseguir pasajes, ropa y equipo para 23 misioneros, entre ellos seis sacerdotes, siete jóvenes seminaristas, nueve coadjutores y un ex franciscano que ya en América podría volver al convento capuchino. Una vez más el arzobispo Gastaldi se negó a presidir la multitudinaria despedida de los misioneros en la iglesia de María Auxiliadora en Valdocco. Una vez más, Don Bosco los acompañó hasta el puerto de Génova y subió con ellos al barco para asegurarse de que no les faltara nada y para recomendarlos al capitán francés del vapor Savoie que ya conocía por el viaje anterior. Esa vez el fundador sumó más millas de viaje y acompañó también a los misioneros a saludar al papa Pío IX en Roma. 

Por motivos de organización y economía, el grupo tuvo que dividirse. Unos salieron desde Génova con rumbo a la Argentina. Venían a fortalecer la presencia en la iglesia Mater Misericordiae en Buenos Aires y el colegio de los Santos Ángeles en San Nicolás de los Arroyos. También serían los fundadores de la primera escuela de artes y oficios de la República en el centro porteño y de la primera parroquia salesiana del mundo, en la Boca del Riachuelo. Al frente venía don Bodratto, el mayor de toda la expedición, que hasta ese momento había sido el ecónomo general de la Congregación. Cuando don Cagliero regresara a Europa, “el viejo” Bodratto se convertiría, muy a su pesar, en el primer inspector salesiano de América. 

Al frente de ese grupo estaba don Lasagna, un joven y brillante sacerdote de 26 años que Don Bosco había recibido y acompañado en Valdocco desde la adolescencia.

El otro grupo tuvo que atravesar Francia en tren para embarcarse en el puerto de Burdeos. Venían a fundar el colegio Pío en las afueras de Montevideo. Al frente de ese grupo estaba don Lasagna, un joven y brillante sacerdote de 26 años que Don Bosco había recibido y acompañado en Valdocco desde la adolescencia. Con el tiempo daría que hablar como fundador de la obra salesiana en Uruguay, en Brasil y en Paraguay. Fue el tercer salesiano obispo después de Cagliero y Costamagna. Su nombre quedará grabado a fuego en obras y monumentos a lo largo de todo el recorrido de su vida corta y frenética. 

“La mano amorosa de la Divina Providencia, que nos trajo sanos y salvos a través de las olas del océano, nos colocó finalmente en el campo de nuestras fatigas, de nuestras más bellas esperanzas… ¡Ah, sea mil veces bendito el día feliz de nuestra llegada, 26 de diciembre de 1876!”. Así escribió Luis Lasagna al arribo del grupo oriental de la segunda expedición misionera salesiana a América. Con él la obra de Don Bosco continuaba su expansión hacia otros horizontes. 

BOLETÍN SALESIANO DE ARGENTINA – NOVIEMBRE 2026

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